
Un millón de moscas pueden estar equivocadas
Esta vez Michel Houellebecq no tuvo que ensayar ninguna pirueta ni cometer picardía alguna para llamar la atención sobre su nueva novela
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Esta vez Michel Houellebecq no tuvo que ensayar ninguna pirueta ni cometer picardía alguna (en 2011, en medio de la gira de promoción de su libro, tuvo la idea de desaparecer por unos días sin avisarle a nadie, ni siquiera a su agente) para llamar la atención sobre su nueva novela: a las once de la mañana del 7 de enero, el mismo día en que los empleados de las librerías parisinas acomodaban los primeros ejemplares de Sumisión en las mesas de novedades, dos hermanos enrolados en Al Qaeda, armados y camuflados con pasamontañas, entraron a la redacción del semanario Charlie Hebdo y al grito de "Dios es grande" y a los tiros sacaron de este mundo a once periodistas y dibujantes y dejaron a otros tantos heridos. Sumisión, se venía diciendo desde días antes de este hecho, imagina una Francia sumida en la crisis y el desempleo, en la que en el año 2022 un partido islamista dirigido por un misterioso y carismático líder llamado Mohammed Ben Abbes le gana la presidencia a la derecha del Frente Nacional, con la ayuda del Partido Socialista y la izquierda. Una Francia en la que muchas cosas cambian (incluso para bien), de un día para el otro, cuando sus habitantes abrazan la fe de Mahoma. ¿La realidad supera a la ficción? No hay novedad alguna en esto. Entre los asesinados en Charlie Hebdo había además (porque como sabemos, a la realidad le gustan las simetrías, aunque sean funestas) un buen amigo de Houellebecq, el economista Bernard Maris.
El libro lleva ya unos meses en los primeros puestos de los rankings de más vendidos, y se perfila como el más exitoso de la obra del autor francés. ¿Y si hablamos de literatura? La verdad es que Houellebecq nunca fue un estilista.
Como podía esperarse, el libro lleva ya unos meses en los primeros puestos de los rankings de más vendidos, y se perfila como el más exitoso de la obra del autor francés. ¿Y si hablamos de literatura? La verdad es que Houellebecq nunca fue un estilista. De prosa clásica y argumentativa, de sintaxis lineal y sin sobresaltos, las virtudes de sus libros anteriores podían ser varias, de acuerdo al gusto del lector en cuestión, y había que buscarlas en otra parte. Desde su primera novela, la sintética y atractiva Ampliación del campo de batalla, Houellebecq se mostró como un escritor que se solazaba y a la vez divertía exponiendo teorías polémicas sobre la guerra de los sexos. Título tras título, mientras ganaba celebridad, complejizaba su apuesta de espíritu nihilista y decadente, mientras exponía (Las partículas elementales, Plataforma) el estado de putrefacción de la sociedad occidental, denigrando al humanismo y a la sociedad liberal contemporánea, y burlándose al mismo tiempo de la izquierda y los intelectuales nacidos al abrigo del Mayo Francés. La posibilidad de una isla marcó un primer coqueteo con la anticipación y hasta la ciencia ficción, y en 2010 vino el Premio Goncourt por el que muchos consideran su mejor libro, El mapa y el territorio. En lo que hasta sus detractores han estado por lo general de acuerdo es que Houellebecq es un autor de novelas entretenidas e inteligentes, elaboradas con momentos narrativos (entre los que destacan las escenas sexuales, escritas no sin un talento evidente) intercalados por otros tantos devaneos teóricos y ensayísticos.
Ahora habría que decir que ese Houellebecq que conocemos está pasando por un impasse creativo, o por una fase de ablandamiento, porque salvo por el pulso de las primeras páginas, Sumisión es un libro que no está a la altura de las expectativas de sus lectores habituales, y es difícil imaginar que colme las de aquellos que hayan llegado a la novela por motivos extraliterarios. Los primeros podrán ver que se trata de un relato esquemático, donde los personajes son planos y unidimensionales, e incluso por momentos se asemejan a marionetas parlantes, como esos actores que en escena en lugar de interpretar recitan la letra de un guión. Houellebecq lanza su hipótesis, la de la victoria de un partido político musulmán en Francia y sus consecuencias sociales, políticas y económicas, y todo lo demás (trama, diálogos, personajes e historias secundarias, exposiciones teóricas) está encastrado en el libro con la finalidad de sostener aquella idea. El estilo es por momentos enunciativo, por otros de una llaneza informativa sorprendente, y la sensación general es la de una obra subescrita. Como si su autor hubiera pensando que con una buena idea bastaba, no hay aquí pulsión narrativa, ni siquiera en las escenas sexuales: son dos o tres y están ahí por compromiso, como marca autoral, pero desprovistas de cualquier gracia, complejidad o tensión.
<i>Sumisión</i>
Los lectores primerizos de Houellebecq lo tienen todavía más complicado. Sumisión podrá ser, como le gusta decir a su autor, una "ficción política"; pero no se trata tanto de un thriller, como él hubiera deseado, sino una suerte de "ficción profética": imaginemos qué sucedería de acá a unos años si en Francia se comenzara a vivir de acuerdo a los preceptos islámicos. Tiene razón el escritor al declarar que en su novela no hay islamofobia. El planteo general es, incluso, bastante favorable con esa religión, a pesar de que quien abrace el Islam en la novela sea un personaje desagradable y lo haga de manera algo interesada. El Islam juega, en este libro, el rol de la ideología que salvará tanto al protagonista (un docente universitario en sus cuarenta, al que no le duran ni el amor ni las mujeres y que está desencantado de todo: un típico personaje houellebecqiano) como al continente europeo de la desintegración a la que lo arrastró el capitalismo global y el liberalismo. El conflicto es precisamente ése: para sostener esta hipótesis hay largos pasajes de información, apenas trabajados lite-rariamente, sobre el funcionamiento del sistema de partidos francés y los acuerdos y desacuerdos de su casta política, que tal vez aburran a más de un lector no nativo. La subtrama, que retrata la devoción del protagonista por la vida y la obra del decadentista J.K. Huysmans atraerá a algunos curiosos de la literatura del siglo XIX, pero difícilmente atrape a un público masivo, como Houellebecq pretende.
Tal vez a su pesar, aunque no lo sabemos con certeza, la simultaneidad de la salida del libro con los atentados de Charlie Hebdo haya obligado a Houellebecq a ponerse en un lugar del que siempre sospechó y al que no pocas veces atacó: el del intelectual pontificador que opina sobre la vida y habla más de política, religión, dinero y poder que de literatura. Para confirmarlo, no hay más que leer las decenas de entrevistas que le han hecho desde enero a esta parte. Sus lectores de siempre esperarán que esta sea, apenas, una vacilación, un traspié. Al fin y al cabo, todos los escritores son humanos, y todas las obras tienen sus altibajos. No sería la primera vez que el libro más exitoso de un autor resulte ser, paradójicamente, el menos logrado de su producción.





