
Los mapuches quedaron fascinados con el mar
Jóvenes de la comunidad se deslumbraron con Mar del Plata
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MAR DEL PLATA.- El dedo índice de Sergio Jara señalaba el horizonte. "¿Allá se acaba o sigue más?", preguntaba, presa del temor que a primera vista le inspiraba ese azul gigante e interminable de olas que iban y venían. Pero en un par de minutos se arrimó hasta la orilla, y cuando el agua acarició sus pies fue como una declaración de amor: este mapuche de 13 años y otros 17 compañeros de una comunidad aborigen neuquina quedaron encantados en su primer encuentro con el mar.
El romance nació en la playa Bristol, durante una tarde tan fría como cada jornada es en Atreuco Abajo, un pequeño poblado situado a unos 25 kilómetros de Junín de los Andes, donde la cordillera queda casi al alcance de la mano.
Los visitantes, todos de entre 11 y 17 años -alumnos de cuarto a séptimo año de la Escuela 259-, llegaron invitados conjuntamente por las secretarías de Extensión de las facultades de Humanidades y Arquitectura de la Universidad Nacional de Mar del Plata y los institutos educativos Galileo Galilei y San Nicolás de los Arroyos, ambos de esta ciudad.
¿El motivo? Permitirles a estos adolescentes mapuches que conozcan la ciudad, su gente y el mar como una forma de abrir camino a una relación que continuará con una delegación marplatense que viajará para retribuir la visita y dar una mano en aquellas tierras.
"Hay un aporte técnico que estudiantes universitarios están dispuestos a hacer para que los habitantes de esta comunidad aborigen puedan mejorar su infraestructura social básica y elevar su calidad de vida", explicaron Silvia Branda, Fabián Pignatelli y Laura Romero, funcionarios de las unidades académicas que encabezan este proyecto.
"De ninguna manera se propone cambiar o alterar los hábitos mapuches", aclararon casi al unísono.
Los invitados cumplieron hasta hoy -su última jornada marplatense- una agenda tan intensa como atractiva.
Visitaron acuarios, pasearon por la ciudad, disfrutaron de una excursión marítima y participaron, junto con alumnos marplatenses, de actividades plásticas, deportivas y recreativas.
Viaje inolvidable
Ninguno de los visitantes conocía mucho más allá de los límites del sur de la provincia de Neuquén. En el comienzo de este viaje comprendieron que la Argentina no está compuesta solamente por los turistas que compran artesanías, sino que hay otros con problemas económicos y sociales, como ellos.
Apenas llegaron del Alto Valle, el ómnibus que los traía se topó con un corte de ruta realizado por desocupados. Tuvieron que desviarse y los 1500 kilómetros demandaron extenuantes 33 horas de viaje, casi el doble de lo normal.
"Estoy cansado, pero lo que nos encontramos es hermoso, inolvidable", reconoce Raúl Llanquinau, de 14 anos, mientras junta caracoles en la orilla para llevar a su familia como recuerdo.
Es otro de los que respetó demasiado el mar y tardó bastante en acercarse hasta la orilla.
Adriana Ros, la directora de la escuela, es la que graba todo con su videocámara para que el momento quede eternizado en un cassette.
"Costó mucho llegar hasta acá, mucho sacrificio por parte de los propios padres de los chicos, pero es una forma de abrir la comunidad al resto de la gente", reconoce y se ilusiona.
Es la docente la que trajo algunas artesanías en tela para mostrar a los chicos marplatenses cómo trabajan y de qué se vive en la comunidad mapuche.
"Estamos achicando distancias, sobre todo culturales, para cuando nuestros chicos devuelvan la visita con un viaje solidario", explica Azucena Pérez, directora del Instituto Galileo Galilei. El primer encuentro fue alentador.
Raúl Jara, hermano de Sergio, no se cansa de tirar piedras al mar y no tarda en treparse a una escollera para contemplarlo desde lo alto, como si ya pudiera dominarlo.
El sabor de la sal
"Al principio me mareó, pero por suerte se me pasó enseguida", dice uno de los que se animaron a llevarse agua a la boca, sin encontrar una respuesta convincente para el sabor salado que le desfiguró la cara de tanto desagrado.
"Es más rica la del arroyo", dice en referencia al Atreuco, que baña la comunidad a la que pertenece. Quizá por eso le llame más la atención la sal que le quema la lengua que la temperatura del agua.
Atreuco, en lengua mapuche, significa agua fría. Y contra los hilos helados de las vertientes que llegan desde las alturas andinas no hay mar que compita.
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