
Identidades y pertenencias
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El barrio de mi infancia estaba, en ese momento, en lo que era la periferia de Mar del Plata. Tenía casas bajas, pero con pavimento que terminaba una cuadra más adelante. Luego zanja, tierra y barro. Ideal para ocasionales aventuras exploratorias en bici. Pero mi mundo era mi cuadra, pertenecía a esa cuadra, donde vivían mis compañeritos de juegos (cabezas, hoyo pelota, bolitas, figuritas, autitos, fulbito con arco chico, escondidas); sí, claro, no había televisión. Todos nos conocíamos en ese territorio de cien metros. Más allá, la otra cuadra, me era desconocida, extraña; pasaba por ella para ir a la panadería o tomar el colectivo, pero me era ajena y misteriosa, habitada por seres desconocidos y tal vez peligrosos. Mi cuadra me proveía de todo lo que precisaba y, junto con la escuela, era mi mundo.
La curiosidad, el afán de aventuras pero sobre todo el comienzo de la pubertad me llevó a conocer la otra cuadra habitada por varias niñas; ya no me era ajena la otra cuadra y en un chispazo se me abrió el mundo. Otras pertenencias mayores modulaban mi identidad.
A veces, ante una sencilla pregunta, mi madre vizcaína me contestaba en euskera, una extraña jerigonza que adquiría sentido cuando me traducía sus palabras. También me narraba viñetas de su Erandio natal o una o dos veces al año nos llevaba a una festividad vasca o disfrazaba a mi hermanita de vasquita: pañuelo y camisa blanca impecable y pollera roja con guardas blancas y verdes. Sin embargo, todos esos semblantes me eran ajenos, tanto como la otra cuadra, inmensamente distantes en el tiempo y el espacio los vascos, el país de mi madre.
¿Que llevó a cambiar esta ficción infantil? Pedro Astarserzi. Todas la mañanas a las seis y media, hora en que me levantaba, Pedro con su clásico carro de lechero, rojo con su nombre afiligranado en la puertita trasera, bajaba con “la medida” a suministrarnos la leche. Algunos días conversaban un poco con mi madre, por ser ambos paisanos, de su lejana tierra.
Cada cuatro años se celebraban unas olimpiadas intercolegiales en Buenos Aires en las que todos los pibes soñábamos con participar. Los que más chance tenían eran los de 12 años. Estaba en quinto grado, tenía 11, iba al cole en bici. ¡Bah! Vivía arriba de la bicicleta y con una prestada, medio”cachuza”, logré clasificarme en ciclismo.
Pero la euforia duró poco: la condición imprescindible era llevar una bicicleta de carrera, ¡cómo si me hubiesen dicho!
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