
Entre gritos y aplausos, llegó El Gran Capitán
Frenó a 3000 metros de la estación Posadas
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POSADAS.- Llegó por fin a destino El Gran Capitán, que retomó el jueves el servicio después de más de 10 años, aunque debió detener su marcha en la cabecera del puente internacional Posadas-Encarnación, 3000 metros antes de la estación Posadas, que aún no ha sido reacondicionada.
"¿Cómo es el tren por adentro? ¿Es cómodo?", preguntaban una y otra vez miles de chicos que salían a saludarlo a lo largo de todos los pueblos; es que jamás han visto uno de pasajeros.
El célebre Gran Capitán arrancó anteayer su segundo y último día de travesía muy temprano: a las 5.45 abandonó Concordia, en Entre Ríos, donde descansó varias horas -en un viaje que atravesó las colonias judías- tras el recibimiento antológico de unas 15.000 personas en la estación.
Poco importó el horario para los entrerrianos congregados incluso durante el amanecer en cuanta estación, parada o apeadero. A media mañana, el tren desataba la alegría a su paso por lugares casi olvidados como Magnasco, La Criolla, Ishtillart, o más conocidos, como Federación.
Cuando el tren arribó a Chajarí, las lágrimas fueron difíciles de contener. Las autoridades entregaron un crucifijo para que acompañe siempre al Gran Capitán, y cajones de naranjas "para que viaje en el tren el esfuerzo de los hombres de la región".
Era apenas el comienzo. Tras cruzar el río Mocoretá, el tren ingresó en Corrientes a la ciudad que se llama como ese curso de agua y pocos kilómetros más adelante la algarabía alcanzó a la pequeña localidad de Juan Pujol. Allí, el intendente Rubén Cornaló subió a recorrerlo: "Hace mucho que esperábamos el tren. La gente en Buenos Aires no tiene idea del daño que produjo su cancelación".
La ocasión es propicia para acercarse a la máquina que arrastra al Gran Capitán, la número 7911, y espiar su interior. El conductor Miguel Cardoso invita a subir y confiesa que tras diez años de manejar sólo trenes de carga hoy vuelve a él ese "sentimiento de responsabilidad especial" de antes de la cancelación, en marzo de 1993.
Arriba de la locomotora
Suena un silbato. Es hora de abandonar Juan Pujol. Con el infaltable sorbo previo de mate amargo, Miguel libera los frenos de la locomotora y da dos, tres puntos de potencia a su motor. La 7911 parece despertar, se despereza. El conductor sabe que al frente le espera una cuesta arriba y lleva el comando de la máquina al punto ocho, la máxima potencia.
La 7911 brama, tiembla y hace temblar cada músculo, cada órgano de quien se atrevió a incursionar en sus entrañas. Pesa 90 toneladas y debe arrastrar otras 400 que acusan los vagones, una cantidad de kilos equivalente a 500 automóviles medianos. Vence la cuesta -ha sorteado peores escollos- y cuando toma velocidad se bambolea, a veces violentamente.
El ruido apenas permite hablar: "Mire... Nosotros vimos morir el tren de pasajeros -dice Miguel-. Ahora vemos su renacimiento". Se necesitan por lo menos 400 metros para frenar la mole, aunque apenas camina a 60 kilómetros por hora.
Entonces la 7911 se calma, anda a paso de hombre y parece mansa, como un juguete gigante. Es como un ritual: se ve la estación a pocos metros y la multitud empieza a agitar carteles y banderas. La locomotora entonces se presenta a sus verdaderos dueños, los mesopotámicos. Es un reencuentro tan esperado que empieza el griterío. A bocinazo limpio, la máquina arenga y la multitud contesta a los gritos. Es el momento de máxima excitación, llantos y aplausos.
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