La única batalla cultural que le importa a Milei
Apunta a un cambio conceptual y estructural en torno a la matriz macroeconómica; las demás discusiones públicas se subordinan a ese objetivo de máxima
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De todas las batallas culturales que el mileísmo en el poder está dispuesto a dar, hay una sola que no está dispuesto a perder: la del cambio conceptual y estructural en torno a la matriz macroeconómica. El éxito económico de su plan de estabilización es el verdadero norte de la presidencia de Javier Milei. En función de ese objetivo se alinea la munición variada de las otras batallas culturales: los libertarios son gladiadores decididos a la hora de activar provocaciones que calienten el debate público en los temas que convienen a sus metas estratégicas. Entre esas batallas, está la que se libró ayer a raíz del Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia, que el video presidencial publicado por la Casa Rosada rebautizó con el agregado de “Completa”.
Pero en cuestiones macroeconómicas el Gobierno tiene otro funcionamiento: prefiere el monopolio de la verdad y el silenciamiento de cualquier disidencia. En ese tema, en lugar de abrir polémicas, Milei y su círculo hacen lo posible para cerrarlas con cerrojo. En el debate en torno al precio del dólar, la descalificación de Domingo Cavallo es el ejemplo canónico: Milei no dudó a la hora de sacrificar a uno de sus economistas más admirados. La decisión de despedir a su hija Sonia de la OEA fue más allá: una señal de la efectividad práctica a la que el Gobierno está dispuesto a llegar para frenar cualquier crítica al plan de estabilización.
En esa línea, detrás de la guerra cultural en la fase “tema: 24 de marzo”, se adivinan dos objetivos. Primero, el corrimiento del tema macroeconómico del centro de la conversación pública. Para contribuir al silenciamiento táctico en el tema que más le importa, el Gobierno llena la vida de ruido estratégico. Activa la calle virtual para, a su vez, agitar la calle real con las batallas menos costosas para su objetivo económico central.
No es todo cinismo táctico: el mileísmo busca construir con convencimiento un legado que desande consensos aceptados. Por ejemplo, la guerra antiwoke o la revisión de los 70. Pero el punto es cómo se dan esas batallas y en qué momento. A la plaza del Día de la Memoria ocupada por la oposición más dura, sobre todo kirchnerista, el Gobierno contraatacó con la ocupación del espacio público de redes sociales con el oficialismo más duro. Y esto es central: el Gobierno eligió a uno de sus soldados más extremos y polémicos, Agustín Laje, para dar esa batalla. Laje quedó en el centro de la cruzada oficial contra “el negocio del setentismo”.
En cambio, Victoria Villarruel, que construyó su identidad pública y política en torno al tema de la “memoria completa” y la reposición de las víctimas del terrorismo en la narrativa oficial, recién dio su postura a las 18.01, con un posteo en X. Hasta ese momento, la pregunta era: ¿dónde está Villarruel? ¿La demora en aparecer es una expresión de su no-lugar en el Gobierno?
Hay otra hipótesis: un desacuerdo en torno a la batalla por la legitimación de las Fuerzas Armadas y las fuerzas del orden y a su funcionalidad política. Ya el año pasado, Villarruel se opuso al proyecto de Bullrich para que las Fuerzas Armadas intervengan en el combate contra el narcotráfico: “La función de las Fuerzas Armadas no es combatir civiles. Creo que había quedado claro con el tema de los 70″. Un debate que refiere al decreto de Isabel Perón y la orden de “aniquilar el accionar de elementos subversivos”, mencionado ayer en el video de Laje.
Y luego de la marcha de jubilados que terminó con el fotógrafo Pablo Grillo herido de gravedad, Villarruel tomó distancia de Bullrich y de su respaldo acrítico al operativo. La vicepresidenta se solidarizó con los heridos, los que se dieron entre los manifestantes y “especialmente” los de las fuerzas federales. También, y es lo central, se despegó de la narrativa oficial de “golpe” contra el Gobierno: “Creo que es el ejercicio de la democracia, pero la violencia no es una herramienta para manifestarse”.
Laje les dio un mensaje a las fuerzas muy diferente: “Gracias por reprimir a estos salvajes. La próxima vez que un policía tenga que disparar con una bala de goma o un gas lacrimógeno, apunten bien. Queremos que a esta gente le duela”.
El protagonismo de Laje en el video del 24 no es casual: justo cuando el distrés local y el global empiezan a presionar sobre la gestión económica de Milei, el Gobierno se dedica a hacer recrudecer los focos de la guerra cultural. Una versión estratégica del “no dejes que el árbol te tape el bosque”: ahora, apuntar a varios árboles para distraer de un bosque que viene con “volatilidad”. Esa fue la palabra que eligió Milei en el discurso ante la Asamblea Legislativa.
Este 2025 es un año clave por dos tipos de razones. De un lado, las domésticas, con elecciones en medio de un cambio de régimen crítico del plan de estabilización mileísta y la gran duda en torno a la inflación en caso de un salto del dólar. Del otro lado, un orden mundial que cruje desde la asunción de Donald Trump.
El viceministro de Economía, José Luis Daza, mencionó ese punto en el Congreso cuando defendió un acuerdo con el FMI. Daza se refirió a “indicadores de tensión de mercados e índices de fragilidad”, sin mencionarlos puntualmente, pero dejó claro el panorama que muestran: “Esos índices están en los niveles más altos desde la pandemia, incluso algunos de esos, más altos. Ha habido todo tipo de shocks en la economía global”. Fuentes confirman que Daza se estaba refiriendo al “World Uncertainty Index” (WUI), el índice de incertidumbre del FMI, elaborado por los economistas Hites Ahir, investigador senior del FMI, Nicholas Bloom, profesor de economía en Stanford y Davide Furceri, del Departamento de Asuntos Fiscales del FMI, y publicado en 2022 por el National Bureau of Economic Research.
El índice reconstruye los niveles de incertidumbre desde 1952, de manera trimestral, y por primera vez, para una panel de 143 países. Tienen en cuenta la frecuencia de aparición de la palabra “incertidumbre” o sinónimos que surgen de hacer minería de textos en los reportes por país de la Economist Intelligence Unit. Desde la asunción de Trump, el WUI muestra un pico que se acerca al que alcanzó en 2020 con la pandemia y que presiona sobre la Argentina.
El segundo efecto del 24 de marzo “completo” y oficialista lanzado por el Gobierno es el fortalecimiento de la polarización: con encuestas que muestran una supervivencia electoral del kirchnerismo en la provincia de Buenos Aires, reponer la identidad antikirchnerista suma a la posibilidad del triunfo de Milei, y entonces también al fortalecimiento del rumbo económico. Hace años que gran parte de la mayoría antikirchnerista que le dio el triunfo a Milei en el balotaje rechaza la apropiación de la causa de los derechos humanos y la tergiversación de los 70 por parte del kirchnerismo.
El video de Laje se intenta colar en ese rechazo. Retoma cuestionamientos históricos y transversales a la manipulación kirchnerista: la romantización acrítica de la lucha armada, la instrumentalización política y delictiva de los derechos humanos, el borramiento de las responsabilidades del peronismo en el devenir de los 70, su rol esquivo en el Juicio a las Juntas e, inclusive, la cifra de desaparecidos y el borramiento de las víctimas del terrorismo.
Intelectuales irreprochables de la Argentina vienen dando ese debate desde hace décadas con honestidad. La voluntad hegemónica del kirchnerismo demonizó esa posibilidad.
Pero el Gobierno, de la mano de Laje, termina produciendo una nueva manipulación. Relativiza la gravedad del golpe de 1976 y lo plantea como un mero efecto del desgobierno peronista; minimiza el salto de escala cualitativa y cuantitativa que representó la dictadura y lo reduce a una “intensificación” de lo que venía sucediendo; excluye el carácter sistemático del plan de desaparición y muerte de civiles; nunca menciona el consenso alfonsinista que llevó a juzgar tanto a militares como a guerrilleros, y, finalmente, desresponsabiliza a Menem, que indultó a unos y a otros. Entre otros sesgos que atraviesan la reconstrucción oficial.
Hasta el momento, la reconstrucción de los 70 más cercana a la verdad histórica, con atribución de responsabilidades de todas las partes, se llevó adelante en el gobierno de Alfonsín, tan vapuleado por Milei y los libertarios: la Argentina democrática no volvió a la vida con una teoría del “demonio único”, como plantea Laje. De hecho, cita como fuentes documentos del Juicio a las Juntas y del Nunca Más en favor de algunas de las posiciones que defiende, como la responsabilidad de las organizaciones guerrilleras. Pero de la justicia alfonsinista, ni una palabra en el documental oficialista. La verdad sigue incompleta. Y la Argentina, otra vez, con todo su pasado por delante.

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