Reseña: El conserje y la eternidad, de Ricardo Romero
El monstruo perdido en la ciudad
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Lo que el lector va siguiendo en El conserje y la eternidad, la última novela de Ricardo Romero (Paraná, 1976), no es la voz del narrador, sino su escritura. No se trata de un testigo privilegiado, sino del protagonista. Muy pronto se desmarca del resto de los mortales: no duerme arriba sino debajo de la cama; tiene costumbres de depredador peligroso; tal vez sea inmortal. Busca con esmero lugares escondidos en grandes estructuras edilicias donde se oculta y donde esconde, además, los resultados de sus acciones. Se decide a escribir en coincidencia con fechas “cargadas” de la historia argentina: 1955 (con el bombardeo de Plaza de Mayo), 1982 (la muy fracasada Guerra de Malvinas) y 2001 (el “Corralito” y sus consecuencias).
Sin embargo cada una de esas fechas queda desplazada, aludida en vez de nombrada, al igual que los datos directos de este “monstruo” que, sin embargo, logra disimularse lo suficiente como para ser aceptado como humano por personajes secundarios diversos. Muchos elementos son clásicos: el uso del cloroformo, el “depósito” de “alimentos” (víctimas apenas vivas, secuestradas de sus vidas normales por la violencia), al mejor estilo de un serial killer.
Si fuera un escritor (no lo es) se trataría de alguien con un estilo reconocible: su primera persona del singular es elusiva, autoconsciente (más de una vez se refiere a la escritura misma). Como todo estilo en primera persona, incluiría elementos de placer, disfrute o profundidad investigativa de sí mismo, cruzados con elementos de frustración respecto a claridades que su propia acción haría necesarias. ¿De dónde viene, cuántos años tiene de vida ya transcurrida, qué tipo de monstruo es? Es fácil pensar en vampirismo, pero se dejan de lado colmillos, ceremonias, ajos y estacas.
Un elemento fuerte de El conserje y la eternidad son las recorridas riesgosas que el protagonista hace por la calle, donde recurre a habilidades especiales: “Hundo la cabeza en mi abrigo y apenas miro los pies de la gente. Los evito. (…) El semáforo cambia y la gente me empuja, me veo arrastrado (…) entonces adquiero una agilidad que no es mía, que es de lo que ocurre, una capacidad de deslizarme y ladearme que pertenece a la calle, que se asienta sobre mi cuerpo y sobre los cuerpos de los otros”. Esos movimientos podrían tomarse como una metáfora física de lo que el texto pretende con su relativo autismo: dar una imagen en hueco de cada año elegido, dejándose llevar por el momento histórico sin nombrarlo.
Hay muchos personajes secundarios recordables (mucho más que el protagonista mismo): los compañeros de trabajo (en la limpieza de oficinas, en la conserjería de un edificio horizontal), una mujer, una familia. Desde algún competidor o jefe hasta Omarcito, un pequeño ser en trance que se repite y que parece guardar tantos secretos como él mismo.
Cuando se pasa la mitad del libro, en el lector se produce un deseo de crecimiento, incluso de claridad en esa sintaxis esquivadora, abstracta. Por suerte la tercera parte crece en una dimensión literaria, inesperada: es más poética, jugada y aguda que las otras dos. Una vez más el texto alude a la escritura. El personaje mira las moscas: “Las estaba mirando y de pronto necesité documentarlo. Y eso hago. Y una vez hecho me quedo vacío. He vuelto a escribir. Soy cáscara de pensamientos y constataciones. Soy, otra vez, la máscara que usa la melancolía para no dispersarse en la tarde”.
Esa decisión de apartarse de los movimientos del género del terror o lo sobrenatural produce un equilibrio inestable, de fuego lento, más hipnotizador (cuando funciona) que incitante. Romero ya ha escrito dos de importantes novelas argentinas de la última década (Perros de la lluvia, 2011; Historia de Roque Rey, 2014), extensas y cargadas de anécdota, de latido, de expansión. La crónica de un monstruo en tres etapas, por su ejemplar pero también exagerada contención, parece más bien encaminada a convertirse en libro de culto.
EL CONSERJE Y LA ETERNIDAD
Por Ricardo Romero
Alfaguara. 159 págs., $ 249







