
La trampa de la sinécdoque
Por Luis Gregorich Para LA NACION
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LA sinécdoque, como se sabe, es uno de los tropos o figuras retóricas más comunes, que se usa tanto en el lenguaje poético como en el habla cotidiana para, básicamente, simular, representar la parte con el todo o el todo con la parte. Así, por ejemplo, si hablamos de ganado podemos decir "cien cabezas" cuando en realidad nos referimos a cien vacas enteras.
Los regímenes totalitarios (y sus más modestas versiones latinoamericanas) han usado hasta el cansancio la sinécdoque para identificarse o para intercambiarse a sí mismos con el "movimiento nacional", con el "pueblo en armas" o con la "causa" salvadora. No se encontrará un solo dictador o déspota, de cualquier signo que sea, que acepte brutalmente asumir su parcialidad y se desligue de la voluntad de la totalidad o mayoría del pueblo, cuyos intereses misteriosamente asegura representar.
En el mismo sentido, ninguno de los actores de la democracia debería lícitamente usar la sinécdoque para proclamar, desde su particularidad, la representación exclusiva de un todo político y social que la excede. Podrían concedérseles algunas licencias en las campañas electorales, cuyas intensificaciones retóricas han sido ampliamente estudiadas, pero no su prolongación maliciosa en el ejercicio del poder.
Opciones sin opción
Hoy en día, en la Argentina de una recesión tan dramática como la crisis de representatividad que la sustenta, es curioso advertir que el escenario político puede leerse como una inesperada sinécdoque, en la que la parte, más parte que nunca, pretende por astucia o por omisión disfrazarse de todo, precisamente cuando tiene menos títulos para hacerlo.
No es que el peronismo (a él se refiere la comparación) manifieste una voluntad totalitaria ni desconozca a otros grupos políticos. Pero sea por el ruido comunicacional puramente peronista que provocan los confusos escarceos previos a las próximas elecciones internas (de incierta realización), sea porque el resto de los actores ha preferido diluirse en la mera protesta callejera o mediática, se va llegando a un abanico de opciones sin opción verdadera, salvo en el interior de una de las partes del todo.
Así contemplamos un espectáculo con un solo protagonista que finge ser capaz de interpretar todos los papeles. De ese centro brotan los distintos candidatos, que irán por dentro o por fuera de la estructura oficial, que están en contra de las internas o a favor de ellas, que son de derecha o de izquierda (o las dos cosas a la vez), que defienden el alineamiento automático con los Estados Unidos o el enérgico rechazo del Fondo Monetario Internacional, y que, con cierta picardía y no poco orgullo, se presentan como una fotografía familiar, un corte transversal, una réplica indiscutible del conjunto nacional. ¿Qué pluralidad mejor, qué otra capacidad de disidencia habría que desear? Podría pensarse que hay algo de deliberado en trazarnos ese camino cuando el propio Presidente pronostica, con un toque de alegre inconsciencia, la disputa de un ballottage entre dos peronistas.
Los números de las encuestas, siempre cambiantes y provisionales, no eliminan las dudas. Es cierto que el peronismo aparece habitualmente como la primera minoría, pero todos sus candidatos sumados apenas superan el 30 por ciento del total, aunque dispuestos en fila india reflejen todos los colores del arco iris ideológico. El resto, fragmentado en diez alternativas enfrentadas (a veces realmente incompatibles), no parece brindar esperanzas de genuina competencia.
Quizás este atolladero no pueda resolverse, pero sí explicarse. La Argentina, además de otras crisis, vive la de su sistema de partidos. Venimos de más de medio siglo de bipartidismo imperfecto, con el peronismo como partido dominante, que ahora ha entrado en su ocaso. Vamos hacia un nuevo sistema, cuyas hegemonías y protagonismos aún no podemos prever. Del viejo sistema sólo queda en pie un partido: el peronismo. Los demás apenas tienen existencia residual (lo que no significa que no puedan regenerarse). Los "nuevos", por el momento, no han encontrado su espacio definitivo ni su función estructural. Lo que vemos en la escena preelectoral, entonces, es el viejo sistema (el peronismo), que mima los gestos y duplica los discursos de un país que ya no es pero que no termina de irse.
Ilusión de ser el todo
Sin embargo, y esto es lo paradójico de la situación, los que propugnan el cambio, el "nuevo" sistema, son amplia mayoría, aunque su fragmentación les impide utilizar esa ventaja. Hasta muchos peronistas se proclaman como "nuevos", si bien a la vez no renuncian a las prerrogativas de ser parte del viejo y vigente poder. ¿Cómo quebrar esta inercia entre el peronismo y los "nuevos", no sólo para ganar elecciones, sino para recrear una gobernabilidad indispensable, cuando el tejido social del país se desgarra a pedazos y hasta parece un lujo superfluo la reflexión política?
La trampa de la sinécdoque sólo empeorará nuestros males. El peronismo vive una triste ilusión si considera ser el todo y no sólo una de sus partes, pero podría, con inteligencia y amplitud, tender lazos hacia un nuevo sistema aunque éste termine excluyéndolo o transformándolo. Los "nuevos" no podrán desechar al peronismo, ni aspirar a comandar la transición sin la capacidad para aliarse y tener un proyecto común. El futuro será de los que sean capaces de sacrificarse para resucitar, de los constructores de puentes entre lo viejo y lo nuevo, y no de los dinamiteros que se complazcan en territorios arrasados.
El autor es escritor y periodista. Fue subsecretario de Cultura de la Nación.





