Desaparecen 113 años de tradición con el Pedemonte
Cerró el local de Avenida de Mayo 676
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No, ya no está el maitre Toledo para ordenar el puchero. Tampoco el viejo reloj indicando las horas de un tiempo que pareció interminable, ni el barómetro Griensu anunciando el clima variable o poco seco, como el estado de los comensales.
Alguien debió retirar la boisserie que maravilló a los mejores ebanistas y el misterioso vitral roto que alentó decenas de relatos. De la vereda se llevaron la espléndida chapa, y un cartel de "vendido" sobre la persiana indica que el legendario Pedemonte finalmente claudicó. Sólo el óvalo de bronce con el 676 recuerda que funcionó en la Avenida de Mayo. Una historia de 113 años que sobrevivió a un derrumbe, que tuvo tres generaciones de familiares dueños, algunas más de clientes y dos mudanzas.
La Buenos Aires de estos tiempos puede con todo, incluso enterrar sus propios tesoros casi sin que nadie lo advierta, sin dar lugar a un merecido responso.
Hace algo más de dos años, este cronista, almorzando el gran puchero en una mesa de habitués juristas, tomó nota de una frase: "Toledo, ¿por qué no baja la persiana, que ya empiezan los bombazos?" Las palabras del magistrado fueron todo un presagio. La avenida del Cabildo, de La Prensa, del pasaje Barolo ya no era aquella españolísima y de encanto. Era la de la violencia en la Plaza de Mayo.
Dicen que la cooperativa de empleados, dirigida por el maitre Ramón Toledo desde hace más de dos décadas, no pudo seguir adelante y Pedemonte se despidió. Anteayer, el cronista se encontró en la vereda ahora triste con un hombre que, apurado, se detuvo por un momento con cara aún más triste a buscar la vidriera: era Horacio Ferrer. "¡Qué pena, pensar que yo hasta conocí el local de Rivadavia! Esta avenida cambió, debieron haberlo mudado", reflexionó el poeta.
¿Dónde habrán quedado los grafodramas que en LA NACION publicaba Luis Medrano y que prolijamente enmarcaban en Pedemonte? ¿Quién preparará la tarta de alcauciles, una brandade de bacalao, el entrecote Marchand, los tournedos Rossini y aquel último puchero de grano de pecho?
Todo comenzó una década antes de terminar el siglo XIX, cuando Giuseppe Pedemonte emigró de Savona luego de haber ayudado en la cocina del marqués de Palavecino. Rápidamente, el elegante ligur llenó su nueva casa de finos aromas y refinados caballeros enmarcados por el Art Nouveau de un salón de maravillas en Rivadavia 619. Las crónicas recuerdan a clientes como Bartolomé Mitre, Leopoldo Lugones, Rubén Darío, Victorino de la Plaza, Lisandro de la Torre, Benito Villanueva, Hipólito Yrigoyen, Jorge Newbery y los del tango y el turf que andará pensando Ferrer: Torterolo y Gardel.
De afuera lo visitaron fascinados príncipes, Joan Crawford, el gran Caruso o Maurice Chevalier. Don Giuseppe era un excelente, medido y profesional anfitrión, con un corte de barba que lo asemejaba a Lisandro de la Torre, el hombre al que los cuentos siempre le adjudicaron la rotura del vitral y el misterio de cómo sucedió.
En manos de la familia
Giuseppe murió en 1940 y se hizo cargo su hijo Julio, al que tanto dibujó Medrano en los grafogramas con su pronunciada barbilla y moñito en la pechera. De allí el sobrenombre "Pechito" que impusieron los habitués socarrones a quien, whisky en mano, se acercaba con un buen consejo a un cliente ensimismado.
"Ir a Pedemonte sin echar un párrafo con don Julio era una fiesta incompleta", escribió en los años 70 Medrano, cuando Pedemonte de la calle Rivadavia debió cerrar por peligro de derrumbe y se trasladó a Esmeralda 59 con toda su rica decoración.
Con esa casa también se fue don Julio, y entonces el nieto de Giuseppe, José Manuel, continuó en 1977 con la fina tradición de Esmeralda y, después, en la Avenida de Mayo. Luego, la cooperativa de empleados, el famoso puchero mencionado y los "bombazos", tristemente desubicados.
Hoy, sólo la nostalgia acude al rescate cargando siempre con su albur cada vez que se lo nombre. ¿Y si vuelve Pedemonte...?
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