En la Alasita, el Ekeko de los deseos hizo feliz a miles
Turistas y familias enteras se reunieron para celebrar a la virgen de La Paz
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Si existieran los supermercados de deseos, ¿qué valdría la pena comprar allí? Felicidad, seguro, pero ¿en qué góndola habría que buscarla? ¿En la de casas con jardín? ¿En el sector de familias numerosas? ¿O en el área de farmacia con venta libre de Viagra?
Los que saben dicen que es mejor tener cuidado con los deseos porque pueden cumplirse. Y justamente eso es lo que ayer ocurrió en el festival de la Alasita, la feria boliviana del parque Avellaneda, entre los miles de personas que se reunieron para celebrar el día de la virgen de La Paz. En aimara, alasita significa "cómprame", y nada más adecuado en esta cruel era del shopping que una tradición antiquísima basada en gastar dinero para ilusionarse con un futuro mejor.
Parque temático de la esperanza modesta (pero esperanza al fin), la Alasita presenta a su ícono estrella, el Ekeko, para que un día del año la abundancia y el buen vivir estén más cerca de lo que suelen encontrarse los otros 364. A su llamado acudieron familias enteras, parejas de enamorados, turistas y, sobre todo, comerciantes y brujos o yatiris, a quienes el caprichoso Ekeko benefició más que a otros. "Si lo tocas y lo dejas, tu suerte va para el que lo compre", le dijo una vendedora morena y seria, de largas trenzas, a una rubia imprudente que se atrevió a inspeccionar un fajo de dólares en miniatura. En pocos segundos, la amenaza mística cumplió su objetivo y la rubia desembolsó 15 pesos de verdad para comprar unos 3000 dólares de juguete. La escena no dejaba dudas: los dioses del Altiplano habían aterrizado en el parque Avellaneda.
Además del Ekeko, el otro gran protagonista de la Alasita es el torito ($ 80), al que el comprador carga con miniaturas de sus deseos para el año. El toro representa la fuerza para el hombre, y ayer los pequeños grandes toros paseaban a sus dueños con bolsas de café, de arroz y de Viagra en el lomo, pero también copias de DNI argentinos, maletas con pasaportes adentro, copias de certificados de divorcio y herraduras para la buena suerte. Una vez que el combo de ilusiones está completo, hay que formarse en una fila donde espera el yatiri , que bendice el deseo con alcohol y palo santo. El pago es a voluntad; el derecho a soñar no tiene un precio fijo y todos salen contentos.
Las ofrendas tampoco siguen reglas. Unos eligen un terreno, la casa y un puesto de verduras. Otros, un abridor con muchas botellas, para que no falten. Ante la pregunta de qué es lo que más se ha vendido, los puesteros sorprenden. Ni los toros, ni las casas, ni los amuletos para el amor. "Los certificados de libres de deuda", coinciden, con sonrisa cómplice.
A un costado de la feria, una curandera anciana adivina la suerte. Rompe un huevo, echa la clara en un vaso y la observa detenidamente. Mientras dirige su mirada a los ojos del que por $ 15 contrata su servicios, abre una cerveza y mezcla el líquido con la clara del huevo. Consumado el hechizo, se concentra en las figuras del vaso. No le gusta lo que ve. "¡Engañaste a tu esposa!", dice, indignada. El hombre calla y lagrimea. Ella se ríe. "Ve y pídele perdón. Verás que te quiere" susurra. El hombre se levanta y no da más de cuatro pasos hasta que abraza a su mujer, quien lo recibe con el ojo izquierdo morado.
La perspicacia ¿sobrenatural? de la curandera hizo el milagro. El de la unión, el de la alegría, el de enriquecer el mayor supermercado de deseos de la ciudad. Los dioses del Altiplano hicieron su fiesta en el parque Avellaneda. Buenos Aires ya sabe dónde ir si necesita magia.
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