
Enseñanzas de los clásicos
Alicia en el país de las maravillas y El mago de Oz son obras maestras de la literatura. Como todo clásico, tienen vigencia perenne: detrás del velo de un cuento para niños, rebosan lecciones para tiempos sísmicos como los que viven la Agentina y y el mundo. El eje de la trama en ambos es común: los protagonistas son empujados a un mundo paralelo y actúan en una realidad virtual; descubren los encantos del corto plazo, pero terminan comprendiendo que lo efímero extiende sus consecuencias más allá del acto, proyectándose al largo plazo, indefectiblemente. Todos ansían salir de una realidad tergiversada que no terminan de comprender.
Se habla de degradación institucional. Muchos culpan a la vieja política, que no supo dar respuestas. Quieren soluciones aquí y ahora, sin importar los límites del sistema. El problema es que, como en Alicia y El mago de Oz, el mundo virtual y el real tienen tiempos distintos: en uno domina el corto plazo histórico; en el otro el largo. También, como en los cuentos, uno tiene la ilusión de las soluciones mágicas sin costo. Lo que estamos viviendo es mucho peor. Es la preponderancia del mundo virtual, del corto plazo, imponiéndose al real, en el que priman las instituciones, y su funcionamiento depende de dos elementos: el consenso como dispositivo central en el proceso decisorio y el largo plazo histórico como fin, en el convencimiento de que es el único modo de crear estabilidad jurídica y económica que garantice la previsibilidad social.
Las sesiones de días pasados en la Cámara de Diputados han mostrado legisladores de escasa formación, que tienen el ojo puesto en la cámara de sus teléfonos más que en el proceso legislativo. Alicia y El mago han tomado el Congreso, es un stand up show permanente. No importa el proceso mayéutico de debate que lleva a la formación de un consenso (un sentir común, en su etimología), sino la respuesta a un grupo de seguidores en las redes, ávidos de hechos efectistas. Trompadas, un carnaval de agua y palabras. El Congreso devino un Gran Hermano.
La política ha sido tomada por la perentoriedad, de allí el desconcierto general. Qué viva el poder de lo efímero es el estandarte. Pero empiezan las consecuencias: cortamos la obra pública porque se necesitaba recortar el gasto público aquí y ahora; pues bien, sobrevinieron los cortes de luz y Bahía Blanca; designamos jueces en comisión, y ya soplan vientos de inestabilidad grave en el otro poder del Estado que era la esperanza de estabilidad ante estos avatares. Aprobaron un préstamo del FMI sin conocer ni montos ni condiciones, en medio de discusiones hilarantes. Podrían seguir los ejemplos, en un listado cada vez más preocupante.
Un gran economista dijo que el largo plazo no importa, porque estaremos todos muertos. Linda falacia que permitió años de populismo de izquierda. La respuesta es de otro economista: en la vida se puede hacer cualquier cosa, menos evitar las consecuencias. Podríamos aprender de una vez que no hay ábrete sésamos ni varitas mágicas. Alicia y Dorothy se dieron cuenta, Muchos no leyeron esos libros. Una pena, son clásicos de la literatura llenos de lecciones. No es cuestión de vieja ni nueva política: faltan política y políticos en serio.

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