Los Aeroamigos: cuando la ayuda llega del cielo
Pilotos civiles combinan la solidaridad con el placer de volar.
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Como tantos otros voluntarios, llevan ayuda a las poblaciones que más la necesitan. Pero llegan por donde nadie lo hace: por el aire.
Aeroamigos se distingue de todas las otras asociaciones solidarias por algo que está en su esencia misma. El grupo está formado por pilotos privados que aportan sus propios aviones para hacer llegar las donaciones a los puntos más recónditos del país.
La original idea nació de Andrés Hillbricht, un empresario polaco que sintió hace siete años que el hobbie de muchos pilotos civiles podía transformarse en una obra solidaria.
"Si podían usar su avión para pasear, podían también usarlo para llevar ayuda solidaria a quienes están alejados de todo", aseguró el fundador a La Nación .
Así, con el lema "Ponele alas a tus mejores intenciones", Hillbricht reunió a varios conocidos de él y en 1991 hicieron el primer viaje para llevar ropa, alimentos y útiles a la población mapuche que vive en Aluminé, Neuquén.
De la primera misión participaron 13 aviones. De la segunda, 32. Pronto se sumaron más y más interesados, y Aeroamigos se fue para arriba. Hoy, más de 164 naves y 350 voluntarios integran esta asociación sin fines de lucro.
Pero no sólo viajaron para llevar donaciones, también tuvieron misiones ecológicas: desde rescatar animales salvajes hasta llevar 2000 árboles a un pueblo bonaerense sin zonas verdes.
Solidaridad sobre alas
Las cartas que piden ayuda llegan desde todos los rincones del país, pero se seleccionan seis por año, de acuerdo con las urgencias de cada zona.
Una vez reunidas todas las donaciones, se cargan en un camión que llega por tierra al lugar elegido, al mismo tiempo que los Aeroamigos arriban por aire, desde distintos aeropuertos y aeroclubes del país.
La Nación fue testigo de cada uno de los pasos que sigue esta original institución. Llegar a la casa de Antonia, una mujer que llamó para dejar una donación, ver cómo se organiza el próximo viaje, conocer el hangar donde descansan los aviones antes de cada misión.
Antonia Lofiego, de la Sociedad de Becas Nuestra Señora de Lourdes, entregó a Abel González, un aeroamigo, varias cajas con ropa, guardapolvos, útiles y comida. "Queremos que las cosas lleguen, por eso los elegimos", confió.
La escuela que oficia de "condesa" -así llaman a quien organiza el viaje- en la preparación del próximo operativo, que será a San Lorenzo, Corrientes, dentro de dos meses, es la Especial Mari Mari, a la que asisten 13 chicos discapacitados.
Marilú Dobal es maestra allí y además es una de las fundadoras de Aeroamigos. "Cada día nos sorprende la solidaridad con que nos encontramos en cada nuevo viaje -comentó-. Lo que más necesitamos son donaciones y gente que quiera ser parte del grupo" (753-0546).
En un hangar del aeroclub de Morón se alojan 45 de los aviones de los intrépidos voluntarios, que sueñan con que las Fuerzas Armadas los ayuden a tener un lugar propio.
Luis Vidal Ortiz (de 50 años), ex piloto de Aerolíneas Argentinas, es un aeroamigo. "Aquí puedo complementar la satisfacción de volar y las ganas de ayudar", explicó.
Enrique del Castro (57) es un aeroamigo desde 1994. Con muchos vuelos en su haber, confesó "sentir la misma satisfacción de la primera vez".
"Las misiones son bárbaras y te gratifican mucho", aseguró Roberto Berganza (40), que llegó al grupo con su hijo Alejandro (13) hace tres años.
Aunque su nombre parezca el de un grupo de héroes infantiles, Aeroamigos toma su tarea muy en serio. Así, despegan una y otra vez con un objetivo concreto: llevar ayuda a los lugares más olvidados.
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