“Es como si me hubieran arrancado el alma”. El dolor del maestro Enrique Fasuolo tras el robo de su bandoneón a metros del Obelisco
El músico de 85 años fue asaltado cuando terminaba de tocar, como siempre, en la plaza de la Avenida Corrientes y 9 de Julio; un delincuente le apuntó con un arma y le arrebató el instrumento que lo acompañó durante más de 40 años, una verdadera reliquia
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En el lugar donde desde hace tiempo despliega su arte, en pleno Corrientes y 9 de Julio, el corazón latente de la ciudad de Buenos Aires, Enrique Fasuolo vio cómo la melodía de su vida se quebraba en un instante. Justo cuando plegaba su bandoneón, un delincuente armado lo asaltó y le robó ese viejo compañero que fue su voz, su refugio y su historia durante más de cuatro décadas. “Cuando se levantó, el tipo se le presentó enfrente, le apuntó con un arma y le dijo ‘¡dame todo!’”, relató con angustia Alberto, su alumno y amigo hablando por el maestro, que a sus 85 años tenía dificultades para hablar, cargado de angustia y dolor.

A las dos de la tarde del martes, la zona del Obelisco vibraba con su incesante oleaje de pasos, murmullos y bocinazos. Pero en ese instante, todo pareció desvanecerse. La impunidad se paseó entre los edificios y arrebató sin resistencia lo que Enrique más amaba. “Nos preguntamos cómo es posible que en el ombligo de Buenos Aires pase esto sin que nadie haga nada”, exclamó Alberto, con una mezcla de rabia e incredulidad.
Fasuolo buscó agentes de la Policía de la Ciudad para avisarles sobre el robo, pero no había ninguno. La denuncia se realizó horas más tarde, envuelta en una burocracia errante. “El joven que nos atendió no encontraba la dirección en la base de datos. Fue frustrante”, lamentó Alberto. “Parecía que ni siquiera sabían cómo proceder, como si todo estuviera diseñado para desalentarnos”.
Además de ser un objeto de colección de alto valor económico, el instrumento era un verdadero relicario de memorias. “Lo tuvo por más de 40 años, era un modelo alemán anterior a la guerra, con un sonido único”, explicó Alberto, con un dejo de nostalgia. “Lo único que se le había cambiado en todo ese tiempo era el fuelle, pero la maquinaria interna era completamente original”.
Cada acorde que brotaba de su fuelle contenía retazos de una vida dedicada a la música. Para Enrique, aquel bandoneón era su confidente, su ventana al mundo. “Es como si me hubieran arrancado el alma”, confesó con un susurro quebrado.
No era solo una herramienta de trabajo, era la extensión de su propia existencia. “Más de una vez alguien se le acercó a decirle que estaba por tirarse a las vías y que su música lo había hecho desistir. Son las cosas que le dan fuerzas para seguir”, relató, dejando entrever cómo las melodías del maestro habían salvado a otros, mientras buscaban rayos de luz a los cuales agarrarse para no caer en sus abismos.
“Cuando toca siente que todavía tiene algo que ofrecer, que su historia sigue teniendo sentido. Pero ahora, sin su bandoneón, es como si lo hubieran dejado sin voz”, expresó Alberto en nombre del músico, sentado a su lado.

El impacto del robo no solo se refleja en la ausencia del bandoneón: también tiene un impacto en el estado de ánimo de Enrique. “Hoy se levantó ansioso, salió a comprar un carrito nuevo, pero se equivocó con las medidas y eso lo amargó más”, contó Alberto con impotencia. Su maestro, además, enfrenta un delicado tratamiento ocular cuyo costo se suma a este tormento. “No me puedo dar el lujo de que él se deprima”, sentenció su alumno y confidente. El instrumento era la botella de oxígeno que le permitía al viejo músico cambiar las ideas y rejuvenecer cada día.
“Es que esto no es solo una pérdida material”, continuó Alberto. “Para él, es un duelo. Es un luto silencioso que solo quienes amamos la música podemos entender. Yo lo veo y es como si faltara un pedazo de su ser”.
Ante la desesperación, amigos y músicos de todo el país han iniciado una colecta para ayudarlo a recuperar su arte, su vida. Al mismo tiempo, exigen que las autoridades revisen las cámaras de seguridad y den con el ladrón. “No vamos a parar hasta encontrar su bandoneón de vuelta. Comprarle otro no le quitaría este duelo que siente; para un músico es como conocer a otra persona”, afirmó con firmeza.

“Este bandoneón no es solo un objeto. Es una vida compartida, una historia, un legado. No es lo mismo que perder otra cosa”, concluyó Alberto. Y es que cada día sin su bandoneón Enrique camina por la ciudad con el peso de una ausencia que no se mide en dinero, sino en latidos, en melodías que se quedaron atrapadas en el silencio.
“Hace 40 años que Enrique toca en la calle, repartiendo su arte a quien quiera detenerse a escuchar. ¿Cómo es posible que la ciudad le haya dado la espalda en el momento que más lo necesitaba?”, se pregunta su alumno con una mezcla de tristeza e indignación.
Para quienes deseen colaborar, hay medios de contacto disponibles. Porque la música de Enrique, la música de Buenos Aires, no puede quedar enmudecida. No ahora, no así.
Estos son sus datos bancarios:
Enrique Fasuolo
Banco Nación
CBU 0110095230009504084401
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