
Un problema, varias aristas
Por Diana Cohen Para LA NACION
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La prohibición de la llamada "píldora del día después" comporta varias aristas. Una de ellas es la de cuándo comienza la vida. Sumirnos en un debate de innegable carácter científico -como lo hicieron los propios juristas que se pronunciaron sobre la cuestión- está más allá de nuestra competencia. Pero, fundamentalmente, es totalmente improductivo. Sobre todo cuando en esa estipulación -por el momento, y a ciencia cierta, más o menos arbitraria- se juegan otras cartas del mazo: el concepto de persona y, de la mano de éste, el debate sobre el aborto, el que a su vez involucra el principio de la santidad de la vida humana, pero también los derechos de la mujer a ejercer cierto control sobre su propio cuerpo.
Difícilmente se llegue a un acuerdo, tanto es así que los más refinados especialistas -tanto de quienes se oponen al aborto como de quienes están en su favor- intentan abordar este debate desde un ángulo distinto, que deje la discusión de cuándo comienza la vida al ámbito al que naturalmente pertenece, el de la ciencia (y con esto no estoy haciendo una apología de la ciencia y de la tecnología, sólo estoy delimitando ámbitos de incumbencia).
Voy a centrarme, entonces, en dos cuestiones: una expresada por uno de quienes impulsaron la acción de amparo; la otra, que hace a la esencia misma del vínculo entre moralidad y ley:
La primera es la expresión según la cual "la píldora mata a los niños", la que supone un argumento muy discutido en ética, el de la capacidad que tiene una cosa para, en un futuro, llegar a ser otra (conocido como el argumento de la potencialidad). Según esta clase de argumentos, nosotros deberíamos tratar a algunas entidades o seres como si fueran algo que todavía no son. Desde un punto de vista moral, estos argumentos se preguntan si el hecho de que un ser tenga el potencial para desarrollar ciertas características, puede conferirle, por sí mismo, categoría moral a ese ser. Traducido en un plano más trivial pero también más ilustrativo: la mayoría de los ciudadanos argentinos tenemos el potencial para llegar a ser presidentes de la Nación, pero eso no significa que tengamos derecho a decorar la Quinta de Olivos. Por lo tanto, aun cuando se concediese que la píldora "mata", nunca mataría "niños".
Pero no se puede obviar una segunda cuestión, que me limito a mencionar: ¿acaso el Estado puede regular estas prácticas de carácter absolutamente privado, incluso íntimo? Aun cuando algunos crean (creencia que es absolutamente respetable, sin lugar a dudas) que estas prácticas son moralmente incorrectas, ¿es ésta una razón suficiente para extender, legislación mediante, las consecuencias de dichas creencias a toda la población, aun a quienes no comparten dichas creencias?
La píldora puede reducir en cantidades asombrosas el número de abortos ilegales y las muertes maternas resultantes de los mismos. Dada esta realidad, un fallo como el de la Corte Suprema, ¿no es una amenaza a la salud de la población, especialmente de los sectores más vulnerables?
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