
Un premio por no hacer trampa
Por Primarosa Chieri Para LA NACION
1 minuto de lectura'
Los avances de la genética y de la biología molecular de este siglo no dejan de asombrarnos. Al bucear en las novedades científicas se pueden encontrar permanentemente descubrimientos de gran trascendencia, realizados con técnicas cada vez más sofisticadas y casi indescifrables.
Siempre hay algún hallazgo que puede llamarnos más la atención que otro, como el que publicó recientemente la prestigiosa revista científica Science. Se describe allí la presencia de un gen llamado 5-HTT, que produce un neurotransmisor fuertemente vinculado con la depresión frente a una situación de estrés, así como con una mayor necesidad de ingerir alcohol, y que interactúa con los modernos antidepresivos de la clase del Prozac.
A partir de un simple hisopado bucal, se puede conocer si en nuestro ADN tenemos la versión corta ("s", por short) del gen 5-HTT, con lo que seríamos más vulnerables a la depresión y al alcoholismo, o si tenemos la versión larga ("l", por long), con lo que estaríamos más protegidos frente a estos males tan temibles y frecuentes. Intuitivamente tratamos de ubicarnos en cuál de las dos versiones del gen podríamos estar incluidos y, con una visión menos individualista, esperamos que en la Argentina predomine la versión larga.
Mas impactante aún es otra reciente publicación vinculada con el mundo de la biología, que es el motivo principal de esta nota, y respecto de la cual, inevitablemente, surge la misma pregunta: ¿qué versión predominará en nuestro país? Un equipo de científicos demostró que en ciertos organismos elementales, como lo son las levaduras, existe un grupo que hace trampa. ¡A ese grupo le va mejor que al grupo de las que no la hacen!
Antes de continuar, tal vez sea necesario definir qué se entiende por trampa. Podemos citar algunas definiciones de la palabra en cuestión: contravención disimulada a una ley, convenio o regla o manera de eludirla con miras al propio provecho, ardid para burlar o perjudicar a alguno, acto ilícito que se cubre con artificio de legalidad.
Las levaduras que hacen trampa son genéticamente defectuosas, razón por la cual no pueden digerir un azúcar para alimentarse. Entonces, roban el azúcar elaborado por sus vecinas normales, que sí pueden digerirlo. Nada más acertado aquí que el antiguo dicho popular: el vivo vive del zonzo y el zonzo de su trabajo...
Dentro de grandes grupos de levaduras, los resultados demostraron que la trampa da lugar a mayores ventajas para las que la realizan y a una gran desventaja para las que no lo hacen. Dicho de otra manera, las tramposas son las que se reproducen más, lo cual desde un punto de vista evolutivo es altamente ventajoso.
Estos modelos muestran que la interacción social tiene un importante efecto dentro de la evolución de los organismos simples, y que los patrones responden a un rígido mandato genético. La levadura no puede elegir: hace trampa o perece.
Existen muchos otros ejemplos en la naturaleza en los que se demuestra la existencia de lo que podríamos llamar el "gen tramposo". Aparentemente, en ellos esta conducta estaría inscripta en la denominada memoria genética. Entre los mamíferos, realizar trampa para conseguir comida se interpreta como un acto de supervivencia. Haciendo trampa, la leona consigue la carroña para alimentar a sus cachorros. Los pájaros que anidan en el suelo hacen trampa cuando distraen al predador arrastrando el ala como si estuvieran heridos. De ese modo lo alejan del nido y salvan la vida de sus indefensos polluelos.
¿Y qué hay de nosotros, los humanos? Con excepción de casos extremos de supervivencia, el hombre hace trampa y se apodera de lo ajeno con otros objetivos. Con su cerebro cultural utiliza su astucia e inteligencia para articular una trampa la mayoría de las veces en forma premeditada y no con la finalidad de conseguir el alimento o la protección para sus hijos.
¿Qué sucede con los numerosos grupos humanos que juegan sus vidas de interacción social haciendo trampa de modo permanente, ya sea en los niveles políticos, en los laborales o en otros? Casi no quedan dudas de que para encarar con suerte la lucha del poder hay que pertenecer al grupo de los tramposos.
Si a un grupo de niños le proponemos un juego que llamaremos "con trampa o sin trampa" y le explicamos que si hacen trampa obtendrán cinco caramelos y sólo uno si no la hacen, ¿cuál sería para estos últimos la ventaja? ¿Cuál sería el premio ? Sería terrible descubrir que la mayoría prefiere el juego con trampa.
Si bien es cierto que podemos nacer con la versión genética "predispuesto a ser depresivo, alcohólico o tramposo", no menos cierto es que somos la única especie que puede modificar sus designios. El hombre es un animal dominado por reglas culturales aprendidas y transmitidas de generación en generación, y la educación y el ejemplo son determinantes de los atributos humanos.
La mayoría de nosotros honramos y admiramos los ideales morales y políticos, más aún los actos altruistas, pero cuando se habla de la ética de nuestra especie, de la ética de un pueblo o de una Nación, los límites pueden volverse terriblemente confusos.
Al final del cuento, si todos hacemos trampa, por ejemplo para no trabajar o para trabajar menos, llegará un momento en que, al igual que las levaduras, los que trabajan poco a poco irán desapareciendo. Entonces, ¿qué les pasara a los tramposos? ¿Con quién van a interactuar, quiénes van a ser los zonzos? ¿Aparecerán genes nuevos que hagan trabajar a los tramposos o se llegará a una autodestrucción masiva?
Y la pregunta del millón: ¿qué ventaja tienen los que dentro del género humano eligen no hacer trampa? Al no poder encontrar respuesta le formulé la pregunta a una mujer sabia y que me regaló la vida, la cual casi sin pensarlo me contestó algo que conformó mi terrible inquietud: "Los que no hacen trampa conseguirán el premio de la paz espiritual".




