
En busca de Winston Churchill
Por Diego Ramiro Guelar Para LA NACION
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El 30 de septiembre de 1938, Neville Chamberlain, primer ministro inglés, bajó del avión que lo traía de Alemania. Blandiendo en la mano el Pacto de Munich, que venía de firmar con Adolf Hitler, afirmó exultante: "Creo que es la paz para nuestra época. Váyanse a casa y duerman bien y tranquilos".
Estaba equivocado. El ejército alemán ocupó primero Praga y, el 1° de septiembre de 1939, Polonia. Era el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Chamberlain declaró la guerra el 3 de septiembre.
Inglaterra no estaba preparada para el conflicto. Alemania ocupó prácticamente toda Europa (Italia era su aliada; España y Portugal declararon su "neutralidad"). Las derrotas en Dunkerque y en Noruega forzaron la renuncia de Chamberlain después del infructuoso intento de organizar un gobierno de unidad nacional con los laboristas.
El rey Jorge VI convocó entonces al líder de la fracción minoritaria del Partido Conservador, Winston Churchill, a formar gobierno. El 10 de mayo de 1940 juró como primer ministro, encabezando un gobierno de unidad nacional.
Sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas
No hubo elecciones generales; el estado de guerra y los peligros que enfrentaba Gran Bretaña exigían medidas excepcionales para afrontar la dramática situación.
Churchill afirmó que sólo podía prometer "sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas" (es curioso cómo en la Argentina hemos vulgarizado una versión de esta frase eliminando la palabra "esfuerzo").
En sus memorias, confiesa: "Me sentía como si estuviera caminando con el destino y que toda mi vida anterior no hubiera sido sino una preparación para este momento y esta prueba".
Cinco años después, llegaría la rendición incondicional de Alemania, y nadie dudaba de que el gran arquitecto de la victoria era ese bajito gruñón, empedernido fumador de cigarros, pintor paisajista, soldado y publicista llamado Sir Winston Churchill. Sin embargo, en las primeras elecciones generales desde 1937, convocadas para el 5 de julio de 1945, sería el Partido Laborista el que triunfaría por una aplastante mayoría, que lo llevaría a elevar su representación parlamentaria de 154 a 393 diputados en la Cámara de los Comunes. Sólo en 1951 podría ganar el Partido Conservador las elecciones generales, y volver Churchill a la jefatura del gobierno.
Del episodio pueden extraerse varias interesantes conclusiones:
- Los desafíos de la historia no coinciden muchas veces con el cronograma electoral, más allá de lo consolidado que sea el sistema democrático.
- Un político con cintura política y sentido de la oportunidad puede esperar su oportunidad electoral al margen de las necesidades e imperativos de su tiempo, pero el que queda grabado en la memoria de su pueblo es el que enfrenta la adversidad y logra vencerla.
- Cuando el sistema político y económico enfrenta una alteración excepcional, el unir esfuerzos no afecta la alternancia democrática, sino que, por el contrario, es la condición necesaria para restablecer los pilares de la convivencia civilizada democrática y así volver a la "normalidad institucional" una vez superado el período de crisis.
Un gobierno de unidad nacional
El resultado electoral del 14 de octubre próximo es, en sustancia, previsible. No es necesario proyectar guarismos ni porcentajes. Está claro que la mayoría de los candidatos que van a ganar (de la oposición o de la Alianza) tienen profundas diferencias con el rumbo actual del Gobierno. Esto indica que lo que hoy es débil será, después del 14, lisa y llanamente inexistente.
Los ejemplos para resolver esta situación abundan en el mundo, y muy concretamente en países vecinos que vienen enfrentando crisis semejantes a la nuestra con notable habilidad y resultados evidentes. Fernando Henrique Cardoso lidera en Brasil una alianza de cuatro partidos que abarca desde la centroizquierda hasta la centroderecha. Jorge Batlle encabeza en Uruguay una coalición de dos partidos, colorados y blancos, que han llegado a los mayores enfrentamientos históricos desde la independencia. Ricardo Lagos conduce en Chile un frente en el que conviven socialdemócratas y socialcristianos, integrantes de las dos internacionales que compiten por el poder en la Unión Europea.
Es importante destacar que un gobierno de unidad para enfrentar una crisis no es un gobierno de unanimidad: es la necesidad de juntar eficacia ejecutiva, mayoría operativa y coherencia programática para tomar decisiones de corto, mediano y largo plazo que cuenten con respaldo y credibilidad para propios y extraños y rompan el círculo vicioso de depresión-desinversión-desocupación-desesperanza.
Los dirigentes irán a la cabeza de su gente o la gente irá por la cabeza de los dirigentes.





