
Las diferencias entre la opinión y el deseo
Por Eduardo Fidanza Para LA NACION
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Augusto Comte -el filósofo positivista que fundó la sociología- gustaba distinguir conceptualmente las opiniones de los deseos. Era la época en que, según los filósofos, las ciencias físicas y naturales debían servir de modelo para las nacientes disciplinas sociales.
Se pensaba -hoy nos parece una ingenuidad- que la ciencia política tenía que aspirar al rigor de la astronomía y que la sociología era la culminación moralista de una pirámide de ciencias en cuya base estaban las físicas y naturales.
Con esos supuestos, Comte creía que en política los diagnósticos fundados equivalían a las opiniones y debían ser blandidos por los especialistas. Los deseos, al contrario, eran el modo de expresión característico del pueblo iletrado.
* * *
Cuando surgieron y se conceptualizaron fenómenos como la "opinión pública" o la "ideología", las "opiniones" de Comte dejaron de ser monopolio de los expertos para convertirse en la moneda de cambio de la esfera pública.
La democratización del sistema educativo y el desarrollo de los medios de comunicación escritos resultaron fundamentales en esta transformación.
Sin embargo, "opinar" y "desear" mantuvieron cierta reminiscencia comteana. En efecto: para opinar en el mundo de hoy no es necesario ser un experto, pero hay que informarse, aunque esa información sea escueta; la opinión, además, debe ser verosímil.
El deseo, en cambio, mantiene su carácter indeterminado e insondable. Con el límite de la cordura, en una sociedad democrática nadie le niega a otro que desee lo que quiera. El deseo no está sometido a verificación.
Traslademos estas reflexiones al análisis del escenario electoral.
Los electores, que finalmente decidirán la suerte de los candidatos, tienen, además de dudas, opiniones y deseos.
En consonancia, los discursos de los postulantes y la publicidad política buscan, durante la campaña proselitista, despejar dudas, reforzar o cambiar opiniones y atizar deseos.
Un votante que posea una opinión favorable y fundada sobre un candidato y dirija su deseo hacia él es la meta de cualquier estrategia electoral exitosa. Los comandos de campaña mueren por capturar votantes con esos atributos.
Buscando aproximarse a estas percepciones, en el último sondeo de Poliarquía Consultores para LA NACION se solicitó a los entrevistados que: 1) manifestaran qué candidato, a su juicio, ganará las próximas elecciones, y 2) que expresaran cuál es el candidato que, más allá de la percepción del resultado, desean que gane.
Una vez más la Capital Federal y la provincia de Buenos Aires muestran perfiles distintos a la hora de analizar las opiniones y los deseos de los votantes.
Hasta cierto punto, en la provincia parece haber mayor congruencia entre opiniones y deseos que en la Capital. La gran mayoría de los bonaerenses, en efecto, afirma que ganará Cristina.
Leen los diarios, consultan los sondeos, ven la televisión, intercambian impresiones con otros ciudadanos y terminan ofreciendo una opinión verosímil acerca del resultado.
Aunque con menos contundencia, el diagnóstico que formulan coincide con su deseo. Es como si dijeran: va a ganar Cristina y queremos que gane.
* * *
En la ciudad de Buenos Aires no sucede así. Opiniones y deseos están en conflicto.
Ello puede explicarse como expresión del carácter volátil del votante porteño, al que le cuesta definir sus preferencias, o bien las cambia al ritmo de estímulos que lo saturan.
En medio de esa fluidez, un tercio de los entrevistados cree que ganará el candidato a de Pro, Mauricio Macri, mientras que sólo una quinta parte afirma lo mismo de la líder de ARI, Elisa Carrió.
Además, uno de cada cuatro porteños se muestra tan confundido como los analistas y los encuestadores: no sabe quién ganará.
La lógica del deseo es otra, sin embargo. Hay más votantes que quieren que gane Carrió y menos que desean el triunfo del presidente del club Boca Juniors.
En síntesis: el diagnóstico lo da ganador a Macri; el deseo, a Carrió.
Este fenómeno parece congruente con los valores que los votantes reconocen en cada uno de ellos.
Macri representa los atributos masculinos estereotipados: racionalidad, capacidad ejecutiva, eficiencia.
La imagen de Carrió, por el contrario, aparece asociada a los valores del corazón: se le atribuyen algunas cualidades características del eterno femenino: sensibilidad, calidez, confianza.
¿Quién prevalecerá en la puja entre opiniones y deseos? ¿Los que quieren que Lilita gane, efectivamente la votarán, o lo suyo es una expresión de "deseos"?
Y, al contrario: ¿Macri basará su suerte en la racionalidad o puede aspirar todavía a las razones del corazón?
En la época de la opinión pública ya no se puede sostener la distinción ingenua de Comte entre la opinión de los expertos y los deseos del pueblo.
No obstante, como sucede con los clásicos, su reflexión sigue provocando el pensamiento y conservando lozanía.
Opiniones y deseos, no se dude, serán clave para descifrar el enigma de la Capital el tercer domingo de octubre.
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