País todo por dos pesos
Tiempos alevosos, en los que algunas mentes pragmáticas planean -en alguna provincia- que la gente que tenga armas para defenderse las cambie por una caja de alimentos
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Cuatro de cada diez argentinos de una zona de Corrientes -la situación se repite larga y dolorosamente en otros sitios de este mismo territorio- deben arreglárselas con 2 pesos diarios (dos) para sobrevivir, si es que a eso que les pasa se le puede llamar sobrevivir. Y no morir un poco cada día. Desde hace tiempo la chatarra importada de Taiwan, Malasia y Corea, entre otros, originó una clase B de comercios cuyo giro comercial se denomina Todo por dos pesos. Las cada vez más penosas condiciones económicas hicieron que los $ 2 se convirtieran en $ 1,99, $ 1,50, $ 1, y hasta en 50 centavos.
Tiempos alevosos éstos, en que algunas mentes pragmáticas planean, en alguna provincia, que los ciudadanos armados para defenderse de la inseguridad entreguen sus armas y reciban, como si fuera un valor de cambio equivalente, una caja de alimentos, y en otra provincia, se proponga transformar a un ejército de desocupados en un ejército de soldados sin más instrucción previa que la experiencia del hambre y de la miseria. Estas posibles acciones que se acaban de mencionar no son una fantasía: son proyectos que existieron, y que si son citados es porque alcanzaron estado público. Son ideas propias de un tiempo miserable, de miseria y miserabilidad, en el que todo y nada pueden costar dos pesos. Es posible que no estemos lejos de la consagración de un nuevo género comercial: Nada por dos pesos. Porque dos pesos no es nada, según quién lo tenga o según a quién le resulten providenciales para mantener a su familia: vivimos una época en que a varios taxistas o peatones del Gran Buenos Aires los mataron para arrebatarles dos pesos.
Muestran las estadísticas que a esta clase de negocios no les va nada mal. Se convirtieron en uno de los booms comerciales de la segunda mitad de la década del 90 y en el 2000 -cabales cambalaches- también. A pesar de las predicciones negativas sobre su persistencia, todavía existen casi 2500 negocios en todo el país, la mitad concentrados en Capital y Gran Buenos Aires, donde la compulsión consumista no se rinde y para seguir viva admite porquerías de dos pesos.
Los nineteenine stores (así se llaman en el Primer Mundo, donde el gran atractivo es ofrecer una mercancía, originada en China o Singapur, a un centavo menos que un dólar) de la Argentina recaudan 360 millones de pesos anuales, más que todo el mercado minorista de juguetes. Y tienen en exhibición y venta más de cien mil productos.
Las jugueterías no venden tanto (y eso explica la crítica situación del sector), pero las baraterías no dejan de afinar su lápiz de ofertas y oportunidades. El concepto del Todo por dos pesos abarca otros ramos y, en todos los barrios, son muchos los comercios que tientan a sus clientes ofreciendo choripanes, especiales de milanesa, paquetes de papas fritas, ensaladas de frutas a un peso y latitas de gaseosas a menos de la unidad. No todo debe imaginarse tétrico, a lo mejor muchos llegan a ese empeño comercial bajando costos a costa de sacrificio o resignándose a ganancias exiguas, pero que se vuelven interesantes cuando crece el volumen de despachos. Pero no hay que olvidar cómo terminó hace pocos meses el almuerzo de canelones de un peso que un matrimonio había comprado con la ilusión de matarse el hambre, en un polirrubro de Caballito.
Y esto que pasa, como tragos amargos y con ribetes trágicos en la comida que a nadie debería faltarle, también pasa en el mundo de las ideas, a las que tan difícil es colocarles un valor. Los actores Diego Capusotto y Fabio Alberti y el guionista Pedro Saborido recogieron apropiada y oportunamente esta tendencia y en su programa de televisión Todo por dos pesos, que ahora volvió (simbólicamente incluido en la programación de crisis del nuevo Canal 7), muestran en chistes que hacen reír y doler entretelas de un modo de poner en acción el arte y la creación en un país que, para algunas cosas, no tiene un mango.
Por no tener esos dos pesos más un día nos quedamos sin ciencia y sin científicos y, en casi todos los rubros, por ejemplo, en cine o en teatro, manda una línea cultural dominada por las privaciones.
Lo más riesgoso es que cuando, por necesidad, hay que hacer todo por dos pesos, el pensamiento generado excepcionalmente superará ese valor.






