
El compañero de celda: Toto Riina
El ex convicto Salvatore Savarese debió compartir con el temido jefe de la Cosa Nostra un programa de socialización en la prisión de Ascoli. Ahora evoca la convivencia con el detenido más peligroso de Italia
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NAPOLES.- En aquel rincón del mundo creado en la cárcel de Ascoli Piceno, la vida se mide por pasos. Ocho de largo y tres y medio de ancho, el patio. Para llegar allí se necesita dar once pasos. Para la ducha alcanzan sólo cinco, tres para la celda de Salvatore Riina. Es el microcosmos blindado en el cual se halla recluido el capo de la Cosa Nostra y donde durante un año y medio ha vivido Salvatore Savarese, clase 1953. Camorrista de pequeño calibre para el tribunal de Nápoles; simple malandrín, según él. Hasta el último agosto, cuando fue liberado por finalizar su pena y por buena conducta, Savarese fue el “compañero de sociabilidad” de Riina (nacido en Corleone, Palermo, en 1930, y jefe del clan de los Corleone), el detenido más detenido de Italia.
“Una pena dentro de la pena”, relata Savarese en un bar de su barrio Sanitá. No por la convivencia con el jefe de la mafia sino por las condiciones impuestas en la pequeña sección reservada a Riina y al detenido que, por ley, debe hacerle compañía. “En la planta alta -afirma Savarese- los 41 bis «normales» pueden jugar a la pelota y comer uno en la celda del otro. Los espacios son mucho más amplios: para ir afuera hay 106 pasos y el patio tiene diecisiete de largo”. Abajo, en cambio, en el búnker construido en la planta baja, “no rige el 41 bis, sino el 82 bis”.
El 41 bis es el artículo de las ordenanzas penitenciarias que impone la así llamada “cárcel dura” a los jefes del crimen organizado. Entró en vigencia en 1992 y es aplicado a detenidos acusados de actos graves como la mafia, terrorismo y tráfico de seres humanos. Hay 678 detenidos bajo este régimen en toda Italia. “Quizá sea lógico que a Riina se le aplique de manera particularmente rígida, ¿pero yo qué tengo que ver?”, se lamenta Savarese. Y relata: “Una vez mi mujer trajo en la visita mensual a nuestro hijo menor, que tenía menos de tres años. Hay un vidrio blindado, pero falta el micrófono. Para hablarse es necesario gritar. Con los niños menores de 12 años se permite el contacto físico durante los 10 últimos minutos, pero primero los hacen desvestir para registrarlos. Mi hijo lloró todo el tiempo, no lo hice venir más.”
Durante otros períodos de detención, Savarese terminó la escuela media además de obtener diplomas en las escuelas de hotelería, de cerámica y de electricidad. Y aprendió a diseñar: “Para el día de San José hice un diseño a mi hijo que decía «Lindo de papá». Un guardia me preguntó qué clase de mensaje era. ¿Pero, qué mensaje le debía mandar a una criatura de tres años? Resultado: me secuestraron el dibujo y los lápices”.
Al final el que debe hacer “sociabilidad” con Riina está peor que el jefe. Porque además de las telecámaras que espían desde todos los ángulos, la luz de neón permanece encendida las 24 horas, la censura y todas las reglas en la planta baja son más rígidas todavía,y su celda es más pequeña que la del capomafia.
“El al menos tiene bidé -relata Savarese-, yo tenía sólo el excusado. Es un cubículo realizado en el cuchitril de trabajo”. Cada vez que se sale de la celda para la ducha o el paseo matinal “es necesario desvestirse y esperar que los guardias lo registren a uno y a la ropa, al ir y al volver. Te sacan las ganas”, confiesa el estafador. Para poder irse, agrega, “hubiera tenido que decir que Riina me había amenazado y que yo tenía miedo de permanecer ahí. Pero yo no soy un infame, tengo mi dignidad. Ante la guardia que me acompañaba ahí abajo y que me dijo que allí uno se arrepentía y colaboraba o enloquecía, tiré mi paquete de cigarrillos y les dije: ‘Yo fumo desde hace treinta años, pero voy a dejar ahora así ven qué clase de tipo soy’. Nunca más fumé un solo cigarrillo”. Quizás haya sido mejor así para la salud de Savarese, porque Totò Riina es alérgico al humo. El capo fue admitido en el régimen de sociabilidad en la primavera de 2001, una vez que finalizó su período de aislamiento. En ese tiempo, Savarese estaba recluido en la cárcel de Trani. De un día para el otro le comunicaron la aplicación del articulo 41 bis y lo transfirieron a Ascoli.
Después de un par de semanas con los “normales”, en el primer piso, llegó una nueva orden de traslado. “Preparé mi bolso, descendimos por las escaleras, me dijeron que habíamos llegado. Vi a un hombre bajo que entraba a su celda rodeado de cuatro guardias y lo reconocí: era Riina”.
Risas y cartas
A la mañana siguiente, los dos Salvatore se presentaron. “Yo lo conozco de la televisión”, le dijo Savarese al jefe de la mafia. Era abril de 2001. Desde entonces han paseado juntos casi todos los días, dos horas hacia un lado y hacia el otro, bajo un enrejado y un cobertizo para protegerse de la lluvia. “Después del almuerzo que llegaba directamente de la administración, y que para Riina estaba cerrado con un candado que podía ser abierto sólo por el inspector, tenía que ir otras dos horas a la celda de Riina, de las 13 a las 15. Podíamos prepararnos café y jugar a las cartas. El me vencía a menudo, es muy reflexivo además de educado y respetuoso. Luego charlábamos. Cuando yo contaba algún chiste, la guardia, adicta a escuchar, escribía en su informe cotidiano: «Riina y Savarese ríen»”.
Todo lo que sucede en el búnker blindado donde está recluido el jefe de la Cosa Nostra es anotado en borradores con todos los horarios. Sobre la pared que está delante de su celda cuelga la famosa foto donde Falcone y Borsellino se hablan sonrientes. Un día el compañero de sociabilidad le preguntó al Riina qué efecto le causaba ver todos los días esa imagen y él respondió: “¿Yo qué sé si la han colgado por mí?”. Savarese no hizo comentarios, pero con franqueza napolitana solamente le dijo: “Por mí, seguramente que no”. Al condenado por camorra (tres años de pena, después de 13 ya cumplidos por robo), Riina siempre le aseguró no tener nada que ver con la Cosa Nostra: “Yo soy el pararrayos de Italia. Me adjudican todo a mí, pero yo lo niego, siempre he trabajado. La verdadera mafia está en Roma...”
Así decía el jefe de jefes, pero Savarese siempre evitó ciertos temas. “Ahora hay un arrepentido que asegura que Riina enviaba mensajes al exterior por mi intermedio, pero es una infamia. No fui yo el que solicitó estar en esa sección y mucho menos hacer sociabilidad con él. Fue una idea del Ministerio de Justicia y de la administración penitenciaria, y les debo a esos señores que mi nombre sea utilizado de este modo”
A menudo los dos detenidos hablaban de deporte, obligados a estar en ese escaso espacio del mundo. “Además de un par de diarios, Riina lee la Gazzetta dello Sport. También leía un libro, pero no sé el título porque no tenía cubierta: el reglamento impone quitarla. Sigue el fútbol. Es fanático del Milan y del Palermo, pero se interesa también por el automovilismo y el motociclismo. Es un apasionado de Schumacher. Cuando vence Ferrari se exalta incluso si está solo”.
El año pasado siguió el mundial de fútbol y la eliminación de Italia, “pero más que con el árbitro, se la tomó con Trapattoni que no hizo jugar a Montella”. Y luego las noticias televisivas. “Una noche -cuenta Savarese- informaron sobre la condena de su hijo a cadena perpetua. Al día siguiente le pregunté qué pensaba al respecto: «No tiene nada que ver. Lo han condenado para golpearme a mí»”. Un día Riina se quejó con los guardias porque el almuerzo estaba frío. Le respondieron que si quería irse de allí ya sabía lo que tenía que hacer. “Era una incitación a arrepentirse y colaborar, pero él siempre me dijo que quieren hacerlo morir allí”.
A Ascoli llegó también la noticia de la muerte de la madre de Riina. “Tenía 92 años -recuerda Savarese-. Por respeto, esa noche no encendí el televisor: en la cárcel se estila así. A Salvatore le deseé una vida larga, al menos como la de su madre. ‘Yo también lo espero, respondió’”.
A pesar de los rigores del 41 bis, el jefe de la mafia nunca se rebeló: “Habíamos leído en el diario sobre protestas en otras cárceles. Y cuando su cuñado Leoluca Bargarella realizó una proclama comentó que era una tontería. «Así se demuestra que funciona»”, dijo.
En la planta baja de la cárcel de Ascoli, según Savarese, el único contacto con el mundo es la televisión: “Nos enteramos que estaba por llegar Navidad por la publicidad televisiva. En la sección no había ni siquiera una lucecita. Para el primer día del año nos dejaron la mirilla de la celda abierta hasta las 22. Afuera, como cada noche, habían dejado todos los objetos que no está permitido tener durante las horas de sueño: el hornillo, el encendedor, los alicates, el shampoo . Pero, digo yo, si de noche me siento mal y quiero tomar algo, ¿por qué no puedo?”.
Días pasados, una nueva condena definitiva hizo que Riina volviera al aislamiento. “Se ve que el que me ha sucedido ha solicitado ser transferido”, comenta Savarese en el bar de la Sanitá, en voz baja, ya habituado a convivir con las escuchas telefónicas.
Traducción: María Elena Rey





