
Juegos para perder la cabeza
Si se exagera con el uso de algunos entretenimientos de realidad virtual, el resultado puede ser semejante al de marearse en un barco o en un avión.El tamaño del monitor también es importante
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Hace unos cinco años me tocó probar uno de los primeros autos de carrera virtuales que llegaban a la Argentina. Los gráficos eran todavía rudimentarios, pero quedé fascinado. Tenía ganas de llevármelo a mi casa. Usted se sentaba en una cabina muy realista, se ponía un casco conectado a una computadora y cuando el programa arrancaba, realmente daba la impresión de ir en un vehículo a 200 kilómetros por hora por un circuito de asfalto. Movía la cabeza hacia arriba y veía el cielo; la movía hacia atrás, y veía a los otros autos. Impresionante.
Pero como no estaba limitado al tiempo que ofrece una ficha, ni perdía puntos por salirme de la pista, ni había una cola de gente impaciente esperando su turno, me pasé más de media hora sumergido en ese mundo inexistente. Mi oído medio y el área visual de mi cerebro se ocuparon, mientras tanto, de entenderse, sin conseguirlo. Mi oído decía: El hombre está quieto en un lugar. El área visual no estaba de acuerdo: Usted perdone, pero puedo ver que nos movemos por una pista a unos 180 kilómetros por hora. De ninguna manera, estamos inmóviles, insistía el oído medio. Oiga, sé que usted se toma su trabajo muy en serio, pero no puedo dudar de lo que estoy viendo, créame, urgía el área visual.
Si esta discusión hubiera durado una o dos fichas, no habría pasado nada. Pero duró mucho más de lo recomendable y súbitamente me golpeó esa sensación que padecen las personas que no pueden viajar en barco sin marearse. Tuve que quitarme el casco y admitir que estaba en pésimas condiciones físicas.
Volví a casa en un taxi (ahora el auto era real, pero mis sentidos ya no creían en nada) y tuve que recostarme. Pasaron dos o tres horas antes de sentirme de nuevo bien. Nunca me había mareado en un barco ni en un avión, pero la realidad virtual me había doblegado.
El Wolfenstein 3D
Si el equipo que probé hubiera tenido un poco de movimiento -como muchos de los actuales- o si yo hubiera estado de pie y desplazándome sobre una plataforma por mis propios medios, no habría experimentado esta descompensación. El problema estaba en que mi cuerpo permanecía inmóvil mientras mi vista recibía la información de que me estaba moviendo. Hay gente que no puede leer en un vehículo en marcha.Es lo mismo.
Algún tiempo después salió el Wolfenstein 3D , el software que inició la revolución de los juegos de acción en primera persona, el abuelo del Doom , el Quake , el Hexen , el Duke Nukem . En esta clase de juegos usted no maneja un muñequito por pasillos o galerías, sino que se desplaza por un ambiente tridimensional (pasillos, laberintos y habitaciones) como si estuviera allí .
Lo jugué muchas veces, porque era algo nuevo y estaba muy bien hecho -para la época-, pero siempre apremiado por la falta de tiempo que los adultos tenemos para dedicarle al entretenimiento.
Un día, por algún motivo, seguí un rato más, quizá durante una hora. Y allí comenzó a aparecer de nuevo aquella sensación, la que había experimentado en el auto virtual. Era el mismo cuadro otra vez: sentado en una silla, mi oído indicaba que no me movía para nada, mientras mi vista afirmaba que me estaba desplazando a toda carrera por pasillos, habitaciones y laberintos.
Hace unos meses, cuando salió el Quake II , volví a cometer el mismo error, y de nuevo pasó lo mismo, ahora multiplicado por un ambiente recreado con calidad casi cinematográfica, un monitor todavía más grande y una tarjeta aceleradora de video 3D con 12 MB de memoria.
Por supuesto, hay personas más susceptibles que otras a padecer esta clase de fenómeno. Hay chicos que se pasan horas metidos en las ominosas cuevas del Doom o el Quake sin sufrir ningún percance. Sería exagerado decir, por lo tanto, que esta clase de juegos o los equipos de realidad virtual producen invariablemente una sensación de malestar.
La cuestión es cuánto tiempo sin pausa se le dedica; cuanto más dure la puja entre el oído y la vista, más probable será que haya una descompensación. Si tiene chicos, recuérdeles que no hay que exagerar con la pantalla, que conviene hacer una pausa entre nivel y nivel. Después de todo, lo bueno de la realidad virtual es que seguirá estando allí cuando el chico regrese, al revés que la realidad concreta (recuérdeles esto, de paso).
Un monitor de 14 o 15 pulgadas es siempre preferible a uno más grande, cuando se trata de jugar con la PC. Los grandes nos aíslan todavía más del ambiente, impidiéndole a la vista que perciba que quizá, al fin y al cabo, el oído tiene razón y estamos en verdad quietos en un sitio.
Si usted es el que disfruta de estos juegos de acción en primera persona, el consejo es el mismo.
Aprenda a hacer pausas -sé que no es fácil- y en cuanto empiece a sentir los primeros síntomas de malestar -si es que aparecen- deténgase y camine durante un buen rato. Ha encontrado su límite, y le aseguro que no es ninguna buena idea traspasarlo.






