
Evita guevarizada y los derechos humanos
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Uno de los grandes malentendidos de la historia argentina del siglo XX es el de Evita guevarizada. La asimilación iconográfica de Eva Perón con la del Che Guevara. Se puede apreciar un vestigio de esa confusión en cualquier momento. Basta con levantar la vista en la Avenida 9 de Julio, donde el intercalado edificio de Obras Públicas interpela a los urbanistas. A los gigantes murales de acero, de 31 metros por 24, Cristina Kirchner los mandó hacer en 2009 por teléfono desde La Habana. Acababa de reunirse con Fidel Castro y se alistaba para volar a Caracas para encontrarse con Hugo Chávez. La presidenta le ordenó a Oscar Parrilli que sin demora hiciera confeccionar una efigie de Eva Perón (después fueron dos) exactamente igual a la que en la Plaza de la Revolución, sobre el frente del Ministerio de Industria cubano, homenajea al Che Guevara.
La falacia de que fueron coetáneos ambos personajes míticos -los argentinos muertos más conocidos en el mundo aparte de Maradona-, la consagraron como divertimento hace ya casi medio siglo Andrew Lloyd Weber y Tim Rice en el exitoso musical Evita (1978), luego una película protagonizada por Madonna. Gracias a esa licencia literaria, “Che” (sin artículo) y Evita interactuaban en el escenario. El estreno del musical enardeció al peronismo, pero con el tiempo el disgusto decreció.
Rice se había inspirado en una biografía de Eva Perón escrita en los años cincuenta por Mary Main, La mujer del látigo. Antiperonismo rústico segregado por el modelo de propaganda de la Revolución Libertadora. Un texto, además, plagado de errores históricos.
La realidad es que Eva Perón, nueve años mayor, nunca en su vida escuchó hablar del Che Guevara. Cuando ella murió, el 26 de julio de 1952, el veinteañero Ernesto Guevara Lynch de la Serna era un ignoto lavacopas temporario que en Miami juntaba plata para volver a la Argentina y recibirse de médico después de haber recorrido América latina. Arribó a Buenos Aires en agosto. Justo para el final de los funerales de Eva Perón, que duraron 16 días. Todavía faltaban seis años y medio para que él conociera Cuba y para que el mundo lo conociera a él.
Pero lo sustancial, claro, no es el desfase cronológico sino las disonancias ideológicas, con el tiempo trastocadas mágicamente en una confraternal mancomunión revolucionaria. Base, al cabo, de la amalgama que hoy luce el peronismo kirchnerizado del siglo XXI, peronismo autopercibido progresista, empático con la izquierda contestataria, su ocasional compañera de barricada. Trotskistas, marxistas, gramscianos. Alguien en algún momento consiguió el milagro de que los sucedáneos sindicales de la ortodoxia peronista fervientemente anticomunista, los herederos de Vandor, Rucci, Lorenzo Miguel, abracen la bandera de los derechos humanos, no los derechos humanos universales, no los auténticos, sino la versión tuneada que viene de fábrica con reivindicación de la juventud maravillosa y espejo retrovisor gigante, pero difuminado. Plasticidad originaria: exalbertistas, exmenemistas, exduhaldistas, y si se quiere ir más atrás, eximpulsores de Italo Luder, el candidato del PJ que proponía consagrar la autoamnistía del general Bignone. Ex exces se podría decir si la RAE lo permitiera.
El Che y Evita tuvieron en común, además de muertes tempranas que contribuyeron a mitificarlos, extraordinario predicamento sobre varias generaciones. Y sus estelas todavía hacen olas no exentas de nostalgia. Una trascendencia inigualable. Pero, digámoslo de una vez, el Che, marxista, y Evita, fanática de Perón, santa laica, objeto impar de veneración popular, siguieron dogmas y desarrollaron pensamientos, ideales y formas de liderazgo por completo diferentes.
La idea de que una Evita revolucionaria anhelaba “la patria socialista” no fue otra cosa que una refacción de la historia que hizo el peronismo combativo en los años setenta para compensar el conservadurismo nato de ese general prestidigitador por quien la militancia ofrecía dar la vida al pie de cada pronunciamiento. Condensado en el slogan “si Evita viviera sería montonera”, el “evitismo” surgió para purgar, quizás, la tensión procedente del fracaso de la arrogante presunción de que las organizaciones armadas le torcerían el brazo a Perón. Lo cual alcanzó el clímax, un clímax dramático, cuando los Montoneros asesinaron a Rucci y produjeron el efecto contrario al que pretendían. Ahí germinó en la cabeza del líder la Triple A.
La fantasía revolucionaria de la patria socialista se esfumaba, aunque los ultramilitarizados Montoneros no acusaban recibo. Cuesta creerlo, pero en 2022, transcurrido medio siglo de los hechos, el sobreviviente de la cúpula montonera Fernando Vaca Narvaja todavía interpretaba sobre la tarde en la que el líder los trató de estúpidos e imberbes: “nadie nos echó de la Plaza, el pueblo se fue solo”. Más tarde, explicaba Vaca Narvaja, “Perón se dio cuenta de su error”.
En los tempranos setenta la patria socialista no tenía como modelo antagónico a un Videla (al que casi nadie conocía; Isabel Perón aún no lo había escogido para comandante en jefe del Ejército). ¿Quién era entonces el enemigo? “La patria peronista”. La ortodoxia sostenida por Perón, en la que descollaba la “burocracia sindical”, decían los del llamado sector combativo. Por esa época a la interna peronista se la tramitaba con morteros, granadas de mano de elaboración propia, pistolas 45, ametralladoras, fusiles, amonal, explosivo plástico, en fin, trotyl.
Un primer malentendido ya había sido plantado por Perón cuando, tras convalidar el asesinato de Aramburu, manipuló a las “organizaciones especiales” para que acicatearan con armas y bombas al gobierno militar de Lanusse, envalentonamiento que no tendría marcha atrás. Perón volvió del exilio como “león herbívoro”, dijo él. Quería pacificar el país. Pero se murió sin conseguirlo. Su desaparición nueve meses después de asumir la tercera presidencia agravó las cosas, que ya eran bastante graves.
Tal vez no se le haya prestado suficiente atención al difuso e inorgánico vínculo de los Montoneros con el peronismo. Una clave que quizás merece ser más estudiada.
En una oportunidad le preguntaron al histórico apoderado del PJ, Jorge Landau, un hábil y prestigioso dirigente peronista fallecido en 2021, qué opinaba sobre el asesinato de Aramburu. Landau justificó el hecho, dijo que no había que juzgarlo con los parámetros de hoy debido a que había sido parte de la violencia naturalizada anterior a 1983, y luego explicó: “Discrepábamos con los Montoneros porque creíamos que el peronismo debía ser conducido solo por Perón y no por una elite armada. Pero los Montoneros eran compañeros nuestros y había que pelear porque estuvieran dentro del peronismo. No coincidíamos en el método, pero teníamos los mismos objetivos”.
La narrativa edulcorada de la fusión de Evita con el Che quizás ayudó a pulir la realidad, a enmascarar el pasado sangriento, acciones difíciles de explicar aun en el marco de una guerra revolucionaria como el asesinato de soldados, agentes, incluso niños, contrasentidos como el combate de una guerrilla peronista a un gobierno peronista. El culto de la violencia inseparable del culto a la muerte, dice Pablo Giussani en Montoneros, la soberbia armada.
¿No será ese vínculo parte del problema que ha tenido en 49 años la democracia para procesar el entuerto hoy sin salida de los derechos humanos? Entuerto que acaba de sumar un nuevo capítulo con un video oficial no precisamente lustroso, que como bien analizó ayer el intachable excamarista Ricardo Gil Lavedra repite los argumentos de los abogados defensores en el juicio a las juntas. Es decir, los abogados de Videla, Massera, Agosti, Viola, Lambruschini, etcétera.
¿Sería posible alcanzar un consenso colectivo condenatorio de las atrocidades de la represión ilegal de la dictadura reconociéndose que nada puede ser peor que el terrorismo de estado, sin que ese enfoque obture una revisión cuanto menos política del papel retrógado, eventualmente criminal, de las organizaciones guerrilleras? La respuesta parece ser no. Semejante revisión comprometería al peronismo, un movimiento acostumbrado a los giros ideológicos y, esto va de la mano, sin gimnasia de autocrítica.
La oportunidad, hay que reconocerlo, no invita a estrenarse. El peronismo, que ya le impuso al país tres políticas totalmente distintas de derechos humanos (las del boicot a la Conadep, los indultos de Menem y la revitalización de los juicios a militares junto con la partidización de los derechos humanos de Kirchner) necesitaría para ser honesto reconocer su papel en el desarrollo de la lucha armada y en la plantación del terrorismo de estado. Nada menos.
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