
"El gremialista tiene que estar siempre cerca del poder"
Vinculado por décadas a Lorenzo Miguel en la UOM, testigo privilegiado y operador en las relaciones entre política y sindicalismo, este poderoso empresario de los seguros afirma que solo con esa cercanía es posible defender los intereses de los trabajadores; además, habla de la corrupción sindical, critica el liderazgo personalista de Moyano y dice que no cree que este gobierno sea peronista Ricardo CarpenaLA NACION
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El corrupto no empieza a serlo cuando se queda con 10.000 pesos. Un hombre es corrupto aunque se quede con un solo peso". Lo dice Julio Vicente Raele, un hombre que se mueve entre sindicalistas desde hace seis décadas y, por lo tanto, sabe mucho de lo que habla. Casi podría decirse que, a la manera de Alfred Hitchcock, es el hombre que sabe demasiado. Tiene 83 años y suele destacar que a partir de 1944, cuando ingresó como cadete a la Asociación de Empleados del Seguro, nunca dejó de "acompañar al movimiento obrero argentino".
Raele fue la sombra de Lorenzo Miguel en sus 32 años de mandato al frente del decisivo gremio metalúrgico, como un operador tan misterioso como privilegiado. Y siempre haciendo muy buenos negocios desde el Instituto de Seguros S.A., la compañía que compró en 1975 y que, gracias a que la mayoría de los sindicatos le confiaron las pólizas de seguros de vida y de sepelios, le permitió un milagro digno de una película de Holywood: dejar de ser ese chico humilde que pedía limosna en Chacabuco para pasar a ser uno de los hombres más ricos de la Argentina.
Ese tránsito extremo en la escala social en un país como la Argentina, para algunos malpensados, tiene una sola explicación: haber sido el testaferro del líder de la UOM. Nunca hubo ni una sola prueba en ese sentido, sino sólo presunciones a partir de un par de hechos incontrastables: Miguel hizo de la vida austera, sin lujos, todo un culto (sus enemigos creían que era sólo una fachada), hasta el punto de que ni siquiera la última dictadura pudo encontrarle indicios de enriquecimiento ilícito, mientras su amigo Raele se hizo millonario al calor de las pólizas de seguro que le vendió, sobre todo, a la UOM y, además, se dedicó a financiar desde gastos domésticos hasta campañas políticas del caudillo metalúrgico y de sus aliados. La escasísima transparencia del mundo sindical en nuestro país, por supuesto, se encargó de echar nafta en el fuego de las peores sospechas.
Sin que le pese ese almanaque que indica que el 2 de julio próximo cumplirá 84 años, Raele sigue trabajando todos los días, de 8.30 a 18. Y a esa hora, confiesa, se dedica a recorrer sindicatos. Luego, sí, se refugia en su departamento de Callao y Alvear, una de las zonas más caras de Buenos Aires.
Siempre de perfil bajo, hasta el punto de que no se recuerdan otras entrevistas periodísticas que haya brindado en toda su vida, Raele recibe a Enfoques con su cabellera canosa intacta, un cutis tan terso que parece moldeado con bótox, una sonrisa que mantiene aunque se aborden los temas más incómodos y un look audaz: camisa de color amarillo pálido y pantalones de un amarillo fuerte. Su oficina, en la avenida Córdoba al 1400, en el primer piso de una enorme y señorial casona que perteneció a Nicolás Avellaneda y que ahora ocupa el Instituto del Seguro, es un verdadero muestrario de cómo se construye y se consolida el poder en nuestro país: la biblioteca y las paredes están llenas de portarretratos con fotos de presidentes de la Nación, dirigentes políticos, sindicalistas, empresarios, jefes militares y dignatarios eclesiásticos, en muchísimos casos acompañados por el propio empresario del seguro.
¿Por qué se decidió a hablar ahora uno de los personajes clave del sindicalismo argentino? La excusa es la edición de un lujoso libro de fotos y textos propios, Memoria de un trabajador (una vida con el movimiento obrero) , editada por él mismo y, como figura en la contratapa, "dirigido especialmente a los jóvenes y concebido como un aporte a la unidad de los argentinos".
En la práctica, es una reivindicación del peronismo histórico, como contracara del kirchnerismo, y una crítica a Hugo Moyano, sobre todo cuando pide un movimiento obrero "unido y comprometido con los intereses de los trabajadores por sobre los de cualquier gobierno" o cuando destaca: "La hora reclama la vuelta de los grandes debates en el sindicalismo, hoy ausentes".
Raele, casado, con tres hijos (toda su familia integra el directorio de su compañía), fue siempre un empresario tan distinto que participó de reuniones políticas y sindicales sin tener ningún cargo, sirvió de nexo entre muchos gobiernos y la dirigencia metalúrgica y, sobre todo, es dueño de un departamento en Viamonte al 1800, conocido como "El quincho", en el que tuvieron lugar almuerzos, comidas y encuentros secretos de los más encumbrados personajes del poder en la Argentina de los últimos treinta años: desde el general Roberto Eduardo Viola, cuando fue presidente de la Nación en la última dictadura, hasta Néstor Kirchner, Aníbal Fernández, Carlos Kunkel o Juan Carlos Dante Gullo, pasando por Raúl Alfonsín y Carlos Menem, entre tantos otros.
Allí se enhebraron excelentes relaciones gracias a una fórmula infalible: charlas distendidas, sin jerarquías ni formalidades, buena comida, buena bebida e interminables partidos de truco. El anfitrión lograba de esa forma articular una extensa red de amistades, que muchas veces derivaban en negocios y favores recíprocos, en una modalidad que fue estructurando a lo largo de su vida. Así lo hizo desde que fue delegado gremial en la compañía La Meridional y fue despedido en 1955, a partir de lo cual se relacionó con el desarrollismo y terminó trabajando en publicaciones como Semana obrera y Qué , de Rogelio Frigerio.
Gracias a esa tarea conoció a Augusto Timoteo Vandor, el cacique metalúrgico que a fines de los años sesenta llegó a proponer un "peronismo sin Perón", y con el que estableció una relación tan estrecha que luego, cuando Raele fundó Cumbre, una cooperativa de seguros, logró que la UOM y otros gremios amigos contrataran allí todas sus pólizas. No logró evitar, en cambio, que el mundillo político de la época diera por cierto que esa empresa y su sucesora, el Instituto Cooperativo de Seguros, pertenecían a los gremios.
La fórmula del éxito de Raele, de todas formas, es el seguro de sepelio: hoy maneja el 60% del negocio, monopolizado por los sindicatos, y facturó, sólo en este rubro, 168 millones de pesos en 2010. Se trata de una póliza de vida colectiva contratada en forma directa por un gremio o incluida en la convención colectiva de trabajo, financiada por el aporte obligatorio de los trabajadores y de los empresarios, y destinada a pagar los gastos de sepelio de los afiliados o sus familiares directos. Tiene un fin social (antes, como destaca Raele, esos gastos tenían que ser afrontados por el empleado mediante colectas hechas por sus compañeros de trabajo), pero se transformó en una caja millonaria y apetecible: el número mensual de fallecidos siempre representa una ínfima porción de la cantidad de afiliados a un sindicato.
Este servicio está asociado con la polémica: por manejos con el seguro de sepelio, en los que no tuvo nada que ver Raele, fue procesado en 2006 el ferroviario José Pedraza, a quien se lo acusa de que unos 34 millones de pesos de aportes de los trabajadores para pagar aquel beneficio nunca llegaron a sus verdaderos destinatarios.
Fanático de Boca, cultor de la celuloterapia y campeón de truco, Raele tuvo su momento de fama no querida cuando, al frente de una sociedad uruguaya, compró el Palacio Duhau, en 1995, por nueve millones de dólares y luego se lo vendió al grupo Exxel por doce millones de dólares.
Fallecido el líder de la UOM, su padrino político, en 2002, el dueño del Instituto de Seguros mantiene sus vínculos comerciales con la mayoría de los gremios, pero tiene más competencia: muchos sindicalistas se han convertido en empresarios gracias a la creación de firmas en las que ubican a sus parientes y que son contratadas por sus gremios. Raele representa una forma más tradicional de hacer negocios en el mundo sindical.
Quizá también por esa reconversión de la forma de hacer dinero desde los gremios, o gracias a ellos, Raele añora a la vieja camada de dirigentes sindicales. Admite que hay corrupción en ese ambiente y que "la transparencia no es la misma que la de aquellos sindicalistas" de antes. Y se queja: "Lo que se perdió en la Argentina es la conducta. Hoy no hay códigos ni hay palabra".
-En su libro, pide "una dirigencia despojada de personalismos" y que "vuelvan los grandes debates sin exclusiones". ¿Por qué?
-Esto lo vengo sosteniendo ya hace rato y hablo con los distintos sectores del movimiento obrero, que hoy, lamentablemente, está atomizado. Les he dicho a los dirigentes gremiales que se tiene que dar el gran debate en el movimiento obrero, como ocurrió en los años de esos dirigentes emblemáticos como Vandor, Eleuterio Cardozo, Amado Olmos. Hoy no existe. Y no era, como ahora, que en la CGT hablan solamente dos: el secretario general y el secretario de prensa.
-Es evidente que con esto que dice y con su crítica a los personalismos y a la falta de debate le apunta directamente a Moyano.
-Soy crítico de Moyano porque él representa a todos los trabajadores del país, pero, por ejemplo, cuando se debatió la resolución 125, él no defendió a los peones rurales...
-Pero Moyano está defendiendo desde la CGT a un gobierno peronista. ¿O no?
-Eso de peronista no lo creo. Si este gobierno fuera peronista no haría lo que está haciendo. Si hubiera sido peronista, primero hubiera exigido la existencia de una sola CGT.
-¿Y en el sindicalismo argentino hay mucha corrupción? Usted los conoce bien...
-No es así. Lo del movimiento obrero no pasa por ahí. Pero sí hay dirigentes y dirigentes. Lorenzo Miguel era un gran dirigente. En los años 70 había un gremialista que estaba en la secretaría de bienestar social de la UOM y muchas veces escuchaba que le decía a Lorenzo que tenían mucha plata y qué no sabían qué hacer con ella: "Désela a los viejitos". Lorenzo siempre decía que la plata de los trabajadores tenía que volver a los trabajadores como prestaciones. Y eso es lo que no están haciendo hoy los dirigentes gremiales.
-¿Me va a decir que Miguel no se enriqueció con la actividad sindical?
-Para nada. Vivía en Murguiondo 3550, ocho metros de frente y ocho de fondo, y siempre vivió ahí hasta que un día pusimos un dinero y le hicimos el frente de la casa porque nos daba lástima. Yo le conseguí una casa en la calle Pumacahua y siempre vivió igual. Los hijos trabajan, la señora se ocupaba de su casa.
-En realidad, usted tiene fama de haber sido el testaferro de Miguel.
-Para nada. Acá también se dijo que Lorenzo tenía un palacio en Anzio, Italia.. ¿Sabe lo que es eso? Un señor concesionario de la UOM, Argalia Polese, tenía una finca allá, donde vivía su madre, y lo invitaba a Lorenzo.
-Muchos no se explican cómo usted pedía limosna de chico y, gracias a los negocios con los sindicatos, se transformó en uno de los hombres más ricos de la Argentina.
-Y no me avergüenzo. Así fuimos formados nosotros: mi madre me recomendaba siempre que no pidamos plata sino ropa y comida, nada más. Y así siempre lo hicimos. Ya el coronel Vicente Tierno, en la época de los militares, me dijo que el Instituto Cooperativo de Seguros era de los sindicalistas. Pero le dije que se equivocaba, que era de las organizaciones gremiales.
-Usted da una imagen angelical de los sindicalistas, pero Luis Barrionuevo dijo que no se compra ni un alfiler si no hay retorno.
-Sí, es una manera terrible de decir... O también que hay que dejar de robar dos años. Pero los dirigentes gremiales no son como dicen. En todos lados puede haber gente corrupta. Puedo dar fe de que la gente que ha estado muy cerca de mí, como Vandor o aquella dirigencia, era otra cosa. La transparencia de hoy no es la misma que la de aquellos grandes dirigentes.
-Lo que está muy de moda a partir de los 90 son los sindicalistas empresarios...
-No creo que esté bien. Yo fui dirigente gremial, y sé que tengo que representar a los trabajadores. No podés ser dirigente gremial y empresario.
-Moyano es uno de los que ha creado más empresas proveedoras de su gremio.
-Eso se dice de Moyano, está en boca de todo el mundo que ha hecho mucho dinero con las empresas que tiene. Pero, mire, hay algo que compartíamos con Lorenzo y con Vandor: el dirigente gremial tiene que estar siempre cerca del poder para defender los intereses de sus representados, pero nunca entregar banderas ni poner las instituciones al servicio del gobierno de turno.
-¿Muchos le tienen miedo a Moyano?
-Puede ser. El gremio de Moyano creció un montón, pero creció a raíz de que Menem cerró los ramales del ferrocarril...
-Quizá hay silencio porque muchos están haciendo muy buenos negocios.
-Una vez dijo Barrionuevo que a los abogados les pedía algo para él de los honorarios. ¿Sabe qué es lo que no se puede hacer? Si esto vale un peso, ponerlo a 7. Sería malversación de fondos. Si compran cantidades por ahí aparece un retorno...
-¿Y en su negocio de los seguros también le piden algún retorno?
-No, acá le pueden hacer un regalo, pero nada de aquello: siempre tuvimos una conducta. Ayudé mucho a las organizaciones gremiales, y me debo a ellas. Muchos dirigentes de primer nivel eran derechos. Lo que se perdió en la Argentina es la conducta. Hoy no hay códigos ni hay palabra.
-¿Y cuándo se empezó a perder eso?
-Una vez le dije a Lorenzo que la dirigencia no estaba haciendo lo que tenía que hacer: fue cuando salió la 18.610, de creación de las obras sociales. Para mí estaba mal...
-¿Que el gremio maneje la obra social?
-Que vayan a la obra social porque entra mucho dinero. El dirigente es muy bueno cuando es delegado de fábrica, cuando salta al orden nacional, pero no se puede meter con un médico a opinar, cada uno debe dedicarse a su función.
-Con las obras sociales surgió una caja económica que mareó a más de uno...
-Pero no son los dirigentes gremiales de la conducción, son las líneas intermedias.
-Los secretarios generales, en general, son todos hombres de mucho dinero.
-En esto no me puedo meter. Lo desconozco.
-Pero usted lo sabe: Pedraza, y su piso en Puerto Madero, no es el único...
-Se habla de los dirigentes corruptos, pero no es así. Ahora, que les hagan presentes, algunas cosas, macanudo...
-Es difícil justificar que con su sueldo tengan el nivel de vida que tienen, con vacaciones en Europa, casas lujosas...
-El dirigente tiene que tener un buen salario. Porque si gana 3000 o 4000 pesos...
-Cuando va a ver a los sindicalistas, ¿no habla de estos temas? Porque en los gremios también parece haber corrupción.
-El corrupto no empieza a serlo cuando se queda con 10 mil pesos. Un hombre es corrupto aunque se quede con un solo peso. Pero estas cosas se tienen que terminar.
-¿Usted se siente un hombre poderoso?
-No, al contrario. Nunca perdí mi forma de ser. Hay gente que ha hecho una posición y no quiere ver para atrás. Yo quiero hablar de mis orígenes porque hay un mensaje para los jóvenes: que no hay que bajar nunca los brazos. Nunca me ayudó nadie, todo lo hice con el esfuerzo personal.
-El mensaje para los jóvenes también puede ser que hay que acercarse a los gremios para que a uno le vaya bien. (Risas.)
-Sí, bueno, pero yo soy un empresario de seguros. Yo llevo 67 años en seguros.
-Usted me contó que habla con Gullo o con Kunkel, que, para alguien cercano a la ortodoxia metalúrgica, son sus enemigos ideológicos. ¿No lo hace con culpa?
-No me importa que un hombre piense mal o que sea kirchnerista. Quiero una Argentina para todos, por mis hijos, por mis nietos. Lo del pasado, ya pasó. Igual, hay algo importante: en todo el mundo hay corrupción, pero en los países del Primer Mundo existe en los niveles de arriba, en los de más abajo y luego se terminó. En la Argentina, la corrupción es hacia arriba. Todos estamos viciados de corrupción.
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MANO A MANO
Julio Raele no es trabajador ni sindicalista metalúrgico, pero durante décadas tuvo más protagonismo y poder en la UOM que cualquier encumbrado dirigente. Si algo lo caracterizó fue su capacidad de generar negocios y, además, su perfil bajo. Esta entrevista, con la que rompió su tradicional silencio, abre otra etapa en su relación con los gremios: sólo con admitir la corrupción y elogiar la transparencia de la dirigencia de antaño se ganará la enemistad de muchos. O no. Después de todo, a sus 83 años, parece sentirse con derecho a decir lo que le parezca. Y, quizá, reparar los eventuales daños con su inagotable capacidad de estimular amistades. Habla a borbotones, a veces responde lo que quiere y no lo que se le pregunta, repite casi milimétricamente las anécdotas que lo unieron a casi toda la dirigencia argentina. Su discurso, por momentos, parece un viaje a la década del setenta. Es cierto que contestó con evasivas acerca de si fue el testaferro de Miguel o cómo pasó de pobre a millonario en tan pocos años. Pero dijo más de lo que imaginaba cuando lo llamé para conocer de cerca al poderoso menos conocido del país y al que se ganó el pesado rótulo de "financista de la patria metalúrgica".





