
El senador que es una de las leyendas vivientes del peronismo
En las últimas semanas se transformó en uno de los disparadores de la crisis más severa en la historia del Congreso.
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Tenía trece años y le gustaba jugar al fútbol. Pero cuando se enteró, el 23 de julio de 1935, de que habían asesinado al senador Enzo Bordabehere fue al Congreso para ver el velatorio, en pantalones cortos. Fue su primer contacto con la política y la imagen se conserva intacta en su memoria.
Antonio Cafiero no imaginaba en su adolescencia que 65 años después iba a estar en el mismo lugar, sobre el final de una vasta carrera política construida en el peronismo, como un disparador del escándalo institucional más grave desde 1983.
Después de la histórica sesión en la que el Senado debatió las sospechas sobre el supuesto pago de sobornos para aprobar la reforma laboral, Cafiero gritaba solo, con su tono agudo de voz, que él tenía certezas pero ninguna prueba de las coimas.
El diputado frepasista Juan Pablo Cafiero, uno de sus diez hijos, le reclamó después: "Viejo, ¿otra vez en el ojo de la tormenta?" El veterano dirigente, que el 12 del mes próximo cumplirá 78 años, le contestó: "Seguiré esquivando los golpes, como gato entre la leña. Un político nunca muere, a menos que lo fusilen". Esta frase y muchas otras guiaron su carrera política. Su maestro fue Juan Domingo Perón, a quien conoció poco antes de que el militar fuera presidente. Cafiero era estudiante de la Facultad de Ciencias Económicas y fue a verlo con una delegación de compañeros.
En el barrio porteño de San Cristóbal, José y Juana Cafiero, inmigrantes italianos de clase media, criaron a sus tres hijos. Sólo uno, Antonio, se dedicó a la política y obtuvo títulos universitarios: se recibió de contador en la Universidad de Buenos Aires, en 1944, y de doctor en Ciencias Económicas, en 1948.
José era un frutero del Abasto y Juana tenía un conservatorio musical; les costaba llegar a fin de mes. Antonio era un pibe de barrio que se jactaba de salir con el diariero de la esquina a vender, subía al carro del lechero y adoraba jugar al fútbol.
Fue un alumno regular durante la primaria, que cursó en la escuela General Artigas, y no le fue tan bien en la Escuela Comercial Hipólito Vieytes. Lo expulsaron por mala conducta y su madre se las ingenió para que lo reincorporaran. Al final, logró que su hijo se recibiera de perito mercantil. Se portaba mejor.
Después del colegio, siempre iba a ayudar a su padre al quiosco de venta de frutas en pleno centro de La Boca, cuando había un transbordador que cruzaba de la provincia a la Capital. El adolescente gritaba: "Mandarina, 20 centavos el kilo; uva, 15 centavos..."
En medio de los estudios y la venta de frutas comenzó a leer los primeros clásicos, como Salgari y Dumas. Cambiaba libros por fruta picada a un anciano llamado Palumbo, un librero famoso de la avenida Corrientes.
A los dieciocho años conoció a la mujer de su vida, Ana Goitía, con la que se casó ocho años después, y tuvo 10 hijos. Su muerte, en 1994, fue un duro golpe; ella era su sostén.
El embrión justicialista
El comienzo de la carrera universitaria le despertó también la pasión política: fundó la Asociación de Estudiantes de Ciencias Económicas con la llegada de la revolución de junio de 1943 y se convirtió en un dirigente universitario que llegó a los oídos de un general que quería arribar al poder. Dos años después, Perón era presidente, y él, con 22 años, fue nombrado subsecretario de Hacienda; ni siquiera se había recibido y tuvo la primera entrevista con el general.
Cafiero no perteneció nunca al círculo íntimo de Perón, pero tuvo una estrecha relación con él y con Eva Duarte. Es el único justicialista vivo que puede ufanarse de haber sido dos veces ministro de Perón.
Antes de ser ministro, fue consejero financiero en Washington. Cuando le ofrecieron el cargo tuvo la opción de ir a Londres. "Para un pibe de 24 años era como elegir entre Venus y Marte", recuerda. A algunos funcionarios les molestaba la juventud de Cafierito, como lo llamaba Perón.
Cafiero tenía la misión de recorrer las universidades de América latina para organizar un congreso de estudiantes antiimperialistas . Le dijeron que tuviera cuidado en Cuba, porque había un "tipo de barbita que era comunista". La foto con Fidel Castro es una de las que adornan su despacho.
"Mire, Cafiero, yo voy a cambiar mi gabinete económico, usted es un muchacho muy bueno y quiero gente joven, así que le ofrezco ser ministro de Comercio Exterior. ¿Cuántos años tiene?", le dijo Perón en 1951. Cafiero no dio vueltas y acusó 28 años. "Ah, usted no muestra la libreta de enrolamiento a nadie. Vaya y jure", retrucó el general, y su joven funcionario soltó una carcajada. No había ninguna norma que lo limitara por ser joven.
Un día de verano, Cafiero entró en el despacho presidencial con un proyecto para comercializar granos mediante cooperativas. Explicó los detalles durante un largo rato. "Está muy bien", le dijo Perón. El "ministro lactante" -como también le decía- se iba contento, pero antes de abrir la puerta, Perón agregó: "Igual, siempre tenga lista la marcha atrás".
Esa enseñanza también fue clave en la vida política del actual senador. Varias veces frenó y cambió de rumbo: fue hombre de confianza de Augusto Timoteo Vandor; amigo del sacerdote tercermundista Carlos Mugica; estuvo dos veces preso; encabezó la renovación peronista; Carlos Menem le arrebató la candidatura presidencial del PJ; se distanció del menemismo, se alió con Eduardo Duhalde; volvió con Menem, y siempre quiso encarnar la unidad del PJ. No lo consiguió.
La mayoría de sus pares del bloque del PJ cree que ahora pondrá marcha atrás y no dirá todo lo que sabe.
Hay dos leyendas sobre Cafiero que él siempre niega y a sus detractores les encanta destacar. "Cafierito es bueno, pero tiene un problema: se queda con los vueltos", es una frase atribuida a Perón. El senador le ganó un juicio por calumnias e injurias a Alberto Samid,que la repitió por televisión.
La otra se la recordó el ministro de Trabajo, Alberto Flamarique, en la sesión por el escándalo: que se había robado un piano cuando fue interventor federal en Mendoza, en 1975. Cafiero dice que fue "lo más risueño" que escuchó en su vida; Flamarique dijo que en Mendoza saben hasta el nombre de la empresa que trasladó el piano.
La cárcel y la renovación
Con la Revolución Libertadora, en 1955, Cafiero quedó detenido. Un día lo llevaron de Caseros a la Alcaidía de Tribunales para declarar. En la "leonera", lugar donde esperaban los presos para ver al juez, había delincuentes de todo tipo.
El más "pesado" de ellos le preguntó a Cafiero: "¿Y a vos por qué te agarraron?" "Soy preso político", contestó el ex ministro de Perón, y el delincuente le escupió en la cara. Con sus 77 años, el dirigente del PJ cree hoy que hay políticos peores que ese hombre que lo despreció.
Cuando lo liberaron, visitó a Perón en el exilio. Regresó a la función pública en 1973, cuando ocupó varios cargos. Fue uno de los organizadores del operativo retorno de Perón y volvió a ser su ministro. Después de la muerte del ex presidente, y durante la presidencia de Isabel Perón, fue nombrado embajador ante la Santa Sede.
La dictadura militar de 1976 y la preocupación porque dos de sus hijos (Mario y Juan Pablo) militaban en la JP lo obligaron a volver al país, sabiendo que iba a quedar preso. "Cambié las alfombras del Vaticano por el buque 33 Orientales (donde también estaba Menem). Lo hice más por vergüenza que por miedo", recuerda.
Restablecida la democracia, en el 83, volvió a la política. Fue elegido diputado en comicios que ganó por fuera del PJ; lo habían expulsado del partido con Eduardo Duhalde por enfrentar a Herminio Iglesias.
Lideró la renovación peronista, fue gobernador bonaerense en 1987, respaldó a Raúl Alfonsín en la Semana Santa de ese año e intentó ser candidato a presidente en 1988. Y volvió a perder. Menem, el caudillo riojano, que no tenía apoyo del partido, lo dejó fuera de carrera.
Cafiero llegó al Senado en 1992. Este veterano dirigente se define como un peronista "a secas". Hace más de 30 años que vive en una casona de San Isidro. Se levanta siempre a las 7, sale a caminar, come liviano en su casa y duerme la siesta, sin falta. Va al Senado, a los actos y a las fiestas a las que lo invitan.
No se pierde los partidos de Boca. Va a su palco en la Bombonera sin gorros ni banderas, pero es fanático. Ama el tango. Los domingos lo visitan sus nietos: "Tengo 33 y 1/3; lo mejor del día es cuando se van", dice.
Esa frase, como tantas, forma parte de las anécdotas clásicas de Cafiero. Tiene buena memoria, recuerda cada fecha importante en su carrera.
En poco tiempo publicará un libro sobre sus diálogos con Eva Perón y promete escribir su autobiografía. Y, por primera vez, no sabe cuál será su nuevo desafío electoral cuando deje el Senado, el año próximo.
Siempre festejó sus cumpleaños a lo grande. Este año no quiere. No es por la cantidad de velas que tendrá la torta. Está golpeado.





