
Andrea Bursten. "Tomé la posta que me dejó mi marido"
Se puso al frente de la empresa gastronómica que lideraba Federico Ribero; hoy su vida está en el trabajo, sus hijos y los recuerdos
Su mundo nunca fue el de los negocios. Jamás hubiera imaginado que ella estaría al frente de la renovación de Francesca, el restaurante que desde hace doce años funciona en la planta baja del coqueto Patio Bullrich y que, esta semana, reabrió sus puertas con una imagen diferente y una nueva carta. Hace doce años también, Andrea Bursten (41) y su marido, el empresario gastronómico Federico Ribero [que falleció en junio pasado tras una larga lucha contra el cáncer], se habían convertido en padres primerizos de una beba: Francesca. La firma gastronómica creció, la familia se agrandó y las experiencias de la vida ("esas que uno piensa que le pueden suceder al vecino y jamás a uno mismo", dirá Bursten) dieron vuelta el tablero. Y las fichas se movieron. Hoy, ella cumple con el deseo de su marido y se involucró de lleno en la empresa que Ribero manejaba desde hacía casi dos décadas. Bursten nunca había tenido demasiada injerencia en el negocio, pero ahora le dedica todo su tiempo y le aporta su enfoque femenino. Francesca, el restaurante insignia de la cadena, reabrió finalmente sus puertas. Bursten está contenta con el nuevo desafío. Sus ojos vidriosos, la mirada estoica, su tatuaje en el brazo izquierdo que dice: Fede. La reestructuración de Francesca no hace más que colarse en la metáfora.
-¿Cuál es la nueva identidad de Francesca?
-Yo quería modernizarlo. Hacerlo más cálido. Con Federico teníamos ese plan. Luego Fede se enfermó y todo se postergó. Pero queríamos hacerlo, entonces comenzamos a trabajar desde lo arquitectónico con Horacio Di Sanzo y su estudio Diza, que fueron los encargados del diseño. Francesca se transformó en un espacio moderno, pero sin alejarse de la impronta clásica y elegante que se asocia con Patio Bullrich. Los materiales elegidos son más nobles, los mármoles claros en las paredes y en la barra, la madera de lapacho para los pisos y el bronce para los elementos. Aunque todo en líneas simples, de una idea pura.
-¿Decidiste involucrarte de lleno en el negocio gastronómico?
-Sí, es una gran responsabilidad y un desafío muy grande. Me hace bien, y creo que aporto el enfoque femenino que no estaba presente y hacía falta. Yo antes no me metía en el laburo de Fede y su socio, no me dejaban. Pero después fue Fede quien me pidió que me hiciera cargo. No hice más que tomar la posta que me dejó mi marido. Así que mi socio [Willy Reinwick] me tuvo que adoptar, no le quedó otra. Además de Francesca tenemos seis restaurantes más, entre los que hay dos Stéfano [nombre del hijo menor del matrimonio] y un Frederick.
-¿Y falta un Andrea, Andrew o Andy?
-No, no hay. Alguna vez quisimos proponerlo, pero ya estaba registrado. Pero ahora se viene Salvador, que es nuestro proyecto para el año próximo en el Paseo Alcorta. Es el primer restaurante en el que participo de cero, así que estoy muy entusiasmada, pendiente de todo.
-¿Cómo te llevás con el nuevo rol, te sentís cómoda o te faltan herramientas?
-Me falta experiencia, y ahí es donde escucho a mi socio. Aprendo todo el tiempo. Siento que puedo crecer y que me dejan participar. Me dejan hacer. Aporto lo mío y tengo una mirada distinta sobre las cosas, un enfoque femenino para ciertos aspectos que antes no existía y que hacía falta.
-¿Cómo definirías el momento actual? Si tuvieras que completar la frase dirías que ésta es una etapa de...
-De reacomodar, de nuevas experiencias. Es una etapa de soledad y de tristeza. Pero también de fortaleza y mucho amor puesto en mis hijos. Cuesta. Pero sigo para adelante.
-Hace poco Marcelo Tinelli presentó el vino Fede en homenaje a tu marido.
-Sí, ese día pensé: "Estoy en el lanzamiento del primer vino de Lorenzo de Agrelo [emprendimiento que Tinelli lleva adelante junto con su amigo Hernán de Laurente y el desarrollador Young Woo] y si Fede estuviera acá, cómo se llamaría el vino". Para mí, era un honor y estaba muy agradecida, pero todo estaba relacionado con su ausencia. Ese día estaba con el ánimo muy arriba, estaba bien. Y al día siguiente, me desplomé, me agarró mucha tristeza. Pero bueno, es así. Hoy muchas cosas que suceden tienen que ver con la ausencia de Fede.
-¿A qué cosas te aferraste después de su muerte?
-A los afectos, a mi familia, a mis amigos. Ellos me empujan, me sacan adelante, me ayudan, me contienen y me dan su amor. Es la mejor de las medicinas.
-¿Y qué cosas nuevas descubriste en vos después de su partida?
-Que tengo mucha fuerza. A veces la gente decía: "¿Y ahora esta mujer cómo va hacer, cómo va salir?". Y creo que, además de sorprenderlos a ellos, también me sorprendí a mí misma. Tengo más polenta de la que imaginé.
-¿Te ayuda meditar, las técnicas de respiración? ¿Seguís conectada con El Arte de Vivir?
-No, en este momento no estoy ligada a El Arte de Vivir. No hago la respiración, pero sí medito a veces. Sé que es una herramienta que tengo y que está a mi alcance si la necesito.
-¿Y por qué te alejaste de la Fundación?
-Mi marido era el motor de todo eso. Y en su ausencia se diluyó, tenía mucho que ver con él. Fede siempre me insistía en que me haría bien, y yo lo acompañaba. Pero era un proyecto de él, no mío. Yo lo acompañaba, y si necesitaba que estuviera a su lado, estaba a su disposición, por supuesto. A mí me hace bien hacer deportes, ir al gimnasio, correr, andar en bici, elongar. Además lo necesito. En febrero, me operé de una hernia de disco que ya no se podía revertir y la actividad física forma parte de esa recuperación, de mi rutina. Todo controlado, obviamente. Pero mi cuerpo no puede no hacer ejercicio.
-¿Te volviste más obsesiva en cuestiones que tienen que ver con los controles médicos y el cuidado de la salud?
-Sí, sobre todo con mis hijos. Me asusto fácil. Soy de llamar al pediatra por cualquier cosa. Pero él ya sabe, ya me conoce. Antes era muy relajada hasta que me di cuenta de que las cosas no le suceden al vecino, sino a uno mismo. A veces me alarmo por demás y es algo que tengo que aprender a manejar. No quiero atemorizar a mis hijos, pero no puedo controlarlo. Estoy en alerta por cualquier pavada.
-¿Y con vos recrudeciste los controles médicos?
-Me controlo y hago todos los chequeos que corresponden. Pero no me asusto, no me preocupo tanto. Después de lo de Fede, somaticé mucho y en dos años entré dos veces al quirófano. El año pasado, me tuvieron que sacar la tiroides completa y en febrero pasado lo de la hernia. La espalda siempre fue mi talón de Aquiles. Pero estoy mucho mejor.
-Además de hacerte cargo de la cadena de restaurantes, ¿qué otras cosas te encomendó Federico antes de su partida?
-Amor y firmeza. Fede había cambiado mucho en la relación con los chicos en este último tiempo. Uno cree que es eterno y así va postergando cosas en la vida que no son importantes, cosas a las que uno le asigna un gran significado y después te das cuenta de que están vacías. Pero en la teoría es más fácil que en la práctica. Nosotros hoy somos una familia de tres, y no es fácil. Tengo la cabeza dividida en muchos ítems, y el día tras día es un desafío diario.
-Y en la crianza de tus hijos, ¿estás más relajada o te volviste más estricta?
Mucho más estricta. Como te dije antes, todo es con mucho amor, pero con mucha más firmeza. Fue un pedido de Fede, y así cumplo.
-Estamos a fin de año. Momento difícil. ¿Deseos? ¿Expectativas?
-Creo más que nunca en que sacarles expectativas a las cosas es lo mejor que uno puede hacer. Lo que va a venir, sin preocuparme demasiado, es lo mejor que puedo desearme. Salud, por supuesto, y felicidad para mis hijos. Es lo que más me importa. Y es un gran desafío, tengo que mostrarles que la vida es linda, que vale la pena a pesar de las cosas que nos pasan.