
Flandria, la ciudad-fábrica cuyo espítiru vive en una banda
Sigue en pie la formación musical Rerum Novarum, integrada por jubilados de la ex empresa textil de origen belga
En 1929, empujada por el primer impulso de sustitución de importaciones, nació cerca de Luján la Algodonera Flandria. Ocho años después, su dueño, Julio Steverlynck, fundó lo que para él sería uno de los más fuertes símbolos de su pueblo-industria: una banda de música. La llamó Rerum Novarum. Desde 1996, la Algodonera Flandria se convirtió en historia. Sus telares callaron. Sin embargo, la banda sigue soplando. Claro, los vientos pueden virar a huracanes.
A comienzos de los años veinte, la firma Stablissements Steverlynck exportaba telas hacia la Argentina desde sus fábricas de Bélgica. Cuando en 1923 el gobierno argentino, dando el primer impulso de lo que hoy conocemos como industrialización sustitutiva, arancela los tejidos importados y favorece la introducción de maquinarias, la empresa belga abre una filial en el país.
Como era corriente por aquellos días, los Steverlynck eligieron a uno de sus hijos, Julio, para que se hiciera cargo de la nueva empresa: Algodonera Flandria.
Moldeado en el capitalismo belga, que por esos días estaba más cerca de un feudalismo campesino que del industrialismo humeante de las chimeneas de Manchester, don Julio más que una fábrica quiso construir "una comunidad relativamente aislada de las áreas urbanas en donde predominaran las relaciones de cooperación entre patronos y obreros y donde se evitaran las consecuencias negativas que habían acompañado el desarrollo de la industria en los países con capitalismo más avanzado", contó a La Nación Mariela Ceva, historiadora y docente de la Universidad de Luján. También, seguramente, alejada del fantasma rojo que había vivido en Europa.
Quiso desarrollar una empresa paternalista inspirada en los principios del catolicismo social, buscando poner en práctica las bases que el papa León XIII plasmó en la encíclica Rerum Novarum . También en la Quadragésimo Anno .
Telares en el campo
Con todo ello llegó Steverlynck a Jáuregui en 1928. Venía de un país que había tenido fuertes crisis de identidad (Bélgica fue parte de Francia hasta 1815 y, entre dicha fecha y 1830, formó parte de los Países Bajos), por lo tanto sabía que lograr un sentido de pertenencia entre los trabajadores de Flandria era algo primordial. ¿Cómo hacerlo?
Una forma fue la segregación residencial. Así, se lanzó a levantar el pueblo-fábrica en Jáuregui, donde sólo había un viejo molino y la estación de tren. Otra fue aplicar el molde que él tenía bien arraigado: el paternalismo. No hay que olvidar que provenía de una empresa familiar formada en un naciente capitalismo, con sesgo feudal campesino. Paternalismo que, como lo explicaría por esos días Freud, está montado en la internalización de la ambigüedad entre dependencia y afecto que surge en la primera relación social: la relación con el padre.
Por cierto, en la Argentina de finales de los veinte, encontrar un obrero textil calificado era tarea de cíclopes. Así, Steverlynck le abrió las puertas de la fábrica a gran cantidad de inmigrantes españoles e italianos. Toda gente que había dejado sus raíces. Gente que venía a "hacer la América". Mejor, ¿por qué no?: a hacer la Flandria.... Pero, como la gente trabajando se hace, de los telares no sólo salieron telas, como se verá, también salieron "hombres de Flandria".
La política social fue otra de las formas elegidas por Steverlynck para que ese villorrio se convirtiese en el pueblo que llegó a ser en los sesenta, donde 2000 de los 10.000 habitantes trabajaban en Flandria. Ceva, que lo sabe bien ya que no sólo vive en Jáuregui, sino que además su padre entró en la fábrica en sus comienzos, cuenta que dicha política consistía en el pago de salarios altos y el reconocimiento de una serie de derechos sociales -como las ocho horas, el salario familiar o la licencia por casamiento y maternidad-. Todo antes que se legislara sobre ellos. Pero, sin duda, el mayor beneficio que se ofrecía a los trabajadores era la posibilidad de acceder a una vivienda propia.
Símbolos
Pero la identidad no sólo nace del paternalismo, el trabajo y las mejoras sociales. Hacían falta símbolos, instituciones. Entre 1930 y 1945, Steverlynck fundó dos parroquias, una cooperativa obrera, un colegio, una biblioteca, un teatro, un club de ciclismo y un club náutico. En 1941, los trabajadores crearon el club de fútbol Villa Flandria.
Pero hay una institución en la que don Julio puso todo su corazón: la banda Rerum Novarum. Según Ceva, cuando en 1937 se le ocurrió formar una banda, "era una forma de tirar puentes hacia su Bélgica natal. Ya que las fábricas de su padre habían tenido bandas similares". Tal fue la búsqueda de lazos con el origen, que trajo a Pablo Kinderman, un maestro de música que había tocado en la banda paterna.
Por aquellos días, Américo Alvarez, con sus 12 años, batía el parche de su joven tambor en la Banda Municipal de Luján. Luego vino el tiempo del trabajo en los telares de Flandria. Así, 1937 lo encontró con 16 años y enrolado en la banda Rerum Novarum.
Hoy, con sus frescos 80 años, recuerda que, de los 55 músicos que tenía la banda en sus comienzos, la mayoría eran inmigrantes. Así, el 25 de mayo de 1937, día del debut de la formación musical, sólo cuatro supieron tocar el Himno Nacional.
"¿Qué significaba la banda para don Julio?", le preguntamos a Ceva. "La banda era lo que le permitía traspasar las fronteras de la patria chica, como él decía. Era la que llevaba, más allá de pueblo, los valores de Flandria. Eran sus abanderados".
¿Abanderados de qué? Sin duda de la concepción que Steverlynck tenía del mundo, del trabajo. Sólo tocaban obreros o hijos de obreros.
Así, como recuerda José Chiurco, que con 74 años ya lleva 63 en soplar su bombardino en la Rerum Novarum, tocaron en el Luna Park, en los seis días de ciclismo. También lo hicieron para Perón, el papa Juan Pablo II, los reyes de Bélgica.... Claro está, además tocaban todos los fines de semana en los bailes que se armaban en el pueblo.
Llegan los muchachos
Claro, nada es eterno. A mediados de la década del cuarenta el proyecto de fábrica-pueblo se vio invadido por una fuerza desconocida: el peronismo. "La irrupción del peronismo en la escena nacional y el avance de la sindicalización modificaron las relaciones entre los trabajadores y la empresa", contó Ceva.
Era lógico, la identidad del "hombre de Flandria" chocaba con la naciente subjetividad peronista. Así, las barreras levantadas por Steverlynck no alcanzaron. Hubo algunos paros. Ceva trae a colación algunos importantes: los de 1945 y de 1952. Por esos días, para contrarrestar la acción del sindicalismo, Steverlynck promovió la instalación de los Círculos Católicos de Obreros y la Juventud Obrera Católica. Obviamente y más que nunca, la banda seguía: sirvió para recibir a Perón en una de sus visitas a la basílica de Luján.
En el conflicto de Steverlynck con el peronismo se "combinaron elementos políticos e ideológicos, confrontándose dos modelos muy diferentes de organización social y concepciones diversas acerca de la justicia social. El proyecto de Steverlynck tenía un fuerte contenido tradicionalista y religioso y se veía amenazado por la irrupción del Estado en el mundo del trabajo", explicó Ceva.
De todas maneras, la convivencia con el peronismo no fue muy traumática. El principal gremialista de Villa Flandria fue socio del Círculo Católico.
Huracanes
"La caída de Flandria se inició en 1975, con la muerte de don Julio. A eso se suman las inundaciones de 1985 y 1987 que econtraron a la fábrica sin seguro", dijo Ceva.
Lo cierto es que en 1989 la fábrica entró en convocatoria de acreedores. También, por ese año, subió a la presidencia Carlos Saúl Menem, que llega escondido bajo la piel de un Perón, con el discurso paternalista del peronismo: salariazo y revolución productiva.
Claro, pocos meses después se despojó tanto de la piel como del discurso. Más aún logró desarmar la articulación que quedaba entre justicialismo y trabajo.
Tras 10 años de Menem, la industria cayó en una debacle, la textil fue una de las más golpeadas. Según la Encuesta Permanente de Hogares, en la Capital Federal y el Gran Buenos Aires, en 1991, el 14% de la fuerza laboral no tenía empleo o trabajaba pocas horas. En el 2000, ese índice ascendía a 29,2 por ciento.
Y Flandria no fue la excepción. Tras la quiebra, cerró sus puertas definitivamente en 1996.
La banda Rerum Novarum tuvo más "suerte" que las otras instituciones del pueblo. "Nos salvamos de la quiebra ya que era patrimonio de don Julio. El 50 por ciento de los instrumentos y parte de los uniformes son de la familia Steverlynck y la otra mitad de los músicos", señaló Chiurca, acariciando el bombardino.
¿Cómo se sostienen? La ayuda de la fábrica cesó en 1992. Allí los apuntaló la solidaridad del pueblo. Además, empezaron a cobrar un pequeño cachet por actuaciones en fiestas, countries , etcétera.
También, desde 1994, Coprotur, una cooperativa de turismo de la ciudad de Luján, "nos da mensualmente una suma para ayudarnos y una vez por mes tocamos frente a la basílica", comentó Alvarez. Añadió que la municipalidad hizo un acuerdo para darles un subsidio y la banda toca donde los envíen. Sin embargo, hace seis meses que la ayuda no llega. "Nos están manoseando", dice con bronca.
Volviendo al comienzo, la banda, para Steverlynk, era un símbolo. Con todas las salvedades que merece el paternalismo religioso instaurado en Flandria, ¿no se la podría ver, también, como el signo de un país industrial que quiso y no fue? La fábrica, se vio, sucumbió bajo el peso del capitalismo financiero. Y cuando la Rerum Novarum toca una pieza, es todo lo contrario, es cooperación. Como lo fue la industria donde nació. Para más, buena parte de los 28 músicos actuales son jubilados de Flandria. Representantes vivos de la pasada "era industrial".
La banda, ¿deberá sucumbir como se hundieron las ilusiones de una Argentina más industrializada, mas equitativa? Los símbolos cuentan. No los dejemos en banda.