
Boris Becker: el partido más difícil
Fue número uno del tenis mundial y el más joven en ganar Wimbledon, el torneo de grand slam que empieza mañana. Educado de forma tradicional, conoció la gloria y una fama que le costó manejar. Tras un matrimonio fallido, y luego de reconocer a una hija natural, a los 37 años se ha convertido en un exitoso hombre de negocios satisfecho de su presente
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En el sueño, Boris Franz Becker, de 37 años, está siendo escoltado hacia las puertas del cielo por San Pedro, el día del Juicio Final. Su primera visión es exactamente como él esperaba: Wimbledon en el cielo, un magnífico court central colmado de gente en un día soleado. "Entonces era así –dice sonriendo, mientras su pulso se acelera–. Match point para toda la eternidad."
Pero en vez de trasponer la entrada para jugadores, lo llevan al subsuelo, a un gigantesco auditorio. El Señor está sentado en una silla de umpire debajo de una pantalla gigante y un DVD. "Todavía no he decidido nada sobre ti, Boris –dice con tono severo–. ¿Por cuál de estos momentos importantes de tu vida prefieres que empecemos?"
"No sé –responde Becker con nerviosismo–. Tal vez por el invierno de 1974."
La pantalla se enciende y aparecen imágenes en blanco y negro de una pequeña ciudad alemana cercana a Heidelberg, llamada Leimen, y de un devoto pero escuálido monaguillo que sostiene la Biblia para el cura párroco durante la misa del domingo.
"Ese soy yo –dice Becker–. Fui monaguillo durante años. Mi familia jamás faltó a la iglesia los domingos."
"Seguro –dice el Señor–. Bueno, ¿por dónde seguimos? ¿Qué te parece el otoño de 2003?"
Aparece en la pantalla un mapa gigante de Estados Unidos. Un pequeño orificio empieza a encenderse en la ciudad de Miami y el zoom nos lleva a una espléndida casa en South Beach donde un hombre les lee un cuento a dos niños que se van a dormir. El hombre es Boris Becker. Los niños son sus hijos, Noah y Elías. El libro es una pesada Biblia para niños.
"Pocos años después del nacimiento de mi primer hijo, Señor –explica Becker–, él quiso saber cómo habíamos elegido su nombre y yo compré una Biblia para niños y empecé a leerle la historia del Arca de Noé."
"Bien hecho, Boris, ya casi has conseguido mi decisión favorable. Bueno, ¿qué tal si seguimos con el verano de 1999?"
En la pantalla aparece la imagen de un hombre sentado ante la barra de un restaurante de moda en Londres. Su mente es un torbellino. Ha estado discutiendo toda la noche con su esposa, Bárbara, que está embarazada, y él sabe que debió haberla acompañado cuando ella se fue al hospital con contracciones. También siente lástima de sí mismo: su carrera de tenista profesional ha terminado esa misma tarde en el court central de Wimbledon y aún no se imagina qué vendrá ahora.
Es tarde; Becker pide un helado de limón con vodka y una copa de vino blanco. Una chica bonita pasa junto a él y le obsequia una sonrisa cuya interpretación no ofrece dudas. Veinte minutos más tarde, la chica vuelve a pavonearse junto a la barra camino del toilette; él se pone de pie y decide interceptarla. La cámara los sigue hasta un rincón apartado del restaurante, donde ambos empiezan a arrancarse la ropa como dos animales enloquecidos.
Los ojos de Boris no se desvían de la pantalla. La expresión afectuosa del Señor se transforma en otra de tonante ira: "¡No sabes ser serio, Boris! –truena–. ¿Quieres ir derecho al infierno?"
"Lo siento, Señor –suplica Boris–. Fue un momento de confusión en mi vida, tuve un pésimo día en el trabajo, pero, por favor, déjalo pasar."
Pequeño gran héroe
Viernes por la tarde en el hotel Mandarín Oriental de Munich. Este cronista llega a la recepción esperando encontrarlo encerrado en su lujosa suite con un ejército de asistentes y guardaespaldas, pero allí está, a la vista de todos, el deportista más famoso de Alemania, sentado tranquilamente en el lobby acompañado únicamente por su teléfono celular.
Viste jeans, una chaqueta de cuero marrón, luce el corte de pelo desmechado que es su marca de fábrica. Es el mismo Becker que, en 1985, con 17 años, ganó Wimbledon por primera vez. Entonces no conducía, no bebía y su madre le enviaba dentífrico porque estaba preocupada por su dentadura. Era un muchacho que había hecho realidad su sueño.
Y es el mismo que, en 1987, con dos títulos de Wimbledon, cuando ya se habían publicado seis libros sobre él y daba 250 conferencias de prensa por año, le dijo al periodista Tom Callahan: "En Alemania soy un héroe. Los ojos de algunos aficionados, en la Copa Davis, me asustan. No hay luz en ellos. Veneración ciega. Horror. Y sin embargo quiero ser un héroe, un héroe pequeño y bueno, aunque sé que los héroes tienen una vida breve".
¿Logró su propósito? Bueno, si dejamos de lado la arrogancia con la que entraba en el court, no hay manera de disfrazar el hecho de que era un ser humano muy decente. Pero no era fácil: "Todas esas chicas, histéricas, enloquecidas, esperándolo durante horas en la puerta de los hoteles", observó Gunther Bosck, su coach. "¿Es justo hacerle eso a un muchacho? ¿Cómo puede llegar a distinguir lo que es verdadero de lo que es falso?"
En 1989, después de ganar su tercer torneo de Wimbledon, Becker se cansó de la burbuja y empezó a buscar algo que todavía no había logrado: la felicidad. Dos años más tarde la encontró. Se llamaba Bárbara. "Estaba en el mejor año de mi carrera, pero emocionalmente me estaba convirtiendo en un canasto vacío. Cuando conocí a Bárbara fue diferente. Hubiera sacrificado el tenis por ella."
Bárbara Feltus, una modelo aspirante a actriz, era hija de un soldado afroamericano y de una mujer alemana. Becker y ella se conocieron en Munich en 1991 y se casaron dos años después, tras un noviazgo que suscitó mucho odio racista. Los alemanes quedaron escandalizados cuando ambos posaron desnudos en la cubierta del semanario Stern, pero a los Becker no les importó.
El se unió a Amnesty International y apoyó a los squatters de Hamburgo. Logró convertirse en "un héroe bueno". De esos que tienen una vida corta…
Becker había estado bebiendo la noche que desnudó a Angela Ermakova, pero no estaba borracho. En cuanto abrió los ojos al día siguiente, en su hotel de Chelsea, pensó: "¡Boris, qué idiota! ¡Sin preservativo! ¿Quién era esa chica?". Pero al cabo de unas horas la había borrado de su mente.
Bárbara fue dada de alta del hospital esa misma mañana. Empacaron y volvieron esa noche a Alemania, donde durante los ocho meses siguientes vivieron una vida tan normal como es posible vivir cuando el matrimonio se destruye y uno acaba de retirarse de su carrera deportiva.
Una mañana, en Munich, su secretaria le entregó un fax. Era de una modelo rusa que le recordaba otra cosa estúpida:
"Señor Becker, nos conocimos hace un tiempo en Nobu, en Londres. El resultado de nuestro encuentro está ahora en su octavo mes".
El respondió llamando a sus abogados. Ella, llamando a la prensa. Los resultados aparecieron en los titulares de todo el mundo y la vida de Becker entró a caer en picada. "Lo manejé mal –dice–. Mis abogados me aconsejaron mal y durante mucho tiempo me negué a aceptar que la criatura fuera mía."
¿Es ahora el campeón de Wimbledon o el padre por accidente?
"No me importa lo que piensen de mí; nunca hice algo para complacer a nadie. Los afroamericanos me consideran su hermano; los alemanes creen que son mis dueños; los católicos, que soy su oficiante. No puedo complacerlos. Tengo que vivir mi vida."
¿Cómo construyó una relación con Ermakova, la madre de su hija?
"Hace cinco años nos despedazamos, pero no había opción: tuvimos sexo; el resultado fue una hija; así que tuvimos que pasar a un nivel de relación tan bueno como fuera posible. Desde hace dos años y medio encontramos la manera. La llamo y le aviso que voy a Londres y que me gustaría ver a Anna. Acordamos un horario, hablamos y tomamos una cerveza o un té."
¿Cómo construyó una relación con su hija?
"Las primeras veces no sabía cómo reaccionar. Anna era un bebé cuando la conocí. ¿Qué se hace con una nena de un año? Al principio no sentía apego emocional. Pero gradualmente empecé a sentirlo. Me emocioné mucho cuando me dijo «papi». Es muy vivaz y graciosa, y jugamos mucho. Lo importante es que ahora tiene cinco años y que la amo y que tengo con ella una relación tan buena como con mis hijos. La vida me dio una lección muy dura, pero la aprendí. Acepté mi responsabilidad y convertí el momento más incómodo de mi vida en algo hermoso."
¿Y qué pasa con el amor? ¿Ha encontrado a alguien después de su divorcio?
"No. Tampoco busco a nadie; soy un hombre diferente ahora. Todavía soy un romántico, creo en el amor, pero cuando conocí a Bárbara lo estaba buscando. Ahora no busco. He tenido experiencia; tengo a mis hijos. Sé lo que es estar casado y vivir en una casa con jardín, pero no busco eso ahora. Estoy satisfecho."
El retiro ha demostrado ser más satisfactorio de lo esperado. Becker es un exitoso hombre de negocios: está en la junta directiva del Bayern Munich, es dueño de una empresa de tenis y de tres concesionarias Mercedes, y ha conducido un programa de entrevistas en un canal de deportes. Pero cuando se mira al espejo ve a un jugador de tenis.
"Cuando llega junio, dejo el traje y la corbata y voy a Londres, mi ciudad favorita, y me siento en mi casa. Mi madre y todos mis hijos viajan, y esas cinco semanas que pasamos juntos es la mejor parte del año. Voy a mi torneo favorito, hablo de mi deporte favorito, estoy en mi ambiente, me siento muy cómodo en Wimbledon. Conozco a todo el mundo, hasta a los guardias de la puerta. Para mí, es el lugar más cómodo del mundo".
(Traducción: Mirta Rosenberg)
Para saber más:
www.adventage-tennis.com/becker/index.php
www.tennisfame.org/enshrinees/becker/html
Deportista precoz
- Boris Becker nació en noviembre de 1967 en Leimen, Alemania, hijo único de un arquitecto que construyó el lugar donde el tenista y Steffi Graf jugaban tenis cuando eran chicos. En julio de 1985, con 17 años, se convirtió en el primer alemán, y en el más joven, en ganar Wimbledon, torneo que volvería a obtener en 1986 y 1989. También conquistó el Abierto de Australia (1991 y 1996) y el Abierto de los Estados Unidos (1989). Dejó el tenis profesional a los 31 años.
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