
El sonido que desafió a Thatcher y quiso derrumbar la Casa Rosada
Signos inevitables de la propia adultez: la música que escuchábamos cuando éramos jóvenes, la ropa que usábamos, vuelve a ponerse de moda... pero entre los adolescentes de hoy. El punk, por ejemplo: ¿qué hacen, de repente, por la calle, todos esos chicos con remeras de Ramones? ¿Cómo llegaron los logos de bandas como Sex Pistols y The Clash a ser estampadas en prendas que se venden en las tiendas de los diseñadores más exclusivos? ¿Cuándo fue que el punk, la revolución más importante de la cultura rock de la segunda mitad del siglo XX, murió definitivamente? ¿Cuando se separaron los Sex Pistols, cuando su estética (cueros, tachas, alfileres de gancho, borceguíes, pelos teñidos, crestas, iconografía revulsiva) se extendió a los desfiles de moda o cuándo la anarquía y el caos terminaron siendo valores positivos, apropiados por el mercado y vendidos en dosis de rebeldía enlatada?

Algunas décadas atrás la palabra punk era un insulto: significaba sucio, basura, vago o idiota. También maricón, cuando la homosexualidad era condenada o equiparada a una afrenta. Después, gracias a un cambio en el zeitgeist y a su debida torsión semántica, el insulto pasó a ser vivido con una suerte de orgullo marginal. En 1975 apareció en Nueva York el fanzine Punk, y desde entonces el término se utilizó como sinónimo del género musical que inventó un sonido nuevo (en realidad un no sonido incubado en la velocidad, la suciedad, la distorsión y la violencia) y a su vez fundó, si no una ideología propia, una manera de vivir basada en conceptos como el "do it yourself" y el "no future". Todo esto es historia conocida y alguien puso el mojón en 1977, exactamente 35 años atrás, cuando el punk terminó de estallar en una Inglaterra pauperizada en la que la figura de Margaret Thatcher crecía (hasta alcanzar en 1979 la primera magistratura) y los jóvenes vagaban hambrientos y malhumorados por las calles de Londres.
Hay varios libros que cuentan cómo algo que nació en Nueva York a mediados de los 70 llegó a Inglaterra y a fines de la década se exportó al mundo: Por favor mátame (Legs McNeil y Gillian McCain), La historia del punk (Phil Strongman) y Rastros de carmín (Greil Marcus) son sólo algunos de ellos. La exhibición Rock Seen, del fotógrafo Bob Gruen, que cerró sus puertas ayer en el Centro Cultural Borges, ofrecía una magnífica muestra de lo que fue la escena punk a ambos lados del Atlántico. Para los que no llegaron a verla, hay otra manera de indagar visualmente en ese habitus tan fecundo para la cultura rock: acaba de llegar a las librerías argentinas Punk Pioneers. When punk was fun, publicado en 2008 por Jenny Lens, tal vez la fotógrafa que más y mejor vivió el estallido del ethos punk en los Estados Unidos. Lens captó a varios de los personajes que componían el ambiente (Dee Dee y Joey Ramone, Iggy Pop, Patti Smith, Debbie Harry, Johnny Rotten) en el momento inmediatamente anterior a convertirse en celebridades (y en varios casos en adictos terminales), y es por eso que logró retratarlos como lo que eran: chicos de veintipocos, a veces autodestructivos, otras casi candorosos, aturdidos y llenos de una energía desbordante.
El punk desembarcó en la Argentina a fines de los 70 de la mano de un joven de clase acomodada llamado Pedro Braun, que había viajado a Londres en 1976 con su familia y a su regreso se rebautizó como Hari B. En 1977, Hari B escribió una carta a la revista Pelo donde se autodefinía como "el primer punk argentino". Más tarde, mientras estudiaba Administración de Empresas en la Universidad de Belgrano, formaría una banda llamada Los Testículos, que con el tiempo se transformaría en Los Violadores, la agrupación más longeva y famosa del punk en América Latina. Los Violadores empezaron a tocar en 1981 y editaron su primer disco en 1983. Pero el trabajo que inaugura el género en la Argentina es en verdad Derrumbando la Casa Rosada (1983), del grupo Alerta Roja, publicado cuando aún gobernaba la dictadura militar. La bibliografía sobre el punk en la Argentina es escasa. Apenas un par de libros inhallables. Quizá para paliar esa falta acaba de aparecer "Derrumbando la Casa Rosada: mitos y leyendas de los primeros punks en la Argentina (1978-1988)", compilado por el periodista Daniel Flores. El libro, compuesto por textos de diversos autores, y aunque algo desparejo, es tal vez la primera historia del punk en la Argentina. Y eso lo vuelve fundamental. Porque si estamos de acuerdo en que a mediados de los 80 el punk ya estaba muerto y enterrado (como no podía ser de otra manera, ajustándose a la regla de vivir rápido, morir joven y dejar un bello cadáver), no es menos cierto que sin su estallido no hubieran sido posibles bandas como Joy Division, Pixies, Pearl Jam o Nirvana. Es decir, el mejor rock de los últimos treinta años.






