
¿Nos sigue conviniendo el Mercosur?
Ninguna política económica tiene mayor consenso ni ha tenido mayor continuidad en los últimos años que el Mercosur. La integración económica con Brasil es vista como una manera sumamente efectiva de aumentar nuestra capacidad exportadora, de consolidar algunas reglas de juego e, incluso, de mejorar nuestra capacidad de negociación en foros internacionales. A casi una década de su comienzo, creemos sin embargo, que es un buen momento para una mirada retrospectiva.
Son básicamente tres los aspectos que debieran ser considerados al hacer una evaluación del Mercosur. Primero, debiera ser evaluado como instrumento de política comercial, es decir como un mecanismo para estimular el comercio y abrir la economía. Segundo, como mecanismo institucional para consolidar ciertas reglas de juego y contrapesar presiones proteccionistas. Finalmente, debiera evaluarse cómo nos afecta en cuanto a nuestra vulnerabilidad financiera.
Integración comercial
Entre 1991 y 1997 las exportaciones argentinas a Brasil (excluyendo automóviles, que tienen un régimen especial ajeno al Mercosur) crecieron un 309%. Las exportaciones brasileñas a la Argentina aumentaron, en tanto, un 290 por ciento.
Difícilmente alguien quiera negar que esto es un gran éxito. Sin embargo hay razón, al menos, para la duda. Un resultado conocido en la teoría de comercio es que una unión aduanera puede generar aumentos en los flujos comerciales entre los países miembros que terminan siendo perjudiciales.
Un ejemplo sirve para ilustrar el concepto. Supongamos que la Argentina tenía un arancel del 20% para importar un determinado producto. Si se importaba de un país donde se producía por $ 900, el consumidor terminaba pagando $ 1080 (900+180, representando los 180 el arancel que recauda el Gobierno). Si la unión aduanera permite importarlo de Brasil sin arancel y allí se produce por $ 1000, será más conveniente importarlo desde allí. Pero el país sale perdiendo, ya que paga $ 1000 por algo que antes compraba por $ 900. Este proceso se llama desviación de comercio, y se contrapone a la creación de comercio, que sí es beneficiosa y que se produce cuando la unión aduanera permite acceder a producción brasileña a precios más competitivos que la de los productores locales (y viceversa).
Gran parte de la discusión académica se ha centrado entonces en evaluar si el Mercosur ha creado más comercio del que ha desviado. Sin embargo, en un reciente trabajo, Daniel Heymann, de la Cepal, y Fernando Navajas, de FIEL, argumentan algo más fuerte: que en realidad el Mercosur ha sido relativamente inocuo desde el punto de vista comercial.
Los gráficos sirven para ilustrar el punto. Obsérvese que mientras que la participación de cada país en las exportaciones del otro suben en forma vertiginosa, aumentó relativamente poco la participación de cada país en las importaciones del socio. Es decir, que ni Brasil ni la Argentina compran proporcionalmente mucho más del otro que antes del Mercosur. Los dos hechos se reconcilian porque el proceso de apertura y entrada de capitales experimentado por los dos países durante este período generó un crecimiento de las importaciones mucho mayor que el de las exportaciones. Si la participación en las importaciones es constante, esto implica que debe subir la participación del socio en las exportaciones de cada país.
Por si esto resulta demasiado oscuro veamos un ejemplo. Supongamos que el 10% de las importaciones de Brasil proviene de la Argentina. Si las importaciones totales de Brasil se duplican y la participación de las importaciones argentinas en las mismas se mantiene constante, esto implica que también se duplicarán las importaciones desde la Argentina (y por lo tanto las exportaciones de la Argentina a Brasil). Si durante el mismo período nuestras exportaciones totales no alcanzan a crecer a esa tasa, aumentará la participación de Brasil en nuestras exportaciones.
Entonces, si lo que hay que observar es la participación en las importaciones, su magro crecimiento nos indica que en principio el Mercosur ha sido relativamente irrelevante desde el punto de vista comercial, siendo el aumento del intercambio producto del aumento general de comercio experimentado por los dos países y no debido a la unión aduanera.
Fragilidad financiera
El segundo aspecto por considerar, que el Mercosur nos ha permitido consolidar algunas reglas de juego y en particular resistir presiones para lograr mayor protección, juega claramente en favor del Mercosur. Por ejemplo, la Argentina convino una tarifa máxima con la OMC del 35%; sin embargo el arancel externo común es mucho más bajo -del orden del 12%-, lo que ha permitido (con el argumento de que cualquier aumento debiera ser negociado con Brasil) contener presiones proteccionistas y darle más estabilidad a la política comercial.
El tercer argumento es el de la fragilidad financiera. A pesar de que el Mercosur no ha significado un gran cambio en los patrones de comercio, y a pesar de que el comercio regional no es tan significativo (las exportaciones a Brasil son menos del 2% del PBI y las importaciones argentinas en Brasil apenas un 0,6% del producto brasileño) la existencia del Mercosur alimenta el mito de que la Argentina está fuertemente vinculada económicamente con Brasil.
Como Brasil es hoy un país con gran incertidumbre macroeconómica, esto aumenta nuestro riesgo país y nos deja expuestos a la vulnerabilidad de un socio inestable y dubitativo a la hora de estabilizar sus cuentas públicas. Estos problemas probablemente se agraven durante 1999. Cuál es el costo que la Argentina pagó y está pagando por esta mayor exposición a Brasil es algo que habrá que evaluar con mayor cuidado en el futuro. Quizás encontremos que es un precio demasiado alto por pagar.






