
Vidas sobreactuadas
Por Orlando Barone
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SE le está diciendo "sobreactuado" a todo aquello que se excede en histrionismo. Aunque el histrionismo es una bufonada o una farsa. El Papa acaba de acotar la antigua sobreactuación del Paraíso, el Purgatorio y el Infierno quitándoles toda pomposidad y truculencia escenográficas. Ya no más edenes floridos, grutas en llamas e incómodas antesalas de purificación. Todo eso es más simple: los llevamos adentro, con nosotros.
Aunque, tal vez ingenuamente, acaban de sepultarse en la Luna las cenizas de Eugene Shoemaker, un científico de la NASA, acaso pensando que todavía existía la promesa del cielo. Pero no deja de ser una lástima que tantos individuos que se merecerían aquel ardiente infierno al spiedo se sientan aliviados porque sólo deberán temer al remordimiento. Y como no lo tienen, se salvan.
La televisión es en sí misma "sobreactuada". Cuanto allí pasa, la verdad o la mentira, la sustancia o la nada, se convierten en cosas ajenas a la condición humana. Por la televisión no pasa la vida sino su sobreactuación.
Un día, al terminarse un bloque e ir a retocarles el maquillaje, van a encontrarse con que algunas de las estrellas de rating de tantos años ya no existen: son virtuales. Ni ellas mismas podrán darse cuenta y seguirán creyéndose que siguen siendo.
Hay actores que sobreactúan su propia sobreactuación. También hay caras transmutadas que tienen sucesivas capas de sobreactuaciones quirúrgicas y han dejado tan lejos la cara original que no tienen pasado. Tampoco futuro: ya que nunca podrán saber cómo son, ahora, cuando son viejas.
Los labios de ciertas estrellas de la televisión, cuyos nombres cualquiera tiene en la punta de la lengua, de tanto sobreactuar como labios parecen riñones o bocas de pescado. Ya hay labios tan grandes que ocultan las caras que los llevan y que amenazan con comérselas. Un travesti es una mujer sobreactuada; una vedette es todavía más: es una sobreactuación del cuerpo, sobrehumana. Hay pechos de mujer tan sobreactuados que ni Fellini los hubiera escogido para dar una imagen artificiosa porque ya ni siquiera parecen artificiales. En el lenguaje teatral la sobreactuación es considerada una afectación o una farsa. Los dibujos de Walt Disney sobreactúan; también sobreactúan los efectos especiales, y la llegada del milenio. Y últimamente los velorios. Las cámaras los excitan: propagan el llanto. Caricaturizan a los deudos. El mundo está sobreactuado. Bill Gates es la sobreactuación de la riqueza. Es tan exagerado que de tan rico ha pasado a tener que donarlo todo. Si se cumpliera ese propósito ya alguien, sobreactuando su gesto, propondría santificarlo. El caso del cuadro de Van Gogh desaparecido en Japón es una sobreactuación de la propiedad privada. El cruento bombardeo de la OTAN en Kosovo fue la paz sobreactuada.
Los ladrones, asaltantes y asesinos locales se han abonado a la deformación actoral y sobreactúan su violencia. Están exagerando. De tanto que sobreactúan parecen falsos. Hay momentos en que ya no se les cree y se piensa que si volvieran a actuar como ladrones auténticos, volverían a tener hasta su público. Algunos políticos para no ser menos que aquéllos sobreactúan la represalia. Para Ruckauf, a los ladrones hay que entrar a meterles bala. Después de aquella milenaria crucifixión del ladrón Barrabás, nunca hasta ahora se había condenado a muerte a un ladrón en un país civilizado. Los sobreactuados vengadores policíacos que incitan a armarse a los civiles recuerdan aquella frase del monólogo de Macbeth: "El cuento de un idiota, lleno de sonido y de furia, sin significado". El riesgo de sobreactuar la civilización es que ésta retroceda a la barbarie.
Si la civilización pusiera tanta sobreactuación para que no haya injusticia, los pobres serían clase media. La sobreactuación de los pobres es la única justificada. Son pobres, Feos, sucios y malos según el adecuado título de aquella película italiana dirigida por Ettore Scola, y no hay forma de que reduzcan su histrionismo porque cada vez son más pobres. Los ricos que sobreactúan su riqueza -y durante la última década hubo muchos- son a su vez los únicos que logran que el artificio de la sobreactuación sea coherente. Y sincero. El presidente de la Nación sigue sin contener su ego y sobreactúa la idea de un museo alusivo a él mismo, en Anillaco. Su error acaso resida en la idea sobreactuada de que ser presidente es el máximo destino de una persona. Es confundir el escalafón democrático con el insuperable escalafón del talento o del genio. Es inimaginable un paquete turístico vendido en los países nórdicos o en Yakarta, en el que se incluya la propuesta de ir a ver corbatas y pañuelos en composé, palos de golf, picaduras de avispas momificadas, la lapicera que firmó los decretos de necesidad y de urgencia, y el bisoñé de un ex presidente argentino, a un pueblecito del desierto que tiene un aeropuerto aceitunero.
El desbarranque de Duhalde ha probado que su candidatura natural había sido sobreactuada. Su problema no es la leyenda maldita de que un gobernador de Buenos Aires nunca puede ser presidente. El problema es que su sobreactuación osciló entre varios géneros y guiones y los espectadores ya no saben si lo que veían era drama, comedia o tragedia, si el autor había sido el asesor norteamericano o el mismo que le escribe los libretos a Fidel Castro, o era un entremés inconstante de autor anónimo, que delataba el manierismo de una interpretación que en su afán de atraer al público empezó a sonar tan demagógica como falsa.
La política argentina, que en sucesivos ciclos lingüísticos sobreactuó las palabras "consensuar", "exclusión" y "transparencia", se la agarró ahora con el término "sobreactuar". Si hay algo que no puede sobreactuar es la originalidad, porque nadie la encuentra.
Volvamos a la actuación natural. Averroes decía que en ella no hay nada superfluo. No conocía la naturaleza argentina.
Se celebra el día del niño: pero hasta ellos son hoy sobreactuados. Se cansaron de los juguetes, ahora juegan en serio. Sus juguetes son los adultos.





