
Pesimistas y optimistas
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Ante el desafío que nos presenta la necesidad de reconstruir nuestra sociedad sobre la base de honestidad, eficacia, caridad, sentido común en las acciones del gobierno, y también de la ciudadanía, hay dos actitudes, dos posiciones, dos filosofías a adoptar: Una, es la filosofía pesimista. Y entonces nos diremos: este gobierno ya no sirve, la sociedad en que vivimos es una sociedad corrupta, miserable y podrida. No es posible mejorarla. No hay otro remedio que destruirla, para levantar, sobre sus ruinas, una nueva sociedad.
Claro es que quienes se colocan en esta posición, como aceptan esta teoría, no se detienen a pensar cómo será el nuevo orden a construir. Esto por ahora no interesa. En este momento sólo se trata de destruir. Y entonces, con este criterio pesimista, negativo, destructor, todos los esfuerzos se vuelcan en realizar esta tarea de voltear a la actual conducción, tal cual está.
Y así aparecen los apóstoles de la violencia, porque para destruir, desde luego, es necesario emplear violencia, es necesario el hombre violento. Hay otra actitud, otra posición, otra filosofía, digna del hombre que es la filosofía del optimismo. Los pesimistas, en cuanto miran sólo el aspecto negativo y desagradable de los problemas humanos, no ayudarán a resolverlos, sino que los agravarán.
Los optimistas, hallarán siempre la manera de avanzar - y no retroceder - buscando mayor justicia y mayor felicidad para el pueblo. La solución la tiene el propio pueblo, que debe encarar con optimismo los problemas existentes, exigir rectificaciones y que el gobierno que suceda a éste, a través de su voto, sea una expresión de lo mejor de nuestra sociedad.





