
Sacar la lengua
Es el exilio de la boca, el mutismo del que se queda sin su historia
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¿Qué esperan los niños que se sacan la lengua frente al espejo? A pesar de que la burla recae sobre ellos, no se ofuscan, todo lo contrario, amplían la mueca, le agregan sonidos, se ríen o la enrollan en babosa acrobacia. La imagen no los va a reprender. Nadie les dirá: "No saques la lengua". El niño juega a burlarse de otro mirándose a sí mismo, o se burla de sí mismo creyendo que juega con otro. No es un loco frente al espejo como el cuento del escritor mendocino Antonio Di Benedetto. Me refiero al brevísimo relato de importante título "Sin boca" que forma parte de su serie "Espejismos" del libro Cuentos del exilio. La historia es así: "El loco se mira al espejo y se saca la lengua. Piensa que el espejo se está burlando de él. Lo rompe. Se arrepiente, a la hora de peinarse. Sobre una mesa, fragmento a fragmento recompone el espejo, que queda casi completo. El loco prueba a mirarse de nuevo y ve su rostro, pero no la boca (falta esa parte, que se pulverizó con el golpe). Desde entonces, nunca más habla."
El cuento es elocuente. Lo que no se refleja, no existe. En este caso, es el exilio de la boca, el mutismo del que se queda sin su historia. La nueva novela de Laura Alcoba (después de agotar la décima edición con La casa de los conejos) se titula El azul de las abejas. Así como el blanco de los conejos era una muralla de silencio que la niña narradora no podía atravesar, en esta historia -continuación de la anterior-, el azul de las abejas le permite irse. Allí donde antes tuvo que callar, ahora escribe en otra lengua.
De niña podía pronunciar el nombre Firmenich, y jamás lo decía, porque el peligro que sentía era mayor que el orgullo de su dicción; tampoco cantaba la marcha peronista que sabía de memoria (me moriría...seguramente pensó). Así habla su personaje a los siete años en La casa de los conejos: "No voy a decir nada. Ni aunque vengan también a casa y me hagan daño. Ni aunque me retuerzan el brazo o me quemen con la plancha. Ni aunque me claven clavitos en las rodillas. Yo, yo he comprendido hasta qué punto callar es importante."
Allí donde antes tuvo que callar, ahora escribe en otra lengua
En El azul de las abejas, esta misma niña, ya de casi once, al llegar a Francia para encontrarse con su madre en el exilio, comprende que escribir es determinante. Escribirle cartas a su padre que está preso en la Argentina. Escribirle una vez por semana, como todos los jueves que antes de irse lo visitaba. Escribirle pensando en el azul de las abejas, el color predilecto de estos insectos; en su padre transcribiendo los pasajes del libro de Maeterlinck, La vida de las abejas, su libro de cabecera.
La lengua que viaja en esas cartas va despidiéndose de la niña que le escribe a su padre. En su lugar, empieza a asomar una nueva, una lengua absuelta: el francés. Así habla su personaje en esta novela: "Tan pronto como me quedo sola, ante el espejo del baño, practico la pronunciación de las palabas más complicadas, ésas con muchas erres y vocales detrás de la nariz, y esas eses que chisporrotean entre dos vocales, haciendo cosquillas en todo el paladar...Hay que hacerles creer a los labios que uno dirá una cosa y de pronto decir otra. Es como hacerles trampa."
A diferencia del personaje de Di Benedetto frente al espejo, que no encuentra su boca y pierde la lengua (es realmente otro el cuento del exilio...), el personaje de Laura Alcoba busca la lengua mirándose la boca. Es un encuentro, más allá de la pérdida. En el breve cuento se trata de una burla, mientras que en El azul de las abejas es un ensayo. ¡Y un hallazgo! El de adquirir una lengua sin historia que, sin saberlo, le otorga un nuevo designio, la posibilidad de contar su historia con la libertad de las palabras que no tuvo que callar. Los libros de Laura Alcoba están escritos en francés y llegan a la Argentina publicados en Edhasa, bellamente traducidos por Leopoldo Brizuela.





