
La guerra de los rabinos
Los conflictos internos de los últimos años han alcanzado niveles de las más cruda violencia, como el asesinato de Yitzhak Rabin, hace algo más de dos años, hecho que dio el primer toque de alarma de una situación que amenaza la cohesión judía mundial.
1 minuto de lectura'
HACE unos días, con la esperanza de reconciliar posiciones en una desunión cada vez más dolorosa entre los judíos de todo el mundo, los jefes rabinos de Israel fueron convocados para que hicieran un sencillo gesto hacia sus adversarios no ortodoxos respecto de la cuestión de quién debería estar autorizado a realizar conversiones al judaísmo.
Sin embargo, los rabinos no pudieron siquiera resignarse a llamar a los otros movimientos por los nombres que usan: Reforma y Conservador. En cambio, su resolución condenó "a aquellos que no creen en la Tora (el Antiguo Testamento) de los cielos, y que tratan de debilitar los cimientos de la religión judía".
Los voceros de los movimientos Reforma y Conservador respondieron del mismo modo y calificaron esa resolución como de "declaración de guerra contra el pueblo judío" en la "lucha por la libertad de religión y de conciencia".
Hubo una época en que semejante cruce de palabras entre rabinos que representan a la principal autoridad religiosa de Israel y a los mayores grupos en la Diáspora habría hecho temblar de miedo a los judíos de todo el mundo. Sin embargo, el discurso de ese nivel se ha vuelto tan habitual que el primer ministro, Benjamin Netanyahu, felicitó a los jefes rabinos; su decisión -afirmó Netanyahu- "promueve un consenso nacional entre el pueblo judío y el Estado de Israel".
La controversia sobre la conversión no es la única cuestión acerca de la cual las discusiones entre los judíos subieron de tono hasta alcanzar un grado ensordecedor. Para desconsuelo de muchos judíos criados en la creencia de que el debate respetuoso es una de las principales tradiciones del judaísmo, cada vez más conflictos internos -teocracia o democracia, askenazi o sefardí, y por supuesto, izquierda o derecha en lo que respecta a la paz con los palestinos- alcanzaron en los últimos años niveles ásperos y a veces violentos, lo cual planteó una seria amenaza a la cohesión judía global, comprometiendo al gobierno israelí, y agobiando el sistema judicial local con permanentes confrontaciones entre la ley civil y los preceptos religiosos. La disciplina que los judíos adquirieron como minoría amenazada, según pareció a veces, se está desmoronando bajo el peso de un nuevo sentido del poder y la seguridad.
Para muchos israelíes, el asesinato del primer ministro Yitzhak Rabin, después de haber sido considerado un demonio entre los nacionalistas religiosos extremos que lo calificaron de nazi y de traidor, dio el primer toque de alarma urgente de que los antiguos debates se intensificaban hasta convertirse en luchas a muerte.
Esas imágenes apenas si se han disipado. Hace unos meses, a varios judíos no ortodoxos que trataban de realizar un oficio religioso en el Muro de los Lamentos les arrojaron excrementos. Un acoplado utilizado por judíos ortodoxos como yeshiva (escuela para religiosos) fue incendiado hace poco. Durante un debate público realizado días atrás en la universidad hebrea sobre el futuro de Jerusalén, numerosos manifestantes de extrema derecha profirieron insultos tremendos a los participantes, mientras que alguien le gritó a una provocadora de extrema derecha que había sido una lástima que los nazis no se hubieran encargado de ella.
La situación urgió a Naomi Chazan, una parlamentaria izquierdista, a ponerse de pie y advertir a todos los presentes: "Las palabras pueden matar".
Por supuesto, esas pasiones no se encienden de golpe. Baruch Kimerling, profesor de sociología en la Universidad Hebrea, afirmó que las contradicciones fueron intrínsecas a la creación del Estado judío: el conflicto del judaísmo estatal y la democracia, de la religión y el lacisimo, de dos personas que reclaman el mismo territorio, y de una nación dividida entre la cultura occidental y la oriental.
Lo que transportó los debates al nivel de conflictos -indican los académicos- es, paradójicamente, el propio éxito de Israel. En la medida que existían el gueto judío, el antisemitismo institucional o la guerra contra los árabes, las estrategias de supervivencia trazadas a través de los milenios impusieron una cohesión. Pero el nuevo Estado judío logró poder, seguridad y prosperidad incluso antes de resolver sencillamente lo que era, y las antiguas estrategias ayudaron muy poco una vez que la unidad dejó de ser un requisito existencial.
"Israel no puede ser simultáneamente una patria para los judíos y para un Estado judío", afirmó Moshe Halbertal, profesor de pensamiento judío en la Universidad Hebrea. Halbertal sostuvo que "una patria es un lugar donde todos los judíos se sienten a sus anchas, y tan pronto uno trata de crear un Estado judío, de legislar respecto del sábat , de adoptar un calendario judío, se topa con profundas discrepancias respecto de lo que significa ser judío".
El rabino Ismar Schorsch, director del Seminario Teológico Judío en Nueva York, una institución conservadora, expresó: "Esta es la primera vez en muchos siglos que los judíos han ejercido el poder, y tienen sin embargo que resolver una adaptación religiosa que refleje la existencia de un poder estatal. Todos sus modelos políticos provienen de acuerdos comunales y no nacionales. Y el fenómeno del pluralismo religioso es una experiencia muy reciente en el judaísmo".
Fuera del gueto
Escapar del gueto hacia la "normalidad" fue la misión que se propusieron los sionistas europeos. Y no sorprendentemente definieron esa normalidad a su propia imagen, como una sociedad seglar, colectivista, en la cual los judíos religiosos de la shtetl , con sus atuendos anticuados, sus trenzas o rizos a los costados de la cabeza y sus tabúes, desaparecerían naturalmente. David Ben Gurion, que fue el primero en ocupar el cargo de primer ministro de Israel y fue un socialista totalmente seglar, estuvo completamente dispuesto a ceder la arena religiosa a los ortodoxos, con la presunción de que tanto la arena como los ortodoxos desaparecerían.
Es ese arreglo o adaptación lo que ahora está en el ojo de la tormenta. Sin desaparecer ni mucho menos, los ortodoxos movilizaron sus armas tradicionales contra la asimilación y la represión -una profunda educación y familias numerosas- y la religión revistió mayor importancia a medida que Israel se convertía en el centro espiritual del judaísmo mundial. Paralelamente, mientras los hijos de los antiguos socialistas se convertían en liberales al estilo occidental, los ortodoxos abandonaron su rechazo inicial del Estado de Israel y se dieron cuenta de que la política les ofrecía una nueva y poderosa herramienta para alcanzar sus objetivos religiosos.
"Ambos convirtieron el antiguo status quo en algo esencialmente anacrónico", señaló el profesor Halbertal. "Ambos tienen que ver -añadió- con el éxito del Estado ya que los seglares empezaron a sentirse más cómodos y perdieron su ideología colectivista mientras que los ultraortodoxos dejaron de ser una comunidad que vivía exiliada en la tierra de Israel y, paradójicamente, se sionizaron ".
El cambio fundamental sobrevino en 1977, cuando el Likud quebró el monopolio del laborismo respecto del poder con una coalición que dependía sobremanera de partidos religiosos. En efecto, surgió una fuerza religiosa que sospechaba profundamente de las ideas occidentales referidas a la democracia, los derechos humanos y el pluralismo, y que se convirtió en la forjadora de la política israelí. Los judíos de la ortodoxia tradicional, a los que se sumaron los judíos sefardíes del norte de África, se volvieron cada vez más enérgicos a la hora de insistir en que el Estado judío fuese judío tal como ellos lo comprendían, con el acatamiento público del sábat convertido en algo obligatorio, y el acatamiento estricto de la ley judía en todos los rituales de la vida.
Sin alternativas
Los judíos seglares, que renunciaron a la religión frente a los ortodoxos, ahora se encuentran sin alternativa entre una total religión o nada de religión.
"Frecuentemente comento que sólo en un país como Israel una persona como yo podría ser considerada laicista ", advirtió Amnon Rubinstein, un ex ministro de Educación y miembro del partido Meretz, de tendencia izquierdista. "En los Estados Unidos, si fuese a una sinagoga de los movimientos Conservador o Reforma, o enviara a mis hijos a un jardín de infantes judío, nadie me señalaría y me calificaría de seglar por estar en contra de la hegemonía religiosa".
Esa propuesta de una alternativa moderna es precisamente lo que ha alimentado la controversia sobre la conversión. Los movimientos Reforma y Conservador hicieron en los Estados Unidos lo que los judíos israelíes no consiguieron hacer en Israel, es decir, crear una forma de judaísmo adaptado a una sociedad moderna multiétnica. Pero eso puso en tela de juicio los principios básicos de los fundamentalistas ortodoxos, que habían fomentado el aislacionismo a través de las épocas como la primera línea de defensa contra la asimilación.
Sin embargo, por más ásperos que sean los debates, algunos arguyen que ventilar esas cuestiones fundamentales acaso sea la "normalidad" propiamente dicha que los sionistas precursores buscaban, si bien en una forma que no previeron.
A los israelíes les llevó 50 años lograr la suficiente seguridad para resolver seriamente las contradicciones fundamentales entre su pasado y su presente, y por más vehemente que sea el proceso y por más profundas que sean las discrepancias, siempre encontraron la manera de seguir adelante.
Los rabinos ortodoxos que rechazaron el Estado judío en 1948 ahora participan fervientemente de las decisiones políticas, mientras que los sionistas seglares ahora realizan visitas de cortesía a los tribunales rabínicos.
Pero como demostró la cuestión de las conversiones, romper con los lazos de un pasado tan poderoso puede ser doloroso y violento.
"Siempre hubo una psicosis judía interna respecto de la posibilidad de que sobrevivamos", declaró el rabino Hartman. "Somos un pueblo -agregó- en constante agonía, una sociedad remanente que todavía se pregunta si podemos asumir la libertad en una sociedad pluralista. ¿Son necesarios la persecución y el gueto para la supervivencia, o podemos vivir en libertad?".
Por Serge Schmemann
(c)
La Nacion





