
Biotecnología, nueva provocación de Francis
El autor de El fin de la historia dedica su última obra a los peligros de un posible futuro "post-humano"
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SEATTLE
Francis Fukuyama es un "superman" de la provocación intelectual. Desde que el prestigioso analista publicó en 1992 su famoso libro sobre el final de la historia, sus reflexiones son referencia obligada. Fukuyama dedica su última obra a los peligros de una posible historia "post-humana".
Quizá en una ciudad tan obsesionada por el futuro como Seattle se comprenda mejor que en otros puntos del planeta la importancia del nuevo análisis publicado en forma de libro por Francis Fukuyama. En Nuestro futuro post-humano (Farrar, Straus and Giroux, 261 páginas), este analista norteamericano –tantas veces citado como otras tantas refutado– estudia con su perspicacia neoconservadora las consecuencias de todo el cúmulo de avances, ya obtenidos o prometidos, por la revolución en biotecnología.
Las nuevas advertencias y reflexiones de Fukuyama se centran en la influencia genética sobre nuestros cuerpos y mentes, documentada en la inicial descodificación del genoma humano.
Para el analista norteamericano resulta evidente que la tecnología con el fin de eliminar "imperfecciones" puede transformar tanto a la humanidad que se corre el riesgo de alterar los cimientos de la misma naturaleza humana. A su juicio, el decisivo "factor X" supone la capacidad de combinar razón, lenguaje, opciones morales y emociones en formas que producen política, arte y religión.
Para Fukuyama todos estos posibles cambios en la naturaleza de los seres humanos tienen una importancia definitiva, ya que pueden alterar radicalmente nuestro modelo de organización social, acuñado por el momento en torno a nuestras "imperfecciones". Ante el riesgo de inquietantes transformaciones definitivas y privilegiadas, este teórico –ahora profesor en la Escuela de Relaciones Internacionales (SAIS) de la Universidad John Hopkins– insiste en denunciar ese futuro "post-humano".
Desde su polémico punto de vista, el mundo no puede cerrar los ojos y confiar exclusivamente en el buen juicio de los investigadores y los especialistas en bioética involucrados en esta revolución científica. Según dice, la biotecnología está claramente interesada en conquistar la naturaleza humana, desde nuestras depresiones hasta nuestro envejecimiento.
Y, además, los investigadores de este campo están excesivamente comprometidos en procesos comerciales hasta el punto de que Fukuyama duda abiertamente de su capacidad para seguir ejerciendo sus responsabilidades de autorregulación.
Pero sus recriminaciones se centran con especial dureza en los especialistas en bioética que, en su opinión, no son más que "justificadores sofisticados y sofistas" de cualquier tipo de experimentación y avance en este campo científico tan relevante. Irónicamente, Francis Fukuyama forma parte del nuevo consejo asesor de la Casa Blanca en materia de bioética, en un momento donde recaen en Washington decisiones políticas de importancia vital, tales como los experimentos con células madre o investigaciones que implican la clonación de embriones humanos.
La posibilidad de introducir cambios permanentes en los genes humanos para evitar enfermedades, pero también para potenciar ciertas características como la inteligencia o la belleza, representa en opinión de Fukuyama la amenaza más clara y directa contra la esencia humana. Los fármacos que alteran el funcionamiento de nuestro cerebro también suponen otra rendija hacia ese futuro "post-humano" avanzado el siglo pasado con decisiva anticipación literaria por el escritor Aldous Huxley en su premonitoria novela Un mundo feliz .
La prolongación de la longevidad humana con ayuda de la biotecnología también preocupa a Fukuyama por los enormes problemas que causaría a nuestro actual modelo de organización social, amenazando claramente la posibilidad de innovación, progreso, renovación y cambios necesarios. Entre los inquietantes ejemplos citados por el autor se menciona concretamente qué hubiera pasado en países como España con dictadores capaces de mantenerse en el poder hasta la muerte.
De toda la caja de Pandora abierta por la biotecnología, con diferencia lo que más preocupa a Francis Fukuyama son las alteraciones –deliberadas o no– de todas esas contrariedades que conforman un ser humano. Según este veterano analista del Departamento de Estado y la Corporación Rand, la naturaleza humana es la base de todas nuestras nociones de justicia, moralidad y lo que significa una buena vida. Cualidad esencial "que siempre ha apuntalado nuestro sentido de quiénes somos y adónde vamos".
Aunque reconoce que la ciencia y la tecnología han impulsado positivos avances históricos durante los últimos cinco siglos, su sospecha es que la biotecnología no va a seguir por esa senda de progreso. Y por eso, este hombre con credenciales liberales no tiene empacho en exigir mayor involucración de los poderes públicos –a través de consenso internacional, legislaciones nacionales y organizaciones administrativas con verdadera capacidad para imponer regulaciones–, con el fin de controlar la cerradura de las puertas que se abren hacia "un mundo feliz".





