La diseñadora, mujer de Alberto Roemmers, nos comparte su experiencia tras tomar contacto con pueblos originarios de Perú, Colombia y Argentina, entre otros países
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“Estos viajes te cambian, te modifican, te movilizan. Ya no volvés a ser la misma de antes”, dice Gina Vargas de Roemmers (44) tras conocer las distintas comunidades aborígenes de Latinoamérica durante un extenso (e intenso) recorrido de nueve meses. “Estuve en Perú, Colombia y Uruguay, además de Argentina. Desde el lago Titicaca hasta el desierto de la Guajira. Me encontré con los aimaras, los quechuas, los wayuú.. Yo quería estar en el territorio con ellos, escucharlos y adentrarme en lo más profundo de su cultura para poder entender un poquito más su historia.


Cada artesano tenía algo para enseñarme”, cuenta entusiasmada la mujer del empresario Alberto Roemmers hijo (67), ya de regreso en su casa de Montevideo. De ese viaje nació Artesia, su nuevo proyecto filantrópico que combina arte contemporáneo con las distintas culturas latinoamericanas originarias.
–¿Cómo surgió la idea?
–Siempre sentí un gran interés por la acción social. Cuando vivía en Buenos Aires colaboraba con Alberto en fundaciones de educación y salud, como la Fundación Hematológica Sarmiento, de la que soy madrina. Y cuando me instalé en Montevideo, hace unos años, quise volver a conectarme con ese costado mío más activo. Como colombiana sentía una gran necesidad de ayudar a mi país. Y así empezó todo. Soy diseñadora de indumentaria especialista en alta costura, entonces mi primer plan tuvo que ver con tratar de fusionar mi pasión por el arte con los pequeños productores de comunidades aborígenes.


De a poco comencé a interiorizarme sobre los grupos y comunidades originarias de mi país. La realidad es que después de tanta guerra y guerrilla en Colombia, los aborígenes han sufrido una migración importante que los ha obligado a desplazarse a las ciudades dejándolos muy solos y muy abandonados.
–Eso también te acercó a sus artesanías.
–Es maravilloso ver cómo trabajan las fibras y los tejidos naturales. Y eso lo encontrás en toda Latinoamérica. Yo no puedo dejar de conmoverme al ver que una pieza que tiene muchísimo valor, ya sea por el material utilizado o por el trabajo humano que hay detrás, luego es vendida por casi nada. Me duele. Por eso, a través de Artesia quería rescatar un poco ese legado y darle el valor que merece a cada producto. Así comenzó mi viaje.

–¿Cómo fue el itinerario?
–Estuve desde septiembre hasta mayo recorriendo Latinoamérica. En este camino descubrí la grandeza de lo artesanal traducido en cerámicas, alpaca, tejidos y lanas que ellos mismos producen. La lana de Uruguay, por ejemplo, es maravillosa. Y rescatarla se vuelve una misión increíblemente gratificante. Artesia es una curaduría de arte en la que conviven los productos elaborados por las comunidades con las creaciones de artistas internacionales. También se ofrecen mentorías para ayudar a los artesanos a crear objetos que después puedan vender, que sean propios de su identidad y, al mismo tiempo, contemporáneos.



–¿Cómo viviste esa experiencia en lo personal?
–Fue muy transformador para mí conectarme con los pueblos originarios. Vengo de familia costurera y el trabajo artesanal se vincula con mi historia. Creo que encontré en Artesia una puerta abierta para que todos los emprendedores, diseñadores emergentes y artesanos tengan voz, un lugar para que ofrezcan sus piezas y la gente los conozca. Este viaje marcó un antes y un después en mi vida porque aprendí a ver el mundo desde todas las aristas, formas y colores. En algún punto, es encontrar el sentido de para qué estamos en este mundo… Una de las cosas más lindas que me dejó es aprender a valorar y a agradecer por todo lo que me sucedió en la vida. Alberto, mi marido, siempre ha sido muy generoso, al igual que su familia, que me ha enseñado mucho con su generosidad. En mi vida siempre estoy aprendiendo.•

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