
El dilema del radicalismo
Una vez más la Unión Cívica Radical enfrenta un dilema ante una elección presidencial. Debe responder, con poco tiempo y mucha incertidumbre, las solicitudes de convergencia electoral que le formulan Pro y el peronismo disidente. La respuesta radical es particularmente difícil en este caso, porque el partido tiene una importante responsabilidad: es la principal fuerza de la coalición UNEN, en la que confluyen partidos afines –como el Socialista y la Coalición Cívica– y otros menores, de tradición peronista. Antes de determinar la estrategia, debe evaluarse que UNEN, más allá de sus tensiones y problemas, no es una contingencia, responde a un concepto y posee una lógica. Se forjó con la idea de agrupar fuerza electoral en torno a un programa progresista e institucionalista, cuyo objetivo es representar a los argentinos preocupados por la dimensión republicana de la democracia.
Las tribulaciones del radicalismo se justifican por el devenir político de las últimas décadas. Si debiera contarse esa historia en pocos trazos, podría concluirse que a la UCR le sucedieron tres hechos traumáticos. En primer lugar, un proceso de pérdida progresiva de votantes, principalmente en elecciones presidenciales; en segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, la necesidad de recurrir a coaliciones, que resultaron problemáticas, para compensar la pérdida de caudal electoral; en tercer lugar, una secuencia de divisiones internas, acentuadas después del final del último gobierno radical.
Este proceso adverso descompensó a la UCR. La razón es evidente: el partido conservó su implantación territorial, con resultados no desechables en provincias y municipios, a la vez que perdió gravitación nacional como opción frente al peronismo, al que debe enfrentar con ayuda extrapartidaria. Esta circunstancia le plantea hoy a la UCR dos frentes de conflicto difíciles de conciliar. Por un lado, el interno, en el que chocan los intereses locales con los nacionales. Por otro, el externo, vinculado a las divergencias dentro de la coalición que actualmente integra.
A la lectura política debe sumársele la mirada sociológica e histórica. A los ojos de la sociedad, el radicalismo perdió un atributo esencial: la capacidad para gobernar el país. Más allá de los errores propios, tal vez haya detrás de esa percepción una fatalidad histórica: Alfonsín y De la Rúa debieron gobernar en circunstancias económicas regionales y globales críticas, mientras que a Menem y a los Kirchner los cobijó un mundo mucho más amable para producir, comerciar e invertir. Si a eso se suma el estilo opositor del peronismo, tantas veces impiadoso, se verá que los gobiernos radicales, que tuvieron aciertos y respetaron las instituciones, no pudieron eludir la adversidad coyuntural. Acaso cuando los historiadores del futuro relaten, con menos pasión y sectarismo, los hechos del presente, hagan justicia a las administraciones radicales de esta época, hoy estigmatizadas por la mayoría de los argentinos.
En este contexto, la UCR tiene que optar. En rigor, y de acuerdo con el perfil de sus votantes, el verdadero dilema lo constituye Macri, no Massa, aunque se cierren acuerdos locales con el Frente Renovador. El dilema es Macri porque se reconocen en él, según la creencia de un amplio sector del electorado, los atributos que el radicalismo extravió: organización y eficacia para gobernar. Fundada en esa convicción, y con independencia de los dirigentes, está ocurriendo una migración espontánea de votantes de UNEN a Pro que recorta, día a día, las chances presidenciales de la coalición.
Quizá sea útil recordar, en esta circunstancia, lo que se cifra en una decisión política responsable. Lo diremos con acento weberiano, afín a los radicales: se trata de elegir un curso de acción entre otros posibles, considerando los valores sustentados y asumiendo las consecuencias. Si los valores fueran mantener la cohesión de UNEN, la decisión debería ratificar el rumbo de la coalición, eligiendo un candidato propio en las PASO y presentándolo en la primera vuelta de la elección general. La consecuencia podría ser que Macri no entre en el ballottage.
El otro camino es un acuerdo con Pro antes de la primera vuelta, apuntando a encumbrar a su líder, con el resultado de un casi seguro desmembramiento de UNEN y serias tensiones en la UCR. Debe tenerse en cuenta, en este caso, que un estallido de la coalición podría reforzar, de manera irreparable, el mito de la ineptitud radical. Sin embargo, el valor que justificaría esa decisión es derrotar al peronismo, interpretando que entonces se recuperará la democracia republicana. En definitiva, se trata de una disyuntiva clásica, que oscila entre el idealismo, cuyo sentido es conservar la unidad y el programa, y el pragmatismo, que busca ganar una porción de poder arriesgando la cohesión y la identidad. Resulta difícil saber qué es lo mejor.
No obstante, a la hora de decidir, tal vez sea orientador para los radicales considerar el rol que, en cualquier caso, probablemente los aguarde: controlar el poder presidencial, no ejercerlo. En un escenario, como parte minoritaria y conciencia crítica de un eventual gobierno de Pro; en otro, como principal oposición a un peronismo otra vez triunfante.






