
Sacerdocio, celibato y matrimonio
Por Rodolfo A. Canitano Para LA NACION
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El celibato es una libre opción de vida que, bajo el impulso de la gracia, abre un camino de especial consagración a la causa del Reino de Dios y pertenece a la auténtica herencia espiritual del cristianismo. El sacerdocio, por su parte, al que también se accede en virtud de un llamado divino y de una personal y madura determinación, es -más que una eminente dignidad- un servicio importantísimo instituido por nuestro Redentor con miras al bien sobrenatural de los hombres.
No nos consta que Jesús y los apóstoles hayan exigido el celibato como condición para el sacerdocio, aunque desde los primeros tiempos algunos ministros del altar lo hayan incorporado por propia decisión a su sistema de vida.
De hecho, por diversas razones, la Iglesia Romana ha establecido hace siglos la obligación del celibato para los sacerdotes del rito latino. Ante las nuevas circunstancias sociales, muchos consideran la posibilidad de que se limite o modifique esa norma legal, para admitir también oportunamente al sacerdocio a hombres casados que acrediten su vocación para tan trascendente ministerio. Y esos católicos fundamentan su postura en la convicción de que "el matrimonio según el Señor y el celibato por el Señor son dos formas diferentes de espiritualidad, pero [indiscutiblemente] válidas por igual para vivir plenamente el contenido de la fe" y la vocación sacerdotal.
La Iglesia, no obstante su origen y componentes divinos, es una institución integrada por hombres, propensos como tales al error y al pecado. Eso explica que, a lo largo de su marcha secular -junto con el inmenso desfile de almas excepcionales y de obras benéficas que, sin cesar, brinda a la humanidad-, aparezcan también en su seno algunas flaquezas que, aunque comprensibles, resultan bastante lamentables.
Estas adquieren en nuestros días gran notoriedad por la acción omnipresente de los medios de comunicación que nos ponen en contacto casi directo e instantáneo con los hechos.
Los cristianos conscientes sólo debemos atinar a reconocer humildemente todo lo que contengan de verdadero dichas incriminaciones y a redoblar esfuerzos para que se eviten en lo posible conductas reñidas con el ideal que pretendemos profesar.
Nos urge la tarea de discernir con delicado equilibrio los caminos que conducen a la más acertada selección y formación de los futuros sacerdotes. Además, no debemos aferrarnos a esquemas petrificados sin admitir razonables aperturas, que otorguen mayor variedad y riqueza de valores al conjunto del clero.
Por fortuna, se amplía cada vez más el número de los católicos estudiosos y reflexivos, que plantean con preocupación una extensa serie de interrogantes, en la espera de soluciones y respuestas acordes a las exigencias de los tiempos, sin renegar de los contenidos del evangelio. Estos sinceros creyentes se sienten a menudo desconcertados ante decisiones y actitudes de la autoridad eclesial, que ellos consideran no sólo intransigentes, sino también de algún modo ambiguas.
Si Cristo no impuso el celibato a los que serían sacerdotes, ¿por qué -se preguntan- ese afán de la Iglesia por mantener a toda costa tal disciplina? ¿Cómo se entiende que el celibato sea una condición sine qua non para los aspirantes del sacerdocio en el rito latino y que, en cambio, no lo sea para el rito oriental? Uno y otro sector, ¿no son acaso integrantes de una sola y misma Iglesia Católica? ¿Por qué habría que impedir a un cristiano, de probadas cualidades, acceder al sacerdocio -que es de suyo un servicio público y comunitario, de suma importancia y urgente necesidad-, por la única razón de que, al no sentirse dotado del carisma del celibato, optó oportunamente por formar un hogar? ¿Será razonable retener la vocación sacerdotal rígidamente atada al celibato -que es una gracia muy especial, o sea, para pocos-, cuando nos consta la existencia de muchos casados, de vida ejemplar y con suficiente aptitud para desempañar dignamente el ministerio del altar, al lado de sus hermanos presbíteros que optaron por la vida célibe?
Sería ésta una aceptable manera de complementar y reforzar las filas de nuestro clero, y poner de manifiesto, al mismo tiempo, la plena libertad de sus miembros en la decisión vocacional (sacerdocio con celibato o sacerdocio con matrimonio).





