
La Reconquista, hace 200 años
Por Ricardo Garay Para LA NACION
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La primera invasión inglesa a Buenos Aires fue organizada, en 1806, por el comodoro Home Popham, con el fin de apropiarse del tesoro de la Compañía de Filipinas (nada menos que 40 toneladas de pesos plata, que es lo que intenta salvar el virrey Sobremonte, para el rey de España). Pero una vez capturado el tesoro, los ingleses intentan transformar Buenos Aires en un nuevo establecimiento comercial británico, algo que podría acarrear la ruina a los prósperos exportadores de cueros.
Sobremonte, refugiado en Córdoba, demora demasiado el reclutamiento de tropas para la defensa de la ciudad, y Martín de Alzaga, Juan Martín de Pueyrredón y otros exportadores deciden financiar por su cuenta un ejército, que ponen a las órdenes del comandante Santiago de Liniers. Este ejército improvisado vence rápidamente al general inglés William Beresford; Liniers se erige hábilmente en árbitro de la situación e impide a Sobremonte volver a Buenos Aires. Más que una “reconquista” española, éste es el real comienzo de la independencia argentina.
Antecedentes y personajes
En 1776, Estados Unidos se independiza gracias al apoyo militar de Francia, España y Holanda. En lo que queda del siglo, Inglaterra se verá frecuentemente en guerra contra Francia y sus aliados españoles y holandeses. Unos y otros tratan continuamente de quitarle al enemigo las islas y puertos de ultramar, cuando pueden, y cuando no pueden, intentan crear y/o apoyar movimientos emancipadores locales. Así, en 1797, los ingleses toman la isla española de Trinidad y los establecimientos holandeses de Demerara y Essequibo (ex Guyana Británica). Finalmente, apoyan a Francisco Miranda, que conspira para la independencia hispanoamericana.
En un artículo anterior (LA NACION, 23 de junio) hemos visto cómo Popham cuenta con la complicidad local del norteamericano William Pio White. White es la cabeza visible de un grupo de personajes con ansias de promoción social rápida y fácil, unidos por relaciones de negocios, a quienes la necesidad de “aparentar lo que ya no son” les ocasiona gastos superiores a sus recursos.
Ejemplo típico es el conde Santiago Luis Enrique Liniers, hermano mayor de Santiago de Liniers. Miembro de la corte de Versailles, la revolución lo priva de recursos y lo persigue. Emigra entonces a Buenos Aires, donde reside su hermano Santiago, militar oscuro y empobrecido (1790). El conde viaja permanentemente a Europa, se introduce en las cortes europeas y en el entorno de Napoleón, y obtiene así el título de coronel y toda una serie de facilidades para negocios que resultan mediocres, por inexperiencia. Santiago, por su parte, vegeta en puestos menores, mientras espera un salario que llega de Madrid. Su situación mejora cuando se casa, en segundas nupcias, con la hija de Martín de Sarratea, que es gerente y socio de la Compañía de Filipinas.
Thomas O’Gorman es un militar irlandés, aparentemente desertor, que está casado con Ana Perichón (llamada La Perichona), la hermosa hija de Armando Perichón, funcionario real en la isla francesa de Mauricio. Los tres, perseguidos por la revolución, llegan a Buenos Aires en 1796, donde O’Gorman tiene un tío “protomédico”.
Bernardino Rivadavia, que en 1803 abandona sus estudios para dedicarse a los negocios, se asocia con White y lo defiende en una disputa por la propiedad de un barco que viene de Mauricio.
Para Santiago de Liniers, 1804 es un año negro. Vuelto a enviudar y con ocho hijos a cargo, se instala en la casa de su suegro, Martín de Sarratea. White se aloja en la quinta de Liniers y juntos elaboran un plan de independencia que el conde se encarga de hacer presentar al gobierno inglés: se trata de invadir el virreinato y poner a la cabeza a Liniers y a White. La oposición del grupo de Francisco Miranda impide que el plan prospere. Frustrado y sin destino, Liniers se dedica a frecuentar tabernas y lugares de mala fama, donde toca la guitarra, canta y juega a los naipes hasta muy entrada la noche.
O’Gorman viaja a Europa, de donde vuelve, en 1804, acompañado del célebre espía inglés James Florence Burke. Burke se instala en la hostería de los Tres Reyes, único restaurante de la ciudad, mientras registra las debilidades defensivas de la ciudad y constata que –al contrario de la propaganda de Miranda en Londres– la gran mayoría de los porteños se siente profundamente española y enemiga de Inglaterra.
El joven Juan Martín de Pueyrredón, viudo reciente, también frecuenta la hostería de los Tres Reyes. Aristócrata porteño, de raíces y cultura francesas, buen mozo, inteligente, de trato llano y viril, todo le había sonreído hasta la muerte de su prima y esposa, Dolores, una pérdida que intenta olvidar dedicándose de lleno al trabajo y, luego, frecuentando la hostería de los Tres Reyes. A diferencia de los anteriores, Pueyrredón es un rico exportador y su fortuna le permite decidir con libertad.
Durante el dominio inglés
En el tiempo que sigue a la toma de Buenos Aires, el comodoro Popham continúa pensando en bombardear la ciudad, saquearla y llevarse el tesoro de la Compañía de Filipinas, junto con White y O’Gorman. Pero el que manda es el general Beresford, y éste piensa de otra manera.
Dos días después de la toma de la ciudad, el domingo 29 de junio, Beresford declara que el puerto de Buenos Aires seguirá la misma suerte que la isla de Trinidad, e inmediatamente contabiliza los caudales de la Compañía de Filipinas para limitar las posibles “pérdidas”, mientras decide reembolsar a aquellos porteños que puedan probar ser propietarios de caudales.
El martes 1° de julio, el general Beresford cena en casa de Martín de Sarratea. En la mesa, está Santiago de Liniers, yerno de Sarratea, que ha entrado en Buenos Aires con un permiso librado por Beresford gracias a la mediación de O’Gorman. Militar francés al servicio de España, Liniers comprende que su situación sólo puede empeorar con un militar como Beresford. Entonces, en la charla manifiesta su disgusto con su empleo al servicio de España y pretexta que su numerosa familia a cargo lo obliga a dedicarse al comercio. Conmovido, Beresford le permite quedarse en la ciudad, sin tomarle palabra de no combatir a los ingleses. A White y O’Gorman, otros “insatisfechos”, Beresford los nombra comisario de Presas y comisario de Víveres, respectivamente.
Pueyrredón también está descontento, pero contra Popham. Traductor improvisado entre el Cabildo y los ingleses, Pueyrredón descubre el carácter filibustero de la empresa y decide sacar su dinero de la ciudad. Martín de Alzaga, por su parte, opina que Sobremonte no es demasiado eficaz en la defensa y el 8 de julio organiza una reunión en su casa, donde se decide reclutar y financiar un ejército, luego denominado Voluntarios Patriotas de la Unión. Al día siguiente, Pueyrredón se traslada a Montevideo para buscar el auxilio de las tropas españolas regulares, a disposición del gobernador Ruiz Huidobro. Este último, que pretende reemplazar a Sobremonte, aceptará encantado. Una semana después, llega Santiago de Liniers, al que Ruiz Huidobro le confía sus tropas. Para las operaciones de riesgo, el elegido es el corsario francés Hippolyte Mordeille, con sus 73 marineros y una compañía de 120 voluntarios catalanes (los “miñones”). Avido de reconocimiento personal, Liniers no perderá oportunidad de hacerse aclamar por el pueblo de Montevideo y de lucir su porte militar ante las damas de la sociedad. A los 53 años, la fortuna al fin le sonríe.
El 24 de julio, White toma como botín de guerra el barco Santo Cristo del Grao, llegado de Cádiz con mercadería de Pueyrredón. La familia Pueyrredón se moviliza. La madre colecta caudales y los numerosos hijos y sobrinos reúnen voluntarios en Luján. El párroco les dará una cinta celeste y otra blanca, colores del manto de la virgen.
Las fuerzas de Alzaga se concentran en Perdriel, donde también concurren las de Juan Martín. Beresford sale a enfrentarlos con 500 hombres de tropa y artillería y desbanda a la mayoría a cañonazos. No así a Juan Martín, que, mostrando su coraje temerario, ataca con sólo 45 voluntarios a caballo. Los británicos responden con fuego graneado y Juan Martín abate personalmente a un artillero. Una bala de cañón derriba su caballo y Pueyrredón queda de pie, rodeado por la oficialidad británica. Beresford trata de desenvainar su sable, pero la hoja se traba. Un voluntario porteño se abre paso al galope, Juan Martín monta de un salto y juntos desaparecen tras la loma de la cañada de Méndez. No tiene más que 29 años.
Horas después, Juan Martín de Pueyrredón marcha hacia Colonia, donde Liniers lo espera con sus tropas para cruzar el río. A la vista de la costa, es descubierto y perseguido por una goleta británica. Interviene el corsario Mordeille en un lanchón, obligando a la goleta a retirarse. El 4 de agosto, todos cruzan hacia Las Conchas.
De Las Conchas a Retiro, pasando por San Isidro, Liniers se hará ovacionar por el pueblo, durante toda una semana. Beresford manda atacarlos en Retiro, pero un contraataque de Mordeille y sus marineros desbarata la intentona. Al caer la noche del día 11, un emisario de White llega con una misiva para Pueyrredón. White propone una cita, a las nueve de la mañana del día siguiente, en el atrio de la iglesia del Convento de las Catalinas. Pueyrredón se rinde, con Mordeille, pero White no llega, impedido por los descontrolados Miñones, que ya han tomado el lugar.
El asalto final es a las doce del mediodía. Liniers marcha por la actual calle Reconquista, saludando a la bella Ana Perichón (que vive entre las hoy Sarmiento y Corrientes); O’Gorman, su esposo, ha buscado refugio en un barco inglés, y la Perichona será la próxima amante de Liniers.
La caballería de Pueyrredón fuerza a los ingleses a refugiarse en el fuerte. El asalto final es dado por los Miñones y las tropas de Mordeille, seguidos por una multitud incontrolable. Liniers, desde La Recova, observa la bandera blanca de armisticio que reemplaza a la británica. Un edecán va a buscar a Beresford, que se hace abrazar y felicitar por Liniers, quien le promete el repatriamiento de todas sus tropas. Entonces, Beresford se rinde. Pero, engañado por segunda vez, él y sus tropas serán conducidos a prisión.
El día 14, una multitud se reúne cerca del Cabildo y exige que se nombre virrey a Liniers. El Cabildo escribe a Sobremonte, para proponer a Liniers como comandante general de la plaza. Después de varias idas y venidas, Sobremonte acepta y se retira a la Banda Oriental.
Es el comienzo de una nueva era. Liniers es el ídolo del pueblo, que se siente profundamente español. Poco después, será virrey con el apoyo de Napoleón.
El autor es director de Investigaciones Científicas (Francia). ricardo.garay@wanadoo.fr.





