Cuando Moreno habla, cruje hasta el relato
Confieso que siento una malsana curiosidad por las andanzas de Guillermo Moreno. A veces me parece incluso un personaje tragicómico surgido de las novelas de Osvaldo Soriano, una parodia de la política pajuerana que vive en un micromundo donde juega absurdamente a ser emperador de las cuentas públicas y fracasa. El argumento de esa narración trataría sobre un hombre pequeño, honesto, autoritario y proclive al fanatismo que, a la manera del Don Quijote con las historias de caballería, un día se vuelve loco leyendo informes de la Cepal, cree que puede manejar la macroeconomía de un país subdesarrollado, convence de eso a los monarcas y realiza una serie de graciosos estropicios. Lo interesante de la trama literaria estaría en el grado de genuflexión que conseguiría entre los empresarios nacionales y extranjeros. Que aguantarían sus amenazas, festejarían sus diatribas y sus chistes violentos, y luego le mendigarían un mendrugo.
No puedo sentir, como se ve, mucha piedad por esos hombres de negocios. En el libro Belgrano , que recién publicó el presidente de la Academia Nacional de Historia, se rescata una frase del prócer. "El comerciante -se quejaba Manuel Belgrano en 1809- no conoce más patria, ni más rey, ni más religión que su interés propio. Cuando trabaja, sea bajo el aspecto que lo presente, no tiene otro objeto, ni otra mira que aquel interés." Quiero decir con esto que las humillaciones que Moreno dedica a los empresarios y ejecutivos me caen mal, pero la actitud de las víctimas me parece aberrante.
Tampoco estoy seguro de que, desprovistos de "verdugueos", los cuidados proteccionistas en medio de una crisis global carezcan de cierta lógica. Hace poco un embajador de una potencia me preguntó: "¿Por qué se escandalizan tanto con Moreno? Nosotros no maltratamos a las personas, somos más cuidadosos, pero en el fondo hacemos lo mismo, y mucho más".
Moreno se gana definitivamente mi atención cuando habla. Y cuando dice lo que nadie se atreve en el mundo kirchnerista. Un ejemplo de esta inefable prosa oral fue aquella descripción de los cuatro grupos diferenciados que operan dentro del Gobierno: "El primero somos nosotros, los nacionalistas que llevamos el proyecto a fondo -se le oyó decir-. En segundo lugar están los desarrollistas, como De Vido o Marcó del Pont, con los que coincidimos, pero que son timoratos y se quedan en formalismos. El tercer grupo es el de los desfachatados, como Boudou, que hacen lo mismo que en los 90: acercarse al peronismo por los cargos y los negocios. Al final están los chicos de La Cámpora, que no sirven para nada".
También leí con cierto placer la transcripción completa de su discurso del viernes 15 de junio en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Más allá de reivindicar las bondades de dirigir un sistema económico con la cultura de un almacén, su argumentación a favor del modelo no dejó de tener consistencia. Incluso se permitió hablar finalmente de la inflación, que él adultera todos los días a través del Indec. Los militantes que lo escuchaban lo aplaudieron, sin embargo, por una descripción que paradójicamente desaira a los cráneos del relato. ¿Cómo describe Moreno a la era menemista? De esta manera: en los 90 a la gente le alcanzaba únicamente para comprar comida y por eso estaba triste. ¿Cómo describe a la Alianza? A la gente no le alcanzaba ni siquiera para comprar comida. Y finalmente, ¿cómo es el kirchnerismo? A la gente, del salario le sobra "un mango", y entonces "va al cine, de vacaciones, cambia el zapato y está feliz".
Esa última definición, pronunciada por el mismísimo guardián del modelo, despeja la espuma y deja al desnudo el hueso pelado. Moreno vende muchas cosas, pero esta vez no vende buzones. El kirchnerismo, módicamente, consiste en lograr que al trabajador le sobre un peso y que lo vuelque al consumo, y que eso le traiga satisfacción. No está nada mal el objetivo, sólo que sabe a poco si uno lo compara con la grandilocuente revolución nacional y popular que resuena día y noche, la épica machacona que cambió la historia, las epifanías y orgasmos ideológicos que producen los intelectuales orgánicos del Estado kirchnerista. Pensaba en esa abismal distancia entre la realidad concreta y los delirios de grandeza esta misma semana cuando caminaba por Buenos Aires y veía cada cincuenta metros un afiche partidario que mostraba al general Belgrano en pie de igualdad con Néstor y Cristina Kirchner. Lo extraño no es que los propagandistas del poder promuevan el disparate. Lo extraño es que gente inteligente lo crea.
Algo del orden de lo psicológico opera en esta construcción megalómana de epopeyas imaginarias que, en realidad, se sostienen sobre cimientos tal vez positivos pero infinitamente más modestos. Cuando Moreno habla expone brutalmente lo que este gobierno es de verdad. El relato cultural queda convertido así en hojarasca patológica.
Aunque cuando no es el inconsciente quien mueve sus labios, el secretario de Comercio cae también en sus propias hipérboles. De lo contrario no sería, como es, un personaje de Soriano. Tal vez en los epílogos de esa hipotética novela, Osvaldo mostraría a un Moreno anciano e insomne, mirando sus ya inofensivos guantes de box y engañándose a sí mismo: "La patria era yo, cómo les daba caña a los poderosos". Y abriendo luego la ventana para ver el sol que asoma: "Hoy va a ser otro día peronista".










