
La ilusión del poder perpetuo
Estaban en lo cierto los constituyentes de 1853 cuando, dada nuestra tradición de caudillismo y personalismo desenfrenado, consideraron que en un país como el nuestro era conveniente prohibir la reelección inmediata del presidente
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Es sabido que los argentinos tenemos una grave incapacidad para discutir los temas del país sin caer en insidiosas referencias de orden personal. Hace algunos días les propuse a mis amigos -sentados en torno de la entrañable mesa de café que nos congrega periódicamente- que tratáramos de debatir un tema político-constitucional que me obsesiona: la reelección presidencial. Propongo debatir esta tarde en nuestra mesa -les dije- el siguiente asunto: ¿es bueno que el presidente de un país como el nuestro sea reelegido?"
A todos les gustó la idea, pero apenas iniciado el debate estábamos hablando enfáticamente del presidente Néstor Kirchner y de los supuestos aciertos o desaciertos de su gobierno y algunos hasta amenazaban con irse a las manos. Me puse de pie y exclamé con cierto inevitable tono académico: "Perdón, no me han entendido: yo no quiero hablar de la eventual reelección de nuestro actual presidente, sino analizar, en términos rigurosamente institucionales, en términos abstractos y despersonalizados, si es bueno que los presidentes de la República, en la Argentina, puedan ser reelegidos".
Mi exhortación no sirvió para mucho. A lo sumo, conseguí que la discusión se ampliara un poquito más hacia el pasado e incluyera algunos otros nombres: por ejemplo, los de Rosas, Yrigoyen, Perón, Alfonsín o Menem. Era evidente que la cuestión del poder, planteada en un estricto nivel de abstracción, desconectada de toda referencia a los odiosos personalismos de siempre, no despertaba interés alguno. "Está visto que en esta mesa la política sólo interesa cuando tiene nombre y apellido", me dije a mí mismo con indignación y con cierto aire de altiva suficiencia intelectual.
Me fui a otro café y avancé solitariamente en mis reflexiones. Como tantas otras veces, me detuve a pensar en la actitud visionaria de los constituyentes de 1853, que incluyeron en el artículo 77 de nuestra Constitución histórica una cláusula según la cual el presidente de la República no podía ser reelegido "sino con intervalo de un período". Es sabido que en ese punto los autores de nuestra carta suprema se apartaron del modelo de la Constitución de los Estados Unidos, que permitía le reelección indefinida del presidente. Se ha dicho muchas veces que nuestros constituyentes tuvieron en cuenta ciertas deformaciones propias de la tradición cultural hispanoamericana -el caudillismo, el caciquismo, el personalismo desenfrenado- y consideraron que en un país como la Argentina era conveniente prohibir la reelección inmediata del presidente. La Convención Constituyente respetó en ese punto, como en tantos otros, la propuesta de Alberdi, quien consideraba desaconsejable que un jefe de Estado presidiera los comicios en los que él mismo fuera candidato. Decía el autor de las Bases, en apoyo de su posición: "El presidente tiene siempre medios de hacerse reelegir y rara vez deja de hacerlo".
Lo que la historia nos deparó después es conocido. Al abrigo de las presidencias históricas de Mitre, Sarmiento, Avellaneda y Roca, la Argentina se convirtió -en la segunda mitad del siglo XIX y en los comienzos del siglo XX- en una República estable, dinámica y progresista. Quien ocupaba el sillón presidencial sabía de antemano que no podría perpetuarse en el gobierno. De ese modo, se afianzó en el país el saludable principio de la alternancia y la permanente renovación de los estadistas gobernantes.
La buena tradición se interrumpió en 1949 con el liderazgo excepcionalísimo de Juan Domingo Perón, que impulsó la reforma constitucional de ese año y determinó que se adoptara el régimen de la reelección indefinida del presidente. Casi medio siglo después, en 1994, se modificó una vez más la Constitución, como resultado del Pacto de Olivos, y se adoptó el régimen que reduce a cuatro años el mandato presidencial y autoriza la reelección inmediata del jefe del Estado por una única vez. Es el régimen que impera hoy en la Argentina. Por lo tanto, si Néstor Kirchner aspirara a una segunda presidencia consecutiva, ninguna norma constitucional se opondría a su deseo.
Gesto de madurez
Durante largo rato, seguí con mis cavilaciones solitarias. Pensé que los argentinos deberíamos replantearnos el tema de la reelección presidencial como una manera de impedir que el personalismo político continúe entronizado en el Estado. Tal vez convenga aclarar algo: no creo que el personalismo sea un factor negativo en la política. Al contrario: creo necesario que los principios y las ideas se encarnen en liderazgos personales robustos. Pero creo que el ámbito natural de acción de esos liderazgos no debe ser la función pública sino el partido político. Sueño con un país en el que los los liderazgos personales se diriman en el seno de los partidos políticos y no en el marco de las estructuras del Estado.
En un país donde los partidos políticos -notoriamente- han perdido influencia, estas reflexiones parecen exóticas. En la Argentina de hoy no existen fuerzas partidarias con verdadera capacidad operativa. No existe el oficialismo, pues el partido Justicialista es sólo una entelequia prestigiosa que sirve de marco para ganar elecciones, pero su presencia no se hace sentir casi nunca: jamás realiza elecciones internas ni debate nada. No existe tampoco la oposición, diseminada en un montón de fuerzas menores que no parecen en condiciones de disputar efectivamente el poder.
Creo que los argentinos deberíamos discutir serenamente estos temas, sin agravios ni asperezas, y considerar la posibilidad de volver a la sabia disposición de 1853 que vedaba la reelección inmediata. Pienso que podríamos hacerlo sin necesidad de modificar la Constitución. Bastaría con que la dirigencia celebrara un acuerdo o compromiso en ese sentido, del tipo del Pacto de la Moncloa. Con ese primer gesto de madurez le demostraríamos al mundo -y nos demostraríamos a nosotros mismos- que en algo hemos crecido como sociedad. Y que somos capaces de consagrar una cláusula por su puro imperio moral, como ocurrió en los Estados Unidos cuando Washington rehusó acceder a una tercera presidencia -a pesar de que la Constitución se lo permitía- y sentó así una norma moral que fue escrupulosamente respetada por sus sucesores durante mucho más de un siglo. Curiosamente, el más beneficiado por el cambio que sugerimos sería el propio presidente: el actual y los que eventualmente lo sucedieran. Sus decisiones serían auténticamente libres: ya no pesaría sobre ellos la necesidad de adoptar gravosas estrategias electoralistas. Imaginemos que Perón se hubiera ido del poder en 1952, completada su primera presidencia. ¿No habría sido diferente el destino político de la Argentina?
Esto era lo que yo deseaba debatir en una simple mesa de café. No pudo ser. Cuando retorné a mi reunión de amigos, encontré que se había desatado una gresca descomunal entre aquellos que exigían que Kirchner siguiera por mucho tiempo en la Casa Rosada y aquellos que deseaban sustituirlo cuanto antes por Jorge Sobisch, por Ricardo López Murphy, por Jorge Busti, por Luis Zamora o por la propia Cristina Fernández de Kirchner. Lo peor de todo es que yo mismo me encontré, de pronto, enrolado en uno de los bandos, gritando histéricamente y hasta propinando puñetazos.
Tal vez algún día alguien más sereno y más maduro que yo recoja la idea que había conseguido esbozar en mis reflexiones solitarias y consiga llevarla a la victoria.




