
Madre seguirá aprendiendo
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Empecemos por el comienzo.
Madre separada hace 2 años. Están por cumplirse 2 años del día de su separación.
Madre conociendo a un hombre nuevo. Madre volviendo a enamorarse de otro que no es el padre. El padre de sus hijas. Es padre de otra (de Matilda. Matilda es la hija de Camilo).
Madre enfrentándose a una seguidilla, a un tumulto de situaciones-nuevas. Situaciones-enigmas, situaciones-problemas, situaciones-desafíos... saben a qué me refiero.
Madre tramitando, por primera vez, algo que le corresponde. Una semana para ella. Una semana en la que poder descansar. Sin trabajar (sin leer ni escribir en el sentido más estricto) ni estar atendiendo el sinfín de pedidos de sus hijas.
Madre yéndose...
Volviendo y yéndose, yéndose y volviendo.
Una semana o menos a Tigre. Sin artículo. Tigre a secas (Chisme: ¿Cómo se llama mi gato? Bueh, mi gato, ese sinvergüenza que agarré de la calle y me hace las mil y una. Sí, Tigre. ¿Y cómo se llama el gato de Camilo? Gato de alrededor 10 años. ¡Tigre! Los únicos 2 Tigres-gatos que conocí en mi vida se encontraron... O casi).
Madre y él. Él y yo. Juntos. ¿Juntos?
¿Por qué dudo? No lo sé, pero todavía dudo.
Es una época signada por un signo de interrogación. ¿Es o no es? ¿Será por aquí o por allá? He pregonado hasta el hartazgo la importancia de estar anclado a la pelota que nos sostiene (léase, a la Tierra) y vivir de un modo presente, y sin embargo, me fugo. O me anticipo. Me anticipo en el tiempo. Necesito hacerlo. Lo hago.
Madre y él sorteando los charcos del primer traslado.
Madre sintiendo el agua colarse por arriba de las botas. Madre dejándose envolver, cada vez más, por el contexto.
Madre apuntándose frases en su cuaderno:
"El contexto se hace texto".
"Grillos marcando el pulso".

Madre y él, él y ella, ambos, preparándose para varias noches sin luz, sin luz eléctrica, iluminados por un tímido farol de noche, un farol que fue agonizando con el correr de los días, de las noches, a medida que la confianza crecía.
Lo primero que rescato de Tigre, y ahora ya me animo a hablar de manera más directa (iré alternando la tercera persona con la primera), lo primero que subrayo es la comodidad y fluidez que se dio en la convivencia. En el con-vivir. En el vivir con el otro.
Compartir mañanas, desayunos, almuerzos, meriendas, cenas. Compartir orden, limpieza, ruidos, música, silencios... entiendo que fueron pocos días en un contexto de por sí fácil, sin presiones laborales, pero me parece importante reconocer que eso funcionó.
Ella y él, él y ella, muy juntos en una primera noche. Haciéndose, haciéndonos una promesa secreta. Un ritual de encuentro que prefiero obviar, por ser "secreto".
Ella y él escribiendo en un cuaderno lo que deseaban para sus respectivas vidas. Nos acordamos del "perdonate a vos misma" que se decía Margaret Ford, la protagonista de una película que habíamos visto días atrás (Casa de Juegos, de David Mamet) y entonces escribí, escribimos:
Me perdono, te perdono, me perdonás, nos perdonamos.
Nos los dijimos. Hubo un decir desnudo. Ningún maquillaje discursivo. Palabras esenciales desbordando sentido.
Madre y él haciendo especulaciones en torno al bicho del techo. No un bicho, más bien un animal parece haberse metido en algún rincón del techo de la casa y por las noches se escucha una vida paralela, vecina... que atemoriza en un primer momento, ya después da risa. Da letra. De hecho, propuse crear un mito. Un cuento. "El enano del techo". Un enano o un duende cuya presencia bendiga a quien lo sienta. Voy a escribirles el cuento a hijas y a Matilda.
Madre amaneciendo. Amaneciendo su cuerpo. Desperezándose. Literal y metafóricamente. En Tigre volví a bailar. Creo que la circunstancia del primer día dio un empujón. Había llovido el día anterior, el río había crecido más de un metro, la casa era una isla dentro de la isla. Estaba acorralada, presa, rodeada, obligada a una cita pendiente conmigo, con el movimiento. Madre entrando en trance, deberían verla. Algunas podrían asustarse, ni siquiera necesita música, empieza a respirar por la nariz, empieza a moverse de manera sutil, consciente... y de a poco, sin darse cuenta, se pierde, se enciende... se halla, se expande, se alivia (sin querer escribí "se Alicia". ¡Se Alicia y se maravilla!).

Madre y él, ella y él, ellos, sí, ya no había una "y" entre ellos, eran ellos cuando él le propuso empezar a leer juntos. Leer juntos. El había decidido la novela. Niebla de Unamuno. Ella aceptó y ocupó su lugar receptivo en el juego. El leía, él le leía, ella lo escuchaba... Ni recuerdo la última vez que alguien me leyó. ¿Alguna vez alguien me leyó un cuento? ¿Alguna vez mis padres me leyeron un cuento? Creo que mi padre me leyó la Biblia. O la leeríamos juntos, como ahora nosotros, o como ahora él a mí, a ella. Perdonen la asociación paternal, no pude evitarla... y no sé si fue por ésta, pero que él me leyera las desventuras y la brillantez de pensamientos de Augusto, protagonista, me hizo sentir amada.
Ella y él jugando. ¡Jugando al truco! Jugando a un juego primo hermano o medio hermano del Backgammon. Ella y él, ellos, riendo. Madre perdiendo todos los juegos. El ganándolos. Ella sintiéndose por segundos como cuando era una chica y perdía en el "culo sucio". Madre sin ánimo de lucidez, jugando más allá del juego, jugando el rol, el momento.
Madre quedándose sin un elemento fundamental para su higiene femenina. Toallitas. Caminando hasta encontrar un almacén, una casa con un cartel que decía "almacén" y era lo menos parecido a un almacén que había visto en su vida. Y las personas que me atendieron, lo menos parecido a personas trabajando en un comercio. Madre interesándose por la historia de vida del hombre que la atendía. Un piloto de American Airlines. Retirado. Que decía haber hecho el último vuelo y haberse venido directo a la isla para, después de quemar su uniforme, quedarse ahí, sedentario, engordando no sé cuántos kilos, según dijo. ¿Atendiendo? Charlando, necesitando dar charla. Prometiendo traer, ir a buscar esas toallitas y tenerlas a la tarde, o al día siguiente y así. Y no cumplir jamás con lo prometido.
Ella y él, ellos, ambos, semi adoptando un gatito. Un gatito que vive al lado pero que se había instalado en nuestro radio. Un gatito que, ni bien nos distrajimos, se metió en la casa y se afanó el asado de la noche anterior (cocinado en parrilla con asador con agua llegándole a las rodillas, única manera de cocinar algo). Aun así, se ganó nuestro amor. Dijimos de recibirlo, de darle de comer, de llamarlo de alguna manera. "Que el nombre lo elijan las nenas", dijo él. Madre proponiendo "Botas", él "Mandarina", "Tigrecito" sería una tercera opción, "mejor que ellas elijan".


Madre escapándose a la rampa mientras él dormía o quemaba ramas. Esa fue una de mis mejores escenas en soledad. Allí, lavando algunos cacharritos en agua de río, viendo la gente pasear por el canal, en sus canoas, en sus botes, sonriendo, saludando, más/menos concentrados en un desarrollo verbal, más/menos atentos al contexto... vacacionando.
Me dio gracia esa postal. Tenía los pelos parados, más de 50 ronchas en las piernas (tuve una extraña reacción alérgica a las picaduras), el corpiño de mi ropa interior, me sentía sucia, estaba sucia, no me había podido bañar los últimos días por falta de agua... Y por un momento imaginé qué distinta era esa foto de las fotos típicas de disfrute veraniego... y sin embargo me sentía desbordando belleza, habitando belleza, respirándola.
Madre contenta. Ambos contentos.
El desafío fue la vuelta.
El desafío es la vuelta.
Madre es madre, además de mujer. Madre extraña y necesita estar con sus nenas. Debe hacerlo. Y volver al ruedo del trabajo y dejar esa convivencia para estar con el otro sólo cuando lo permitan las pausas. Coordinar esos encuentros, tramitar la distancia, los llamados por teléfono.
Llamados que alimentan desencuentros, pequeños quizás, pero desencuentros al fin y al cabo.
Madre está empecinada en escribir una gran historia de amor. Madre no quiere resignarse a menos que eso. Madre no tolera las pelusas, las interferencias.
Madre santa. Madre mía.
Me río de mí misma. Estoy transitando una bipolaridad afectiva. Dirán qué soy tonta. ¡Si hay amor! Pero también hay miedo. Y hay juegos que se juegan y otros, no tanto. No terminan de jugarse. De a ratos me veo con frases como: "no quiero una historia de amor tibia". ¿Qué será una gran historia de amor? ¡Como si yo supiera!
Madre está enamorada del amor y quiere dar con el hombre de su vida.
Madre no quiere volver a pasar por una separación. A madre todavía le duelen las heridas que le dejó su anterior historia, con el padre de sus hijas. Madre se asusta fácil, madre quiere todo o nada, madre, madre, madre...
(Y no supe cómo terminar el texto. Improvisé varios finales, así como había improvisado varios comienzos. Pero al momento de decidir, de tomar una decisión, no lo hago, no puedo... me trabo. Qué sé yo... Madre no sabe. Madre seguirá aprendiendo).
¿Alguna vivió o vive una situación que se le parezca?

MADRE: sí, lo sé. Soy también mujer. Y ante todo ser humano. ¡Ser! ¡Soy! Pero preferí quedarme con "madre" siendo que es un texto para este espacio.
PD: Como siempre, para contactarse por privado, me encuentran en FB ¡Muy buen fin de semana!





