
Un menemista en el Vaticano
En el Episcopado lo cuestionan pero, en Roma mueve influencias. En el Gobierno lo llaman El Obispo. Camilión y el radicalismo lo acusan en el tema de las armas
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El embajador Juan Esteban Caselli -a quien en los pasillos del Palacio San Martín llaman Cacho- es un obispo de la corte menemista, consagrado con los óleos de la sospecha.Es que en estos días, cuando está a punto de cumplir 56 años, el embajador ante el Vaticano ha pasado repentinamente de la pax romana a los escándalos argentinos, y ha vuelto a ser vinculado con el affaire de la venta de armas.
"Caselli me dijo: ‘Preferimos que mantenga a Luis Sarlenga al frente de Fabricaciones Militares’", acaba de declarar el ex ministro Oscar Camilión. Ya antes que él lo habían relacionado con el tema Domingo Cavallo y el senador Antonio Berhongaray, pero Caselli había resistido a pie firme las acusaciones.Templado en intrigas, titiritero en segundo plano, el hombre que ocupa el despacho de Piazza San Luigi dei Francesi 37, en Roma, lleva recorrido un largo camino.Cuando todavía era Cacho, Esteban Caselli estudiaba en un colegio marista y militaba en la Acción Católica. Aunque soñaba con entrar en el seminario, años más tarde cambió de parecer y, entre 1974 y 1976, fue consejero de Victorio Calabró en la gobernación de Buenos Aires.El golpe de marzo le puso paréntesis a su actividad oficial y su profesión de fe peronista, pero no las truncó: en 1989 fue rescatado por el menemismo (en realidad, por Eduardo Bauzá) y lo nombraron jefe de asesores del Ministerio del Interior. A los pocos meses, con el mismo cargo, pasó a Salud y Acción Social, y entre 1990 y 1991, a la Secretaría General de la Presidencia.Cada uno de sus traslados se había correspondido con los traslados de Bauzá, y el primer resultado fue que el fiel empleado cambió de apodo: de ser Cacho pasó a ser Bauselli.Atrás había quedado su paso como directivo de Somisa, que le permitiría a Caselli incluir en su currículum entregado al Vaticano: "posee una especialización en gerenciamiento y ha ejercido la profesión de empresario".
El relacionador
Hasta que se le despertara la vocación diplomática, su verdadera profesión, en realidad, parecía ser la de relacionador público.Diría de él Domingo Cavallo: "Esteban Caselli fue un personaje clave en el tema del oro, en el de las armas y en el de Yabrán. Fue el contacto que movió los expedientes, el que llevaba y traía las cosas y el que movía influencias".En noviembre de 1993, invocando el nombre del presidente Carlos Menem, había pedido a la Fuerza Aérea que una empresa privada de aviación tuviera hangares con tecnología de punta en el Aeroparque, donde no había lugar para nadie.La empresa se llamaba Lanolec y era una de las pocas que Alfredo Yabrán reconocía como propias. Carlos Ruckauf no encontró nada extraño en la gestión: "Caselli es amigo de Yabrán", dijo, y el entonces futuro embajador desenvainó para defenderse: "¿Yabrán? Es conocido mío. Me parece un hombre de bien, de eso no me cabe la mínima duda (...) Lo conozco como conozco a Macri, a Roggio, a Fortabat. Creo que no es un delito conocer a empresarios". De todos modos, el trámite le valió el mote de "lobbista", y monseñor Justo Laguna más tarde le pasó la factura: "Caselli no tiene ninguna de las condiciones para el cargo de embajador. Va al Vaticano a hacer lobby", dijo.Ya mutado en El Obispo, su nuevo sobrenombre, no era raro que para Caselli todos los caminos condujeran a Roma.Sus relaciones con sectores de la Iglesia -solventadas por aquella juvenil militancia en la Acción Católica- habían comenzado a aceitarse a partir de 1991, cuando había asumido como secretario adjunto de la Presidencia y atendía en el despacho que daba al balcón usado por Perón el 17 de octubre de 1945. Al poco tiempo de estar en el cargo había heredado el manejo de la partida para Obras Pías, que antes dependía del Ministerio del Interior, y los contactos habían llegado solos. Los de más alto nivel eran Antonio Quarracino, Emilio Ogñenovich y Raúl Primatesta, y Caselli acabó convirtiéndose en el negociador informal entre la jerarquía eclesiástica y el Gobierno.En octubre de 1993 pasó con éxito una prueba de fuego: viajó a Roma y regresó con un Gran Collar de la Orden de Piana para Menem, y condecoraciones menores para sí mismo y para su amigo Hugo Anzorreguy.Cacho ya volaba solo, y en 1995 abandonó el paraguas de Bauzá y se fue a trabajar con el vicepresidente Carlos Ruckauf.
Un hombre cuestionado
La designación de Esteban Caselli como embajador argentino ante el Vaticano, a principios de 1997, no alcanzó a ser traumática, pero hubo que transpirarla.El reemplazo de Quarraccino por Estanislao Karlic en el Episcopado le quitó interlocutores, y la aprobación en el Senado la consiguió con el quórum justo. En vísperas de la sesión, el radical Berhongaray recordó: "Caselli estuvo en Ezeiza con Hugo Francos, director de Migraciones, supervisando los embarques de armas", y el nombramiento para el cargo pareció vacilar, pero al final salió.El hombre a quien tenía que reemplazar, al fin y al cabo, no tenía una imagen impoluta: era Francisco Trusso, dueño del Banco de Crédito Provincial de La Plata, quien tenía que sobrellevar acusaciones por el manejo irregular de sesenta millones de pesos en créditos. El nombre de Trusso sonaba para encabezar la Oficina de Etica Pública, pero el proyecto se frustró.Amigo personal de Angelo Sodano y de otros cardenales de peso, como embajador, Caselli tuvo logros como ninguno de sus predecesores.El más notorio, seguramente, fue haber conseguido bajarle el tono a un discurso del Papa ante cuarenta obispos argentinos, en el que Juan Pablo II había denunciado la situación económica y moral del país. En un alarde de poder, Caselli consiguió que el Vaticano hiciera una addenda a lo dicho por el Papa, y el discurso quedó como que Juan Pablo II se había preocupado por el desempleo y la falta de equidad "en todos los países en vías de transformación".Fue, en algún sentido, una victoria a lo Pirro: a los obispos locales no les gustó la maniobra, ni otras que siguieron. "Una cuestión de estilo", dejaron deslizar.Miguel Hesayne fue el más duro, y sin nombrarlo dijo: "mezclar al Papa y las estructuras vaticanas en la política interna del país es indigno de quien se precie de cristiano".Esteban Caselli, el hombre que veranea en las costas del golfo de México, que en Buenos Aires vive en un piso de la avenida Alvear que antes fue de un brigadier, y que en octubre de 1997 reclamó a la Cancillería un refuerzo presupuestario de 150.000 dólares para alojar durante dos días al presidente Menem y su comitiva en Roma, ha decidido transitar la frontera entre el cielo y el infierno.Ha capeado otras tormentas. La de las armas, para él, acaba de empezar.
El piso de Alvear y Libertad
¿Cómo hizo Esteban Caselli, hijo de un vigilante de la Policía Federal, para tener un piso de casi doscientos metros en la avenida Alvear y Libertad? Tuvo un golpe de suerte.Su benefactor fue el comodoro Miguel Cardalda, un aviador pasado a retiro en 1945, a quien había conocido en una escribanía. La relación continuó a lo largo de los años, y cuando Cardalda y su esposa murieron sin haber tenido hijos, le dejaron sus propiedades a Esteban Caselli.Cacho, a quien en el edificio hasta entonces conocían como "el chofer del comodoro", de la noche a la mañana puso las cosas en su lugar, y exigió que empezaran a llamarlo "señor Caselli".
"Los que tengan dudas sobre cómo obtuve mi casa, que vayan a la DGI", suele decir





