
Vals, poesía y mates: el romance de Bartolomé Mitre y Delfina de Vedia

Las tensiones en el Río de la Plata estaban en su punto más alto a fines de 1839. En el sur bonaerense, un grupo de hacendados había fracasado en su intento de encender la llama revolucionaria para derrocar al gobernador federal Juan Manuel de Rosas. En cambio, los unitarios tuvieron mejor fortuna en la Banda Oriental. Enviado por Rosas, el federal Pascual Echagüe, fue vencido por las fuerzas de Fructuoso Rivera, aliado de los unitarios, en la localidad de Cagancha, el 29 de diciembre. Tuvo un sabor épico porque la victoria le fue arrebatada a Echagüe en los últimos instantes.
Había que celebrar. Por ese motivo, en los primerísimos días de 1840 se realizó una fiesta en Montevideo, en casa del general Félix de Olazábal, argentino exiliado, veterano del Ejército Libertador de San Martín. Esa tardecita concurrieron a la velada muchos jóvenes oficiales que se batieron en Cagancha. Entre ellos, el alférez de artillería Bartolomé Mitre, quien tenía 18 años.
Los Olazábal eran vecinos y muy amigos de los Vedia, otra familia de argentinos. Nicolás de Vedia también había sido Guerrero de la Independencia y vivía exiliado en Montevideo por los mismos motivos políticos. Ambos ocupaban la misma casa en el barrio Buena Vista. En la planta baja vivían los Olazábal y en la planta alta, los Vedia: padre madre y siete hijos (seis varones y una mujer, Delfina) que fueron invitados al baile.
Las damas concurrieron de celeste y blanco, y Delfina, quien había cumplido 20 años en diciembre, no fue la excepción. Elegante y atractiva, se paseó por los salones de la casa del brazo de su hermano Julio, dispuesta a celebrar la victoria de los unitarios, pero sin imaginar que allí encontraría al amor de su vida.
Gracias al relato de una de las anfitrionas, más la divulgación del gran historiador Ismael Bucich Escobar (1890-1945) podemos conocer las pormenores del idilio. Fue Matilde de Olazábal (19 años) quien presentó a la pareja, luego de advertir que existía un interés mutuo. "Celebro infinito conocer a una compatriota tan distinguida y a la hermana de uno de mis mejores camaradas", fueron las palabras que dijo el caballero extendiendo su brazo. Delfina asintió sin decir palabra, aceptó el brazo y se acercaron a la pista, donde bailaron admirándose.
Al finalizar el único vals que disfrutaron, siguiendo las normas de conducta social de la época, ella lanzó un comentario: "Mi hermano Julio me ha dicho que usted escribe versos muy bonitos". Él respondió: Los haré mejores desde esta noche porque he hallado mi musa inspiradora".
Los próximos encuentros se dieron en la misma casa, aunque con mayor informalidad. Mitre concurría a visitar a su amiga Matilde -a quien cariñosamente llamaba Manonga-, coincidiendo con Delfina, quien bajaba a lo de los Olazábal para conversar con su amiga. Matilde le cebaba mates a Bartolomé y él pasaba sus ratos libres mateando y enamorándose de Delfina
En El Iniciador, periódico quincenal fundado por Andrés Lamas y Miguel Cané, en que los intelectuales exiliados publicaban su obra literaria, el soldado poeta escribió versos dirigidos a su amada:
- Te amo más que a las hermosas flores,
- Cuyo grato perfume nos embriaga.
- Más que a la brisa, que a la frente halaga,
- Del estío en las noches deliciosas.
- Culpa no es mía si eres tan hermosa,
- Si yo te adoro con pasión ardiente,
- Si noche y día, en mi abrasada mente,
- Vive solo tu imagen amorosa.
Bartolomé Mitre desarrollaba su actividad militar con celo, pero no abandonaba la poesía. Llegó a evocar aquella noche en que conoció a Delfina y bailaron:
- Del valse los acordes,
- Cual aves voladoras,Batiendo alas sonoras
- El aire hacen vibrar;
- Y a sus alegres notas
- Los grupos se estremecen,
- Como los vientos mecen
- Las flores de un rosal.
- Yo quiero cautivo vivir en tus brazos,
- Yo quiero a tu ritmo mi paso arreglar,
- Y unido a tu vida con mágicos lazos
- Mirando tu rostro por siempre valsar!
Luego de muchos mates, Bartolomé Mitre contrajo matrimonio con Delfina María Luisa de Vedia en la catedral de Montevideo, el 11 de enero de 1841. La fiesta, austera y acotada al círculo íntimo familiar, tuvo lugar en la planta alta de la misma casa en donde los jóvenes se habían conocido apenas un año atrás.
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