
Nuevos aires en el Colón
Por José Luis Sáenz Para La Nación
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UNA vez más el recambio político nacional alcanzó a la cúpula del Teatro Colón, aunque la cultura tendría que ser tema al margen de esos vaivenes, si además en nuestra ciudad ni siquiera hubo cambio de signo político. Pero el recambio se operó igual, y el Colón tiene nuevo director general, el prestigioso crítico Juan Carlos Montero, que fue director artístico hace unos años y conoce bien el teatro ya desde los tiempos en que su padre, el arquitecto Juan P. Montero, fue su habilísimo director entre 1958 y 1966.
Esperemos que no haya otro cambio más con las próximas elecciones en el Gobierno de la Ciudad. No hay institución que pueda ir adelante cambiando de timón cada pocos meses. El director saliente duró sólo dieciocho; el anterior, menos aún, y el actual no llegaría así al año en funciones, lo que a todas luces le impediría resolver los graves problemas que presenta nuestro primer coliseo. Precisamente uno de los factores primordiales del éxito de la gestión de Juan P. Montero fue que dispuso de tiempo.
Éxitos y conflictos
El director general saliente, doctor Luis Ovsejevich, ha enviado a todos los abonados un resumen de su gestión, que analiza su exitosa tarea artística durante 1999 y pone un elegante manto de olvido sobre los graves enfrentamientos y conflictos sindicales por los que el teatro atravesó durante la misma temporada, y que aún siguen pendientes.
Los logros fueron muchos: una temporada internacional con grandes figuras (infortunadamente no promete el mismo nivel la que dejó organizada para el 2000), la creación de un quinto abono lírico (siempre en desmedro de las funciones extraordinarias, que siguen desterradas de la programación), la suntuosa revista libro de las óperas, las conferencias previas, el ciclo de difusión infantil de ópera, algunos conciertos gratuitos y presentaciones en el interior, etcétera.
También logró reponer el aire acondicionado en la sala (motivo del escándalo de La traviata en marzo), y darle refrigeración al salón dorado (que nunca la había tenido, pese a ser escenario de múltiples actividades). También se despide con la colocación de los vidrios en la marquesina de Libertad (que hasta Mirtha Legrand tuvo que reclamar en un almuerzo al nuevo jefe de gobierno). Otro de los logros de su gestión fue su habilidad para conseguir sponsors para el Colón. Así obtuvo el auspicio de embajadas, empresas, y particulares para cada ópera de la última temporada.
Sin embargo, por motivos económicos quedan dos graves problemas sin resolver, que hereda el nuevo director. Son la conservación y manutención del edificio, y el generalizado conflicto gremial, que tuvo momentos alternativos de mayor o menor tensión durante todo el año y como una bomba de tiempo seguirá amenazando las actividades del teatro. Por cierto, se trata de temas de tal índole y magnitud, que no los sponsors sino la tesorería de la Ciudad tendrá que hacerles frente.
El Teatro Colón ha sido declarado monumento histórico nacional, y todos los porteños lo veneramos orgullosos, pero lo seguimos teniendo absolutamente descuidado en su manutención. Para decirlo en pocas palabras, hoy da más lástima que orgullo: techos con goteras, filtraciones en las paredes, pisos que han cedido, molduras quebradas y descascaradas en la sala, pavimentos de las escaleras destruidos y un sinfín de faltas de conservación casi imposibles de enumerar.
¿Palcos o depósitos?
Agreguemos a esto la inconcebible proliferación de la burocracia en los lugares que originariamente eran para el público (los palcos baignoire convertidos en oficinas, las entradas laterales a palcos que ahora son depósitos, los salones de cazuela y paraíso que se transformaron en dependencias, etcétera). En suma, es de urgente necesidad que se comience a restaurar y reacondicionar el edificio, para que vuelva a ser un teatro y no una inmensa y descuidada oficina pública con escenario.
Además, es fundamental que no se interrumpan las actividades artísticas para realizar esta restauración. Que se aproveche el verano para hacerla, y también buena parte de la primavera, pues tampoco es posible que en diciembre todavía el teatro no haya entrado en receso, para dejarnos después sin temporada de verano. (¿cuándo volveremos a tener ópera popular al aire libre, para renovar el público y darles la ocasión de actuar a nuestros artistas?)
Esto nos lleva a otra comprobación: en sus grandes épocas, el Colón realizaba abonos de dieciséis funciones y hasta más, en temporadas anuales que iban de mayo a septiembre. Hoy, con sólo diez u once títulos, necesita comenzar en abril (cuando no antes) para terminar en diciembre. Si vemos el cronograma de la próxima temporada, comprobaremos que se realizará una ópera por mes, cuando en otros tiempos el Colón podía montar dos espectáculos al mismo tiempo.
Esa falta de agilidad en su producción provoca que durante dos semanas no haya funciones de ópera porque los cuerpos estables están concentrados ensayando, y en la semana y media siguiente se amontonan las representaciones para los diversos abonos. Este año la cantante que protagonizaba Salomé quedó afónica en medio de la última representación, luego del insólito tour de force de cantar cinco agotadoras funciones en sólo diez días. Y no hablemos de las funciones de ballet, que son programadas prácticamente a diario, y por eso la sala no se llena. Cabe preguntarse si el teatro está al servicio del público, o si éste (y los artistas) tienen que allanarse a sus inadecuados métodos de trabajo.
Mayor autonomía
En sus declaraciones a La Nación del 12 de diciembre último, que llevan por título significativo "El teatro es una burocracia", el director saliente pide mayor autonomía administrativa para el Colón. Señala que "todos los papeles tienen que ir a la firma primero de la Secretaría de Cultura y después del resto del gobierno... Cada papel lleva meses y meses y meses". También plantea la necesidad de cambios drásticos y profundos, incluyendo la modificación de los reglamentos de trabajo.
Así llegamos al otro tema clave por resolver: la situación laboral del teatro, con los quites de colaboración y horas extras, los paros encadenados y los reclamos gremiales para convertir los contratos en puestos efectivos, con jubilación y beneficios sociales. Esto es lo primero que se debe encarar, y ya mismo, porque hasta que el teatro no se normalice no se podrá reorganizar.
Y luego, para su reorganización, tener siempre presente que el Colón no merece ser una oficina pública sino un organismo cultural, y por eso sus reglamentos laborales tienen que estar al servicio de su objetivo social. Para eso lo mantiene la comunidad, para que le brinde Arte con mayúscula.
El último libro de José Luis Sáenz es la novela La traviata argentina (Ed. El Francotirador).





