Madrugada de terror en un country de Del Viso
Un matrimonio y dos mujeres mayores fueron víctimas de un asalto en el Golf Club Argentino
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El siguiente texto es el relato en primera persona que el abogado Juan Javier Negri hizo para LA NACION sobre el violento asalto que el 19 de este mes sufrió en su casa del tradicional Golf Club Argentino, en Del Viso.
Los gritos resonaron en la oscuridad de nuestro dormitorio, a eso de las 4.30 de la mañana del viernes 19 de febrero. Dos forajidos armados, uno con una pistola y otro con un arma blanca cuyo filo brillaba a la escasa luz de los faroles de la calle, rodeaban nuestra cama. Mi mujer y yo nos levantamos, más por la sorpresa y el terror que por las amenazas, para enfrentarnos con la hora más larga de nuestras vidas.
No podía ser cierto: vivimos en una casa de dos plantas en un country de la zona norte, con guardia permanente, muro perimetral de varios metros de alto, coronado por seis hilos electrificados, barreras y control de accesos, tarjetas magnéticas de identificación, cámaras de seguridad, rondines que recorren las calles internas, etc. Pero nada de eso fue suficiente.
Al levantarnos, los vimos más de cerca: enjutos, no demasiado altos, vestidos rigurosamente de negro y a cara descubierta. Quizá tan asustados o desesperados como nosotros, pero por razones distintas.
Mientras nos empujaban al baño, a los gritos nos pedían dinero. Nos prohibieron encender las luces para no despertar la atención de los vecinos. Enseguida les di un fajo de billetes (no más de doscientos pesos en billetes de diez; poco botín, pero, por fortuna, físicamente abultado), pero eso no los calmó. Mientras nos ataban con corbatas y cinturones, nos decían que tenían otro compañero en la planta baja y nos preguntaron quién más estaba en la casa. Les contesté diciéndoles que mi madre y mi suegra, ambas de más de 80 años, estaban en sus dormitorios, pero les rogué que no las despertaran. "Son mujeres mayores: no tiene sentido asustarlas." Les mencioné que también en su cuarto dormía nuestra empleada, que lleva años con nosotros. A ésta nunca la despertaron. Como tantas otras cosas que les dijimos durante esa hora, no nos escucharon, o quizá no nos entendieron: salvo por algunas frases simples, siempre tuve la impresión de que hablábamos lenguajes diferentes.
Luego de atarnos, uno bajó a buscar a nuestras madres, mientras el que quedó con nosotros nos obligó a meternos en la bañera. Logré desatarme, pues los nudos eran rudimentarios, y en un susurro le dije a Teresa, mi mujer, que yo estaba a punto de saltar sobre el ladrón, aprovechando que estaba solo y la casi absoluta oscuridad que nos rodeaba. Me prohibió hacerlo, y quizá me salvó la vida en ese instante.
En busca de dólares
El ladrón que nos vigilaba cada tanto gritaba pidiendo alternativamente: "¡Los dólares! ¿Dónde están los dólares?" o "¡Dame la plata!" o "¡Dame la cámara digital!". A cada uno de esos arranques sucedían largos minutos de silencio, en los que se dedicaba a mirar por las ventanas para cerciorarse de que no se acercaba nadie a la casa. Luego empezaba nuevamente a gritar.
Al rato (no podría decir cuánto tiempo pasó), llegaron los otros dos desde la planta baja, con las dos mujeres que, a esa altura de sus vidas, vivían el episodio con tal grado de sorpresa que, creo, les impedía tomar conciencia de lo que estábamos viviendo. A Teresa y a mí nos sacaron de la bañera para atarnos a los cuatro juntos, en el centro del baño, con las sábanas de nuestra cama. Al hacerlo, uno descubrió que yo estaba desatado. Volvió a atarme, y cuando estuvo seguro de que el nudo estaba firme, me pegó en la cabeza, no sé si con la culata de un arma o con el puño. Confieso que el terror es un buen antídoto para el dolor.
Otro nos iba amarrando con las sábanas, hechas una larga tira de género, a la altura de nuestros pies. Allí descubrí que estaba descalzo. Mientras nos ataba, inexplicablemente, nos decía: "Nosotro somo delincuente [sic] ", como si ese dato se nos hubiera podido escapar entre el miedo, la rabia contenida y la impotencia. El tercero, mientras giraba a nuestro alrededor amarrándonos a la altura del pecho, nos pedía permiso para hacerlo: "Permiso, permiso", a cada vuelta de sábana. La escena tenía algo de grotesco.
Ya atados, nos quitaron los relojes y las alianzas, y a las mujeres, las pulseras. Así se fueron los recuerdos de mi padre y mi suegro, muertos ambos hace varios años. Yo sentía cómo me temblaban las manos, convulsivamente, atadas por la espalda.
"¡Se te va a escapar un tiro!"
Desde el centro del baño, convertidos en un ramillete humano, oímos cómo nuestra ropa y el contenido de cajones y estantes era tirado al piso en una búsqueda frenética de objetos de valor. Como el botín era escaso, uno recriminó al otro: "¿Adónde me trajiste?". El recriminado (o quizá fuera otro, pues los movimientos en la oscuridad eran difíciles de adivinar) gatilló entonces su arma. Sentí hundirme en un profundo y largo pozo y que se me aflojaban las piernas. Pero la voz de uno de ellos vino en mi auxilio: "¿Qué hacés, boludo? ¡Se te va a escapar un tiro!". Y afortunadamente no volvieron a oírse los chasquidos.
Desde el baño no podíamos ver o adivinar todos sus movimientos, pero fueron subiendo lo que encontraron en la planta baja para meterlo en una mochila. Nos pidieron un bolso, pero no fueron a buscarlo donde les indiqué que podían encontrarlo. Nos preguntaron dónde estaban los celulares, y cuando Teresa les dijo que el suyo estaba sobre la mesa de luz, nos dimos cuenta de que esa expresión les era desconocida. Sólo entendieron cuando les dijo que se trataba de la mesa de al lado de la cama.
Comenzaba a haber un poco más de luz, porque las ventanas del baño y del dormitorio miran al Este. Uno preguntó la hora; otro le dijo que eran casi las cinco. Terminada la faena de revolver todas nuestras pertenencias, dos bajaron precipitadamente, después de preguntarme qué vecinos viven cerca. Le dije que a ambos lados de casa hay terrenos baldíos. El tercero se quedó unos minutos más con nosotros para amenazarnos y prohibirnos salir del encierro. Pero para él era un misterio que nuestro baño no pudiera cerrarse con llave desde afuera.
En segundos nos desatamos. Bajamos rápidamente. Los ladrones se habían olvidado de llevarse el teléfono de la cocina, y desde allí llamamos a la vigilancia. Eran las 5.30. El 911 no respondió: una grabación me repitió hasta el cansancio que ese número era el de la central policial, pero nada más que eso.
De a poco comenzó a salir el sol. "La sacamos regalada", pero nuestra vida ha cambiado. El miedo dejó su marca, que espero no sea indeleble. Toda precaución es poca; todas las medidas son insuficientes: los rastros establecieron que los tres entraron en nuestro barrio a través de un caño subterráneo de 1,5 m de diámetro y 300 (sí, trescientos) metros de longitud, que se introduce más de doscientos metros dentro de nuestro recinto amurallado. Los policías que lo recorrieron casi se asfixian. "Son ratas, y viven y actúan como ratas", contó el comisario. Es cierto, y nosotros, los "otros", estamos presos en nuestro propio país.
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