
Una opción entre Sartre y Maquiavelo
Mientras estaba conversando con José Luis Machinea, el jueves por la noche, me vino a la mente un cuento de Jean-Paul Sartre que había leído hace tiempo. Su título es El engranaje. Sartre imagina al presidente de un país árabe al cual la oposición acusa de connivencia con las empresas internacionales que explotan las abundantes reservas petroleras del país. Un día, estalla la revolución. Al Palacio de Gobierno entra un general que condena al régimen caído por corrupto y promete confrontar a los consorcios petroleros. Esa tarde, el nuevo presidente recibe a los delegados de las empresas internacionales. Le hacen ver que la realidad no es como él la imaginaba y empieza la negociación. Desde afuera, un fogoso coronel denuncia la claudicación del general y una mañana, finalmente, lo derroca. Pero esa tarde, el coronel triunfante recibe a los delegados de las empresas. Le dicen lo que no deseaba escuchar y empieza, otra vez, la negociación. Hasta que, desde afuera, un romántico capitán...
Es el engranaje. Cada uno a su turno, los recién llegados al gobierno quedan entrampados en la situación que denunciaban mientras, en las calles, cunde el desencanto y se desplaza la esperanza hacia algún otro salvador. Pero ningún gobernante escapará al engranaje. Es vana la esperanza popular.
Machinea me recordaba este relato porque también la oposición a Menem había denunciado el manejo arbitrario de las cuentas públicas que obligó a Roque Fernández a diseñar nuevos impuestos para financiar la ineficacia y la corrupción burocrática. En su campaña la oposición prometió al pueblo y se prometió a sí misma que una recaudación más eficaz, una austeridad en los gastos y un empleo más honesto de los recursos públicos permitiría atender a las graves asignaturas sociales pendientes y arribar además a la soñada orilla de una rebaja gradual de los impuestos.
Pero nada de esto ocurrió en las primeras declaraciones de Machinea. Al contrario, los impuestos serán aumentados de nuevo y recaerán, como siempre, en los contribuyentes cumplidores, alimentando aún más su irritación porque, al pagar, estarán financiando otra vez el desparpajo de los evasores, de esos polizones de la nave del Estado que reciben sus servicios sin dar nada a cambio, beneficiándose injustamente con el creciente esfuerzo de los pasajeros responsables.
De la Rúa y Machinea, ¿son más de lo mismo, entonces? ¿Ha vuelto a rodar el engranaje?
El mal y el bien
El viernes por la mañana, cuando el nuevo presidente empezó a leer su mensaje ante un Congreso colmado, flotaba todavía en el ambiente el ánimo festivo de las grandes celebraciones. Pero no bien De la Rúa pronunció sus primeras frases, las caras de los asistentes se alargaron. Es que les estaba diciendo a ellos y al país, con voz grave y gesto adusto, lo mal que estaban las cuentas fiscales. Corroborando lo que había anticipado Machinea, les estaba anunciando un alza de impuestos.
A mi mente vino en ese momento un pasaje de El Príncipe de Maquiavelo. El mal, escribió el florentino, hay que hacerlo todo de golpe. El bien, en cambio, hay que hacerlo de a poquito.
Es evidente que el "bien" fiscal que espera el nuevo Gobierno, esto es la caída de la evasión y el manejo más ético y prolijo de los recursos disponibles, no puede lograrse en un día. Lo que hay, lo que se recibe, es por lo pronto un déficit insostenible no sólo porque se acaba de aprobar una nueva ley de "convertibilidad fiscal" que obliga a ir reduciéndolo a medida que pase el tiempo, sino también porque la capacidad de endeudamiento del país está agotada. ¿Qué hacen entonces De la Rúa y Machinea? Todo el mal de golpe. De entrada el anuncio de que se avecina un "mal impositivo".
Una vez que el flamante gobierno concrete este anuncio sobre las sufridas espaldas de los contribuyentes cumplidores, ¿vendrá el bien de a poquito? ¿Veremos preso a algún evasor? ¿Caerá consistentemente el despilfarro? ¿Reinarán la austeridad y el consiguiente descenso del gasto público? ¿Empezarán a sobrar los recursos? ¿Bajarán los impuestos? A resultas de ello, ¿disminuirá el riesgo-país, ingresarán más capitales y se reducirán las tasas de interés, reactivándose por consiguiente la economía? Aquí, en la respuesta a estas preguntas, acechan el éxito o el fracaso de la administración De la Rúa. Aquí lo esperan su futuro y el nuestro.
Según pasen los meses
El peligro del engranaje es que el nuevo gobierno, dejándose atrapar por él, termine por perder de vista el horizonte final que lo animaba. La única manera de evitar este destino es desdoblar la mente en dos perspectivas. Una, la inmediata y urgente, es inevitablemente "mala". La otra apunta a un tiempo ulterior. En tanto se atiende con resignación a la primera, hay que preparar con diligencia el advenimiento de la segunda. Si la primera absorbe al nuevo gobierno, el corto plazo terminará por devorarse al mediano plazo.
En la medida que trascienda el "mal" de estos tiempos iniciales, la administración De la Rúa podrá acceder al bien que anunció. Aunque sea un bien que se logre y se distribuya de a poquito.
¿Cuándo podría darse esta salida? Un tiempo lógico para esperarla es hacia septiembre del 2000, cuando el nuevo gobierno envíe al Congreso el primer presupuesto que será enteramente suyo. Si de aquí a unos nueve meses recauda y gasta mejor, culminará felizmente el ciclo de su primer embarazo. Cuando así lo veamos el dúo De la Rúa-Machinea, con el formidable apoyo de la legión de economistas que los acompaña, invertirán el clima de desasosiego que acompaña a su inauguración. Las caras ya no serán tan largas. Se esbozará, a lo mejor, una sonrisa.
Hay dos claves disponibles para atreverse a ello. Una, el control despiadado del gasto público y el castigo inmediato de cualquier conato de corrupción. La otra, una batalla sin cuartel contra la evasión.
Por eso no debe asombrarnos que tanto Machinea como el nuevo jefe de gabinete, Rodolfo Terragno, hayan dedicado tanta atención a la situación del ex titular de la Administración Federal de Ingresos Públicos Carlos Silvani. Nadie niega que el funcionario es un recaudador de reconocido nivel. El problema era que había fracasado.
Pero el cargo que ocupaba Silvani no es sólo crucial. Es, además, extraordinariamente difícil de llenar. Sólo Carlos Tacchi pudo en su momento darle un aura mística a la ingrata tarea de recaudar. Es que, en esta Argentina que quiere ordenarse, no hay tarea más importante ni más difícil que la revolución de la recaudación.
Aquí nos espera la ominosa curva de Lafer, de acuerdo con la cual si las tasas impositivas pasan de determinado nivel, baja en vez de subir la recaudación por cuanto las altas tasas incitan a la evasión. Un IVA del 10 por ciento no sería solamente más justo sino también más fácil de recaudar porque no incitaría a evadirlo. Pero la tasa es alta porque se recauda poco. Y se recauda poco porque la tasa es alta.
Imaginativos y audaces, Cavallo y De la Sota han propuesto empezar por tasas más bajas para recaudar más. Prudente y cauteloso, Machinea espera recaudar más para, sólo después, bajar las tasas. Esto no es imposible con una condición. Que resucite Tacchi. ¿Cómo? En cabeza de un cruzado capaz de reiniciar su obra. ¿Dónde está este funcionario providencial? Encontrarlo es la tarea más angustiosa del nuevo gobierno.






