Cuando pasa un avión, Noemí Sánchez cierra los ojos y le tiemblan las manos. “Yo acá cosía, me ponía a charlar, eso era mi vida. Y ahora me cuesta sin mis árboles”, dice, sentada en la vereda de su casa. Fue ese árbol que ya no está el que la salvó, repite. ”Toda una vida que se fue en 30 segundos. Pero yo me podría haber muerto tranquilamente”, agrega.