
Un recorrido por los fortines
La expedición de Félix de Azara por Buenos Aires, a fines del siglo XVIII
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La idea fue de don Pedro Melo de Portugal, uno de los dos únicos virreyes que, finalmente, quedaron con su tumba en Buenos Aires. Melo -que era tan lúdico como religioso- dispuso un reconocimiento por la dispersa y cercana frontera fragmentada, pero a un paso de la aldeana capital del Virreinato del Río de la Plata. Más que un paseo -hoy vertiginoso y de fin de semana para quienes desandan las autopistas del damero interurbano con objetivos placenteros- se trató de toda una ceremoniosa expedición encabezada por el entonces capitán de navío de la Armada Real Félix de Azara, al que, a los 50 años, se lo reputaba como un diestro jinete indiferente a las incomodidades de la llanura salvaje.
Es que la tarea debía ser cumplida sobre carruajes y caballadas durante un largo mes que arrancó el jueves 17 de marzo y concluyó el domingo 24 de abril de 1796, a pesar de que apenas merodeó por la geografía cercana a Buenos Aires.
El viaje enhebró fortines miserables y avanzadas de ganaderos audaces, enclaves muy espaciados entre parajes hoy nutridos con servicios propios del turismo de fin de semana, postas parrilleras y lugares de descanso, camping , recreaciones náuticas y codiciados pesqueros.
Los gallardos jinetes
La misión virreinal de fines de siglo XVIII logró que la gallarda figura de Azara atravesara esa llanura de arroyos y lagunas, un desierto verde y a veces salpicado de baguales y perros cimarrones. Marchó acompañado por una comitiva no menos altiva de asistentes de la talla del comandante de fronteras Nicolás de la Quintana, del ingeniero de la expedición Pedro Cerviño, o la del primer piloto de la marina española Juan Insiarte. Según el relato que Azara anotó a manera de diario, los expedicionarios se pasearon por Luján, Navarro, Lobos, Monte y Chascomús, entre otros parajes. Y por estar la región expuesta a la codicia y las incursiones salvajes, además de carecer a veces de referencias geográficas precisas, los personajes claves para Azara resultaron su baquiano Eusebio Caraballo y el lenguaraz Blas Pedrosa.
Los detalles del pliego donde Melo justificó la misión y planteó sus objetivos estaban suscriptos ya el 20 de febrero, de manera que las cuatro semanas que corrieron hasta la partida de los 168 expedicionarios se consumieron en atender las consultas referidas a las instrucciones impartidas y a avituallar a los comisionados y la tropa. En realidad, Melo pretendía proteger a Buenos Aires y prever las secuelas que iban a derivar en el futuro del crecimiento de la aldea. Mandaba a escribir un diario, levantar mapas, señalar los lugares donde colocar futuras poblaciones sobre la base de referencias de pastos, aguadas y leña entre las muchas previsiones por tomar. También ordenaba diseñar pequeños focos urbanos, la manera de trazarlos y hacer en los fortines un inventario de necesidades de todo orden. Dio instrucciones de que dos oficiales blandengues, un centenar de soldados y 20 pardos milicianos formaran el grueso de la expedición, más 20 peones y 16 criados.
La provisión semoviente sumó 200 cabezas de ganado, pero también viajaba un acopio de 20 quintales de galleta, 5 tercios de yerba, además de alforjas de tabaco, bolsas de sal y una carretada de leña, sin contar las armas y sus casi 3 mil cargas, carretas de bueyes y cerca de 150 caballos entre los de tiro y los de montar.
No faltaron asaditos
En realidad ya el 14 de marzo adelantaron su partida las carretas con víveres de la tropa y la peonada, pero Félix de Azara y su comitiva se pusieron en marcha el 17 de marzo. Tras las primeras siete leguas cruzaron el famoso puente de Márquez de 20 varas de ancho y que supera al río Luján, un curso de agua "que no necesitaría de puente si no fuese fangoso" y que termina echándose al Paraná "en la estancia de Campana".
Desde el 18 de marzo, en que las partes de la expedición se encontraron en las cercanías de Luján, comenzaron las demoras por varios días, primero porque no aparecieron ni el baquiano ni el lenguaraz, y luego por lluvias.
Azara aprovechó la demora para anotar la tradición del nombre Luján, a propósito del capitán de ese apellido que apareció muerto de hambre junto a su caballo en tiempos de don Pedro de Mendoza. Pero más curiosa para ese tiempo -1796- es la referencia que dejó consignada del santuario. "Se venera -advierte Azara- una efigie de Nuestra Señora de la Concepción cuya altura no pasa de media vara, ni en lo material tiene recomendación. Sin embargo se reputa milagrosa y por eso -ya entonces- le hacen visitas y ofrendas los peregrinos de Buenos Aires, Santa Fe y el Tucumán." El relato habla del portugués que la trajo y llevó otra igual al Perú "donde también es veneradaÉ" y que "el vulgo dice que el portugués se vio precisado a dejarla aquí porque no quiso seguirlo al Perú". Describe la iglesia "de adobe" que se concluyó en 1763 y dice que la guardia está como a seis y media leguas de la villa (hoy ciudad de Mercedes).
El recorrido de Azara pasó por el fortín de Salto y el de Areco, por Bragado Chico y otros, además de dar con la precisión de los rumbos y datos del sextante. El marino -esta vez de tierra adentro y que llegó a brigadier- no se preocupó de detalles cotidianos que describieran la forma de los campamentos y lo que seguramente fueron inolvidables fogones y churrasqueadas. Si Azara consignó algunas historias -como las del cacique Calilean, de quien se tomó nombre para dos lagunas- fue para amenizar la aburrida descripción geográfica. Evocó al cacique como depredador y responsable de tantas muertes que los españoles lo apresaron con gentes de su tribu cuando corría el año 1750. Se los embarcó en la nave Asia, guerrera y comandada por el capitán Gaspar Vélez. En alta mar el cacique se amotinó con los suyos. Lograron herir al capitán y matar al primer piloto y a algunos oficiales, pero "viéndose sin fuerzas, se arrojaron todos al mar".
La expedición también registró su paso por la laguna de Pila y otra cercana que llamaban de los Camarones Chicos. Aquel recorrido siguió por la isla Postrera ("así llaman a un grupo de árboles que está en el mismo paso del Salado"), hoy no lejos de la ruta 2, y casco de la estancia del mismo nombre donde reinó Felicitas Guerrero, personaje que tuvo trágico fin en la casona de su familia en Barracas.
Pescados de Chascomús
En Chascomús, adonde Azara llegó el viernes 15 de abril de 1796, lucía el fuerte junto a la famosa laguna "abundante de pescado" y con "mil almas" entre blandengues y vecinos. El incansable viajero elogió la laboriosidad de Miguel Tejedor, comandante de Los Ranchos, y siguió con cierto fastidio hacia la Guardia de Monte porque estaba sin baquiano y "por esta causa casi nadamos con los caballos".
Encontró mal ubicado al fortín de Lobos si hay que atenerse a la referencia a sus aguas de pozo o las de la laguna, salobres al punto que "para beber traen de otro que hay del otro lado de la laguna".
Ya desde lejos avistaron las chacras y ganados que pastaban hacia el nordeste de la laguna de Navarro, y su fortín, también flanqueado por muchos ranchos.
El viaje de los expedicionarios, comparando la falta de caminos y medios, resultó bastante acelerado como para que el notario asentara minuciosas precisiones más allá de las geográficas y de las requeridas por el virrey. Por esa razón resulta curioso que respecto del fortín y laguna de Navarro, donde Azara apenas se detuvo una jornada, éste se haya explayado con cierto tono de denuncia. Por lo excepcional al tono monocorde de su relato, es posible que el tramo del viernes 22 de abril haya servido para deslizar un problema personal con "el procurador Almeida", dueño de una estancia de 36 leguas cuadradas. De esa extensión señaló que "nos dijeron que la denunció (Almeida) por realenga a nombre de su hermano, que es un vago fugitivo en la otra banda. Dicho Almeida embaraza que muchos ganados de los vecinos que viven cerca de la laguna, beba en ella. Quiere también lanzar del gran terreno (É) a otros pobladores muy antiguos que han defendido la tierra contra los indios y hacerlos tributarios". La curiosidad y el orgullo familiar que prendieron en un descendiente del procurador chacarero tuvieron la virtud de generarle una saga precisa y reivindicatoria del ancestro.
El retorno de los viajeros encaró la Cañada del Durazno y el Hospicio de los Padres Mercedarios (zona mercedina donde ahora se celebran la fiesta del durazno y también la del salame quintero). Para entrar a Buenos Aires, el capitán Azara apenas se detuvo en el oratorio de Merlo: no hubo bajas ni enfermos.





