
Patti Smith: aullidos y sonrisas de la madrina del punk

Mi amigo Francisco es un periodista exquisito y un artista de vanguardia: sé muy bien que todo lo que viene recomendado por él es valioso, aunque muchas veces me cueste subirme a su entusiasmo por propia ignorancia o, simplemente, por una cuestión de gusto. Compartimos amores como los textos de ese gran iconoclasta que fue Christopher Hitchens, así como podemos ironizar o indignarnos a partir de las mismas cosas cuando hablamos de política. Él ama la literatura de Pynchon, yo no soy lectora de Pynchon. Él es devoto de Patti Smith, de 68 años; yo nunca fui fan aunque, como buceadora de vidas prestadas, me convertí en los últimos años, gracias a él y para mi sorpresa, en seguidora de la extravagante madrina del punk. Y así es como luego de un lacónico mail de Fran que apenas tenía lugar para un asunto ("Por qué queremos tanto a Patti Smith") y un link (http://www.counterpunch.org/2015/10/06/patti-smith-and-the-beauty-of-memory/), fui navegando por Google detrás de la cantante y poeta de culto, quien acaba de publicar M Train, un río de pensamientos y recuerdos de alguien que vivió intensamente todas las vidas posibles.
Patricia Lee Smith nació larga y flaquita durante una gran nevada, el 30 de diciembre de 1946, en Chicago, en el seno de una familia con dificultades económicas y gran énfasis religioso por parte de su madre, una testigo de Jehová. Más tarde se mudaron a Nueva Jersey, donde Patti terminó la secundaria: para entonces había podido desprenderse de los rezos de su madre y, con su autorización, había comenzado a escribir las propias oraciones. También, y de la mano de Jo, el personaje menos convencional de Mujercitas, supo que en las narraciones podía haber un futuro y comenzó a escribir ficciones que les leía a sus hermanos menores.

Luego de graduarse, trabajó en una fábrica y comenzó sus estudios universitarios, que abandonó para partir a Nueva York, en 1967. Fue en esa ciudad, en la que se ganaba la vida ofreciendo su figura andrógina a jóvenes pintores, donde conoció al fotógrafo Robert Mapplethorpe, su alma gemela. Convivieron en la habitación 107 del Chelsea Hotel, un edificio icónico de un tiempo en el que el arte y el rock eran un carrusel infinito. Su relación con Mapplethorpe, que continuó hasta la muerte a causa del sida del fotógrafo, fue el eje de Éramos unos niños, su anterior y elogiada autobiografía. A diferencia de aquel libro, en M Train no hay orden cronológico, sino espasmos guiados por la prosa de Smith, hipnótica para amantes de los relatos de viaje, la historia y el arte.
Con su pelo largo casi blanco, Patti parece haber cruzado todas las fronteras. Luego de aullar por años su grito punk, ahora la acompaña todo el tiempo una sonrisa conmovedora. La misma que se vio en abril de 2014 cuando le dio la mano al papa Francisco en San Pedro (meses después, cantó "Because the Night" y "People Have the Power" en el concierto de Navidad del Vaticano) y que es también la que la acompañó durante la maratón de 24 horas de series policiales que vio en un hotel de Londres: es tan fanática de The Killing que los productores la invitaron a hacer un cameo en donde representa a una cirujana. "Los poetas de ayer son los detectives de hoy", escribe la mujer que hace unos años, durante otra Navidad, se metió en un cine ("completamente aislada del mundo y con un total sentido de libertad") a mirar La chica del dragón tatuado, la película sueca basada en la novela de Stieg Larsson.

Un punto alto del relato es el encuentro que tuvo en 2005 con el ex campeón mundial de ajedrez Bobby Fischer. Fue en Reikiavik, Islandia, donde él vivía. Cuenta Patti que la cita comenzó horrible, con el viejo ícono de la Guerra Fría muy violento, deseándole a los gritos todos los infiernos a su país, pero que terminó con una cálida postal de ambos cantando canciones de los 50 de Buddy Holly. Patti escribe que el genio que consiguió arrebatarles en 1972 la corona a los rusos estaba muy entusiasmado por volver a cantar los temas de su niñez. Tan entusiasmado que hasta se animó al falsete de "Big Girls don't Cry", el clásico de Frankie Valli. Cinco años después, Bobby Fischer moría en esa misma capital que lo hizo campeón.
El ovillo narrativo de M Train se desenreda sin otro rumbo que el deseo de Smith por contar, por ejemplo, su adicción al café -todos los días tiene su mesa reservada en el Café 'Ino, del Greenwich Village-, el desamparo ante la repentina muerte de Fred "Sonic" Smith, su marido y padre de sus hijos, muerto de un infarto en 1994, o cómo desarrolló una conferencia que debía pronunciar en Berlín ante un auditorio de excéntricos seguidores de un explorador de principios del siglo XX. Esta historia es genial: lo hizo apuntando notas en servilletas de papel, sentada a una mesa del café Pasternak, debajo de la foto de Mijail Bulgakov -el ruso autor de El maestro y Margarita- y tomando el menú "Zar feliz", que consta de caviar, un shot de vodka y, naturalmente, un alto vaso con café bien cargado.







