
Reclusos sin celda en Martín García
Sin rejas: tres internos gozan del beneficio del régimen abierto de detención; se encargan de mantener las plazas, calles y jardines
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ISLA MARTIN GARCIA.- No hay barrotes, ni calabozos, ni muros de hormigón. Lo único que tiene en común con una cárcel es que hay presos. Pero éstos no están encerrados: comparten la vida cotidiana con los 200 habitantes del único pueblo de la isla, al que la mayoría de los visitantes llega en lancha colectiva, desde Tigre.
El destacamento Martín García del Servicio Penitenciario provincial es un mundo diferente. Allí cumplen condena tan sólo tres reos, beneficiados por el artículo 18 del Código de Ejecución Penal, que establece el régimen abierto. Permanecen 23 días en la isla y seis en sus casas, con sus familias.
Las calles son de tierra y los tupidos árboles forman túneles que apenas dejan pasar los rayos del sol; de todas formas, el aire es caliente y la humedad se adhiere a la piel.
En una pequeña vivienda de paredes blancas, rodeada por un jardín con el césped cuidado, viven los tres reclusos: Juan, de 36 años; Carmelo, de 37, y Jorge, de 38.
A pocos metros se levanta la casa donde se alojó el poeta nicaragüense Rubén Darío cuando visitó la isla, a fines de abril de 1895.
Casi un siglo después, en 1986, el gobierno bonaerense de Alejandro Armendáriz inició el Programa Piloto de Reinserción del Preso. Los que en esa condición llegaban allí podían hacerlo junto con su familia.
Juan, Carmelo y Jorge, sin embargo, están solos, pues no hay casas suficientes. Una de las razones es que algunos de los hombres que cumplieron su condena decidieron vivir para siempre en esa isla que, a la distancia y desde el barco, parece una gigantesca esmeralda sobresaliendo del río color león.
Lejos de la celda
Jorge llegó hace 10 días. En 1996 fue condenado a tres años y medio de prisión, por robo simple. Su destino fue la unidad número 9, de La Plata, hasta que fue favorecido por el régimen abierto. En dos semanas recuperará la libertad.
"Caí en una salidera de banco. Me habían marcado un tipo que salía con mucha plata, se la robé y me agarraron a las 15 cuadras. No hubo armas ni golpes, por eso la condena fue corta", dijo, mientras guardaba su ropa en un bolso, en el comedor de la casa.
Juan y Carmelo ya lo habían hecho, pues los tres comenzaban sus francos. Ahora entraban las herramientas de trabajo: palas, picos y machetes. Ellos se encargan del mantenimiento de las calles, los jardines y las plazas. Por el trabajo, les pagan 120 pesos por mes. La comida, los servicios y los pasajes corren por cuenta del Servicio Penitenciario.
"Esto es un paraíso, al lado de la cárcel. Trabajás a la mañana y después haces lo que querés: pescás, tomás sol, jugás al fútbol, cosas así", agregó.
Carmelo está casado y tiene cuatro hijos. Como Jorge, estuvo en la unidad número 9. Pero la causa fue otra: seis años atrás fue condenado a doce, por homicidio, robo y lesiones. Llegó a Martín García hace dos años y dentro de ocho meses espera obtener la libertad condicional.
Carmelo no era ladrón ni asesino. Era suboficial del Servicio Penitenciario provincial.
"Yo estoy acá por tonto. Volvía de bailar con mi compañero. Estábamos medio picados. Se acercaron unos pibes a buscar barullo y mi amigo sacó la reglamentaria y mató a uno. La abogada me dijo que no declarara. Por eso me condenaron."
Juan también pertenecía a una fuerza: era policía. Está casado por tercera vez y tiene cinco hijos. Dice que fueron las juntas y la necesidad de conseguir dinero las culpables de su condena. Las juntas, aclaró, estaban dentro de la institución.
En 1994 fue detenido cuando robaba una granja. Lo condenaron a 10 años de prisión, por robo calificado. Hasta hace poco más de un año, estuvo en la Unidad Penitenciaria de Junín. Gracias a su buena conducta obtuvo el beneficio del mencionado artículo 18.
"Me di cuenta tarde, cuando me agarraron y mis propios compañeros me dijeron que no diga nada, que me acordara de que yo iba a estar adentro y mi familia afuera", dijo Juan, que también espera obtener la libertad condicional en febrero del 2000.
Los tres coincidieron en que la vida en la isla no se asemeja en nada a la de una cárcel. Claro, no hay rejas.
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