
Fantasmas de un pasado ominoso
Por Osvaldo Guariglia para La Nación
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El jueves 20 de mayo, las Brigadas Rojas, de triste memoria, hicieron su sangrienta reaparición en el escenario político de Italia. El profesor universitario y asesor del Ministerio de Trabajo, Massimo D´Antona, fue asesinado ese día de varios disparos por un grupo de jóvenes sicarios que lo esperaban a la salida de su casa.
D´Antona no había sido escogido al azar: pese a ser un desconocido para la opinión pública, fue el arquitecto de la concertación social entre los grandes grupos sindicales y el gobierno del Olivo, a la que se ha debido en gran parte el éxito económico y político del primer ministro Prodi y luego de D´Alema. Como señaló en su comentario editorial del 22 de mayo el diario madrileño El País , la muerte de D´Antona reproduce exactamente el mismo patrón que las Brigadas Rojas de los años 70 empleaban al escoger sus víctimas: personas poco conocidas pero con importantes trayectorias y funciones tanto en el gobierno como en los sindicatos.
El asesinato vino a culminar una campaña de pintadas, ataques persistentes y hasta atentados incendiarios contra sedes del Partido Democrático de la Izquierda, so pretexto de la participación italiana en los bombardeos de la OTAN a Serbia.
Aunque la reacción del primer ministro, D´Alema fue inmediata e insistió en que los años de plomo no se repetirían en la Italia actual, con una situación económica, social y política bien diferente de la de los años 70, hay ciertas analogías que no dejan de ser alarmantes.
El enemigo socialdemócrata
En efecto, si bien en la década del 70 existía un estado de extrema tensión por la existencia de un movimiento neofascista y de grupos golpistas infiltrados en el aparato de seguridad del Estado, también es cierto que el blanco elegido por los brigadistas fue el gobierno de apertura de centroizquierda liderado por Aldo Moro, que terminaría siendo inmolado en esa escalada de irracionalidad y violencia. El enemigo declarado de las Brigadas Rojas era, por sobre todo, el ala izquierda de la democracia cristiana, el Partido Socialista y el eurocomunismo, es decir, el mismo conjunto de partidos de orientación socialdemócrata que hoy se reúnen en la coalición que gobierna a Italia.
Las razones de tal elección son claras: las Brigadas Rojas de los años 70 y las de reciente aparición se presentaron y siguen presentándose a sí mismas como los verdaderos representantes del marxismo-leninismo y su más eficaz instrumento de lucha en Italia, una afirmación que, desafortunadamente, tuvo el respaldo del líder de Refundación Comunista, F. Bertinotti, que subrayó la justeza de las "críticas" al gobierno D´Alema en el comunicado que hizo llegar al diario Il Mesaggero luego del atentado. Y ya se sabe que, desde la fundación de la Tercera Internacional por parte de Lenin y Stalin, el enemigo número uno de la ultraizquierda antidemocrática ha sido siempre el mismo: los partidos y movimientos socialdemócratas. El derrumbe del comunismo en Europa oriental no parece haber cambiado en nada la orientación ideológica de estos grupúsculos terroristas.
Como si la globalización no involucrara solamente a los movimientos internacionales de los capitales en los mercados financieros sino que se extendiera también de modo creciente a los fenómenos políticos, la ultraizquierda ha hecho en las últimas semanas una ominosa reaparición en la revuelta escena política argentina.
En la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires se llevó a cabo un paro no docente impulsado por fuera del correspondiente gremio, Apuba, por el saliente delegado gremial. A la toma de la Facultad impulsada de esa forma se sumaron luego los grupos de ultraizquierda que conformaban las mayoría del centro de estudiantes, los que dieron rienda suelta a su verdadera naturaleza violenta, hasta entonces contenida por las circunstancias poco propicias para ese tipo de manifestaciones entre la inmensa mayoría de los estudiantes.
Durante varios días, esta concordancia de grupos antidemocráticos tanto del gremio como de los estudiantes pretendió llevar a cabo un verdadero golpe contra las autoridades legal y legítimamente constituidas de la Facultad, su Consejo Directivo y su decano, ejecutando toda clase de desmanes contra muebles e instalaciones de la institución. De hecho, los profesores que éramos estudiantes o recientes graduados en 1965 nos vimos enfrentados a viejos fantasmas del pasado: las acciones de grupos estudiantiles radicalizados que aquel año forzaron la renuncia del decano más emblemático del pensamiento de la izquierda democrática que ha tenido la Facultad, José Luis Romero.
Con la ley en la mano
Muchos de los líderes estudiantiles de esos grupos fueron luego ideólogos y militantes de nuestra propia versión de las Brigadas Rojas, cuyo blanco era, en primer lugar, el derrocamiento del gobierno que, por sus ideas y por la oportunidad social e histórica con la que se encontraba, puede decirse que fue el único de la Argentina con un pensamiento y una acción auténticamente socialdemócrata en el presente siglo: el de Arturo Umberto Illia.
A mi juicio, existe una única conclusión de estos episodios vernáculos: de la misma manera que las reaparecidas Brigadas Rojas apuntan al gobierno socialdemócrata de D´Alema, los grupos ultras que por ahora se dedican al terrorismo ideológico en la Universidad de Buenos Aires no apuntan, como la movilización de los estudiantes de la FUBA, los no docentes de la Apuba central y los profesores y egresados de la UBA, contra las injustas maniobras presupuestarias del agonizante gobierno del presidente Menem, sino que se preparan para dar una encarnizada y violenta batalla contra el posible gobierno de la Alianza, de la misma manera que lo hicieron a partir del año 1987 contra el gobierno de Raúl Ricardo Alfonsín.
La Universidad de Buenos Aires debe estar atenta a la acción destructiva de estos grupos facciosos y marginalizados, que utilizan sus estructuras institucionales democráticas para minarla por dentro y distorsionar por completo sus fines. Debe, por lo tanto, la UBA, encontrar los medios para poder defenderse, con la ley en la mano, de estos aviesos ataques. © La Nación





