
Ahora, hacia los 500 años de Buenos Aires
Los fastos por la celebración del Bicentenario no se apagarán hasta fin de año. Luego, habrá que esperar hasta 2016 para que el aniversario de la Independencia vuelva a convocar, seguramente desde Tucumán esta vez, el fervor patrio de los argentinos.
Pero más lejos en el horizonte asoma ya otra fecha especial que probablemente volverá a depositar los ojos del mundo sobre nuestro país y, más concretamente, sobre esta ciudad: dentro de 26 años Buenos Aires cumplirá 500 años. Medio milenio desde aquel encuentro desigual entre dos culturas que se produjo el 2 de febrero de 1536 cuando Pedro de Mendoza desembarcó ante la atónita mirada querandí en las suaves estribaciones de lo que hoy es el parque Lezama y fundó el Puerto de Nuestra Señora María del Buen Ayre.
Es cierto que esa primera fundación debió ser revalidada en 1580 por la destrucción del primitivo campamento, luego de que el Adelantado huyera a España enloquecido por la sífilis. Pero el simbolismo de aquellos primeros pasos europeos en esta orilla del Plata hace de aquella primitiva fundación un hito de la historia argentina. Y, algo no menor, se cumplirán también cinco siglos de la presencia católica en estas tierras.
Resta más de un cuarto de siglo para esa fecha. Pensar hoy en 2036 parece lejano, pero no se trata sólo de idear el modo más adecuado o impactante de realizar una celebración, en definitiva efímera, sino de imaginar nuestra ciudad de aquí a 25 años. La prospectiva no es una disciplina que manejen nuestros dirigentes. Tener una meta a una generación de distancia es un buen reto para planificar la Buenos Aires que vendrá. Cómo nos movilizaremos entonces, cómo nos curaremos, cómo nos educaremos son algunas buenas preguntas que podríamos ir haciéndonos.
Diseñar el futuro es una tarea que compete a todos. Expertos y notables en diversas áreas deberían ser convocados sin distinción de ideologías a acercar sus aportes. Como se dijo, el tiempo que resta es considerable... si se empieza pronto y se deja de lado la improvisación, una marca registrada de la política argentina. Por otra parte, debe buscarse el consenso. Ninguna fecha cara a los sentimientos de todos debería estar a merced, otra vez, de confrontaciones partidistas. Ni siquiera debería pensarse como una celebración meramente porteña.
Por todo esto, Buenos Aires 2036 no debe ser sólo un festejo agendado con prematura anticipación, sino la excusa para repensar cómo vivimos y cómo queremos que lo hagan nuestros hijos. Y, luego, convertir eso, cuanto antes, en una política de Estado.
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